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martes, 16 de junio de 2026

JUANA I DE CASTILLA Y FELIPE I "EL HERMOSO "

Juana de Aragón nació en1480, hija de los reyes Isabel I de Castilla  y Fernando II de Aragón. Era infanta, no princesa heredera al trono, cuando, a los 17 años se trasladó a los Países Bajos para contraer matrimonio con el archiduque de Austria, Felipe el Hermoso, heredero de las casas de Borgoña y Habsburgo. Felipe, nacido el 22 de julio de 1478 en Flandes, era el hijo de Maximiliano I de Habsburgo y María de Borgoña. Por su carisma le ganaron el apodo de "el Hermoso", pero también era conocido por su ambición desmedida. Como miembro de la dinastía de los Austria, Felipe estaba destinado a jugar un papel crucial en la política europea. Su matrimonio con Juana no solo unió dos importantes casas reales, sino que también le otorgó una posición estratégica en la corte castellana.


Los Reyes Católicos habían ideado una estrategia de alianzas matrimoniales en Europa. Pese a ello, y también a pesar de diferencias de carácter que dieron lugar a numerosas riñas, entre Juana y Felipe surgió un afecto intenso que acabó dando a luz a seis niños.
En octubre de 1497 murió el hermano mayor de Juana, el heredero Juan, a los 19 años. Un año después falleció la otra hermana mayor de Juana, Isabel, casada con Manuel I de Portugal. Su hijo recién nacido, Miguel, quedaba como heredero de España y Portugal, pero murió antes de su segundo cumpleaños. De este modo, en 1500 Juana se convirtió en la única heredera de las coronas de Castilla y Aragón, por lo que su madre, Isabel, le imploró que regresara urgentemente de Flandes a España.
Por entonces nadie cuestionaba la capacidad de Juana para reinar. Sus arranques temperamentales eran del dominio público, pero se los consideraba un rasgo heredado de imponente madre, muy religiosa, y de su abuela que después de la muerte de su marido Juan II de Castilla, había quedado en una profunda depresión. Los dones de Juana solían recibir exaltados elogios. En 1501, el obispo de Córdoba, embajador a Flandes, informaba de que era "habida por muy cuerda y por muy asentada" y que "en persona de tan poca edad no creo que se haya visto tanta cordura". En cuanto Juana y Felipe llegaron a España, la reina Isabel lo dispuso todo para que las Cortes de Castilla reconocieran a su hija como heredera legítima al trono. El archiduque Felipe, relegado ignominiosamente al rango de consorte, abandonó España seis meses más tarde, dejando a su mujer embarazada de su cuarto hijo, a quien se impuso el nombre de Fernando. La intención de Isabel era que Juana la sucediese en Castilla como reina propietaria, con o sin el apoyo del archiduque.

FELIPE I DE CASTILLA 

Las Cortes de Toledo reunidas en mayo de 1502 marcaron un punto de inflexión en la vida pública de Juana, pues fue entonces cuando empezó a ponerse en cuestión su idoneidad para gobernar.
Isabel se encontraba realmente mal y todos esperaban el fatal desenlace. Felipe acudió desde Zaragoza a Madrid a la espera de convertirse en rey de Castilla. Juana le acompañó con su padre.
Pero Juana, que estaba embarazada de su hijo Fernando, quería ir con su esposo que se había marchado a Flandes, lo que se consideró improcedente. Esta separación fue el desencadenante de una de las peores crisis de Juana, que llegó a insultar gravemente a su madre en junio de 1503. Las enormes diferencias de costumbres, mucho más liberales en la corte borgoñona que en la castellana, mucho más austera y religiosa, conjuntamente con la obsesión de Juana por Felipe vino a agravar la situación. Estos contrastes tan amplios, el desprecio en la corte flamenca por lo español, considerándolo beato y tosco, era a su vez respondida desde España ya que consideraban a ellos, como libertinos e informales. Juana agravó su comportamiento con su madre, incluso con los criados, sirvientes y cortesanos. Veía hasta en los funcionarios enemigos aliados con la reina para apartarla de Felipe. Se negaba a comer y contrajo manías. Todo esto se le ocultó a Isabel en la medida de lo posible, ya que su salud era más frágil cada día.

JUANA I DE CASTILLA 

En 1503, Juana, presa de una gran agitación y empeñada en ir a Flandes a reunirse con su esposo Isabel decidió acompañarla a Fuenterrabía tratando de dilatar el viaje. Ese era el plan de Isabel, pero en el viaje hubo de detenerse en Segovia, por la fiebre alta que contrajo. Habló con el obispo Fonseca, para que obstaculizara el viaje de Juana, que se encontraba en Medina del Campo. Pero Juana se había escapado y en uno de sus brotes psicóticos se dedicó a vagar toda una noche, apenas vestida, por los campos en pleno invierno del mes de noviembre. Consiguieron llevarla a casa y en la cocina con la servidumbre permaneció varios días sin querer vestirse ni comer. Advertida la reina, pese a la fiebre, se dirigió a Medina. Cuando llegó Juana la recibió con insultos. Forzada fue llevada a la cama,  llegó la tregua con Francia, y se le permitió atravesar el país para ir a Flandes (marzo de 1504).
Cuando la reina Isabel redactó un último testamento poco antes morir el 26 de noviembre de 1504, existían serias dudas en torno a la salud mental de Juana. Aunque Isabel la confirmó como heredera de sus reinos, en el documento codicilo añadía que si la reina Juana, "estando en ellos, no quiera o no pueda entender en la gobernación dellos", sería Fernando quien ejercería la regencia.
Existen innumerables pruebas que sugieren que Juana de Castilla era efectivamente demasiado inestable para confiarle el gobierno. Numerosas pruebas sugieren que era demasiado problemática y no le interesaban los asuntos de gobierno.

SEPULCRO DE FELIPE Y JUANA EN LA CAPILLA REAL DE GRANADA
En junio de 1506 su esposo y ella habían vuelto a España en abril, dieciséis meses después del fallecimiento de Isabel la Católica. Felipe le comunicó a su esposa que había firmado con su padre la concordia de Villafáfila, en la que se estipulaba que si la nueva reina no quería o no estaba en condiciones de gobernar, Felipe asumiría total autoridad y hasta continuaría siendo rey a la muerte de su esposa. Fernando se comprometió a retirarse a Aragón. En un principio a Juana le habían indignado estas negociaciones, pero luego pareció no prestarles atención.
Desde la perspectiva del siglo XVI, es irrelevante que definamos su dolencia como locura o como una forma severa de depresión posparto. Juana se había revelado incapaz de cualquier pensamiento estratégico. Su mente ya no podía ir más allá de las circunstancias inmediatas.
Al comenzar Felipe I su reinado su preocupación fue encerrar a su esposa en un castillo e incapacitarla a pesar de estar embazada.
Pero ese mismo mes de septiembre de 1506 moría Felipe I el hermoso en Burgos, acompañado de su esposa, que mostró aplomo.
Parece que murió después de comer con exceso y luego jugar a la pelota y beber mucha agua fría. Por supuesto que hubo rumores para todos los gustos, pero hoy se considera que murió por la peste, agravada por septicemia. Seguramente el rey se habría contagiado en algunos de los prostíbulos que frecuentaba.
Juana hizo desenterrar el cadáver de su esposo que estaba en la Cartuja de Miraflores intentó llevarlo a Granda y mandar su corazón a Bruselas como había sido el deseo del difunto.
Viajaron por Castilla  durante ocho meses, incluso por las noches. Seguramente en esa peregrinación nació su hija Catalina.
Según el humanista y cronista Pedro Mártir de Anglería, Juana se empeñó en reabrir el féretro del esposo, mientras lo trasladaba de un pueblo a otro de Castilla, a fin de examinar sus restos, quizá para evitar que se extraviaran o fueran robados. Por el contrario, es importante concentrarse en los aspectos políticos de su reacción frente a la muerte del archiduque en Burgos. Al día siguiente, cuando el presidente del Consejo de Castilla fue a ver a la reina, la soberana en persona le abrió la puerta del palacio donde se alojaba, la llamada casa del Cordón, y le dijo que volviera más tarde. Cuando los miembros del Consejo se presentaron de nuevo tuvieron que perseguir a Juana por toda la casa y, finalmente, despachar a través de una reja que comunicaba la capilla con sus aposentos. Al negarse a tratar los asuntos urgentes, ya fuera por falta de interés o por enfermedad, Juana había demostrado una vez más su incapacidad para el gobierno.

"JUANA LA LOCA" PINTURA DE FCO. PADILLA 1878 - MUSEO DEL PRADO 
De este modo, Fernando el Católico volvió de Italia y se hizo con las riendas pero dejó al cardenal Cisneros como gobernante de Castilla. Para los que opinan que Fernando la encerró en Tordesillas, hay que tener en cuenta que eso ocurrió tres años después de la muerte de Felipe, cuando Juana ya estaba realmente enferma, y Juana podía ser presa de las ambiciones de los nobles castellanos, en su ausencia o en el futuro si él mismo ya faltara, como así ocurrió en la Guerra de los Comuneros de Castilla.
Cuando llegó a Tordesillas, Juana estaba acompañada de su hija menor, la joven infanta Catalina, y no se hallaba lejos del cadáver de su marido, depositado provisionalmente en el vecino monasterio de Santa Clara.
Su primer guardián se ponía cada vez más nervioso cuando ella se negaba a colaborar, y en 1516 el cardenal Cisneros lo destituyó por maltrato.

domingo, 14 de junio de 2026

EL DESASTRE DE ANNUAL

“Sólo nos quedan 12 cargas de cañón, empezaremos a disparar para rechazar el asalto. Contadlas y al duodécimo disparo, fuego sobre nosotros, pues moros y españoles estaremos envueltos en la posición".
Esa frase histórica fue pronunciada por el comandante Julio Benítez el 21 de julio de 1921 durante el asedio a la posición de Igueriben (el preludio del Desastre de Annual.
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15 de enero de 1921. El ejército español entra en Annual
En el marco de las operaciones dirigidas a someter a las sublevadas tribus rifeñas, lideradas por Abdelkrim, el 15 de enero de 1921, el comandante general de Melilla, Manuel Fernández Silvestre, tras ocupar un extenso territorio al oeste de Melilla, entra con el grueso de su columna (una brigada que reunía unos 3.000 efectivos) en la hoya de Annual, donde instala su centro de operaciones. Lejos de Melilla, que era su base logística, de la que se encuentra a 106 km. por pésima carretera, es muy discutida. El enclave de Annual presenta otros inconvenientes, como su emplazamiento en una depresión geográfica rodeada de alturas propicias a las emboscadas, inserta en un territorio controlado por tribus hostiles al avance español y su lejanía al sitio en que hay agua potable.
El 15 de febrero Silvestre planea una maniobra ofensiva desproporcionada a sus medios y recursos. El teniente coronel Fidel Dávila Arrondo le aconseja detener las operaciones y dedicar todas las fuerzas disponibles a consolidar el dominio del territorio ocupado.
10 de marzo, Silvestre comunica los detalles de su plan a Dámaso Berenguer, alto comisario de España en Marruecos. Berenguer aprecia aspectos positivos. En marzo el dispositivo español en la demarcación de Melilla está formado por una red de 135 posiciones, defendidas por unos 14.000 hombres.  El total de la fuerza española en Marruecos asciende a 19.923 hombres frente a los 95.000 que Francia mantiene repartidos en la mitad de posiciones en su zona de Protectorado.

GENERAL SILVESTRE Y EL GENERAL NAVARRO

En junio Silvestre insiste en su empeño de avanzar por la costa y desestima las advertencias contrarias a su plan.
Berenguer y Silvestre se entrevistan en el crucero Princesa de Asturias intercambian un acalorado cruce de reproches, sin que esto conlleve ningún cambio en la estrategia. Berenguer niega a Silvestre cualquier tipo de refuerzo.
La posición de Igueriben, mandada por el comandante Julio Benítez Benítez, es atacada por vez primera el 14 de julio. Desde ese momento sufre continuos ataques que le impiden aprovisionarse de agua, encontrándose desde entonces sitiada y en condiciones angustiosas tras producirse varios intentos infructuosos de hacer llegar un convoy con víveres y agua. En julio los rifeños inician el ataque definitivo que cierra el cerco a la posición de Igueriben. El agua se acaba.
Desde el día 18 de julio la posición de Igueriben es batida por dos piezas de artillería, que causan numerosas bajas en su guarnición.
El día 19 se intenta hacer llegar a Igueriben un nuevo convoy de ayuda desde Annual, pero, a pesar de la actuación heroica del teniente artillero Nogués. En ese día, la guarnición había sufrido ya cuarenta bajas, producidas por el fuego enemigo, y hay entre los defensores bastantes enfermos por falta de agua y los efectos de un sol abrasador.
“Sólo nos quedan 12 cargas de cañón, empezaremos a disparar para rechazar el asalto. Contadlas y al duodécimo disparo, fuego sobre nosotros, pues moros y españoles estaremos envueltos en la posición".
Esa frase histórica fue pronunciada por el comandante Julio Benítez el 21 de julio de 1921 durante el asedio a la posición de Igueriben (el preludio del Desastre de Annual.

CANSANCIO Y DESOLACIÓN 

Silvestre toma conciencia de la gravedad de la situación y moviliza a la columna del coronel Silverio Araujo Torres, pero su ayuda nunca llegará.
La situación en Annual había empezad a ser insostenible.
En situación desesperada, la noche del 21 al 22 se suceden, con posturas enfrentadas, tres Consejos de Guerra en la tienda del general Silvestre. 
En una última maniobra se acuerda la retirada a la posición de Ben Tieb
Desde la llanura de Annual, en la subida a Izumar, una cuesta con un barranco no demasiado profundo y un talud al otro lado, la confusión general aumenta.
La posición de Sidi Dris estaba formada por unos trescientos cincuenta hombres, a los que se unieron los ochenta de Talilit, sufriendo a partir del día 22 el asedio enemigo mientras ven agotarse las municiones, el agua y los alimentos.
En Sidi Dris se inicia en la mañana del día 25 la evacuación hacia la playa, donde esperaban los buques Princesa de Asturias, Laya y Lauria para recoger a la tropa. Pero son tantas las bajas sufridas por los primeros en salir, que el comandante Velázquez y Gil de Arana, consciente de que no puede ser ayudado eficazmente por mar, suspende la evacuación y decide resistir hasta la muerte. 

EL HÉROE COMANDANTE BENÍTEZ

La posición es finalmente asaltada, muriendo casi toda su guarnición. Consiguen salvarse tan sólo dieciséis hombres.
Ese mismo día, la columna de Araujo Torres, que había partido para socorrer a Annual, se encuentra con unos 1.000 hombres que llevaban dos días de asedio sin comer ni beber. El coronel Silverio Araujo Torres, después de haber perdido más de dos tercios de su fuerza y rechazar repetidas insinuaciones de rendición con promesas tentadoras, acuerda pagar 5.000 pesetas y rendir su fuerza sin disparar un solo tiro al jefe de la cábila de Beni Said que les tenía cercados. La columna de Dar Quebdani parlamentó y al entregar el armamento resultó criminalmente aniquilada, en total, casi mil hombres de la tropa y parte de la oficialidad.
Araujo permaneció cautivo hasta enero de 1923.
La columna de retirada del general Navarro, procedente de Annual, que había reagrupado a los fugitivos y transportaba más de 250 heridos y enfermos, había recorrido un vía crucis de 25 Km. Sin artillería y sin apenas comida ni municiones habían sido atacados por todos lados. En su agónica travesía, resultó esencial la labor del Regimiento de Cazadores de Alcántara, que consiguió proteger el camino entre Uestia.

PUERTA DEL MONE ARRUIT 

Ya cerca de Monte Arruit, donde todos creían ver su salvación, un irrefrenable deseo de llegar rompe ya los endebles lazos de disciplina. Se abandonan las piezas de artillería y hasta a los heridos para entrar desordenadamente en la posición, bajo el fuego de un enemigo muy numeroso. De los cerca de setecientos hombres que componían los escuadrones, solamente llegan ilesos alrededor de setenta a Monte Arruit, donde unos tres mil hombres quedan, desde ese día, 29 de julio, amparados bajo el mando del recién llegado general Navarro.
El 2 de agosto de 1921 en Nador, el destacamento que mandaba el teniente coronel Pardo Agudín, se había concentrado en la defensa de la fábrica de harinas hasta que el 2 de agosto, luego de nueve días de asedio, los últimos sin agua ni apenas víveres, capitulan sus defensores. A los 176 supervivientes les es permitido llegar al Atalayón.
En la resistencia de Monte Arruit, es especialmente duro el combate del 2 de agosto, en el que los ‘rifeños’ dejan sesenta cadáveres ante la Puerta del Arco. La alcazaba y el aeródromo de Zeluán se encontraban aislados entre sí. El aeródromo se encontraba rodeado por gran número de rifeños. La guarnición, que se había defendido con bravura, cae finalmente el día 3 de agosto. La alcazaba de Zeluan se rinde y la mayor parte de los españoles son asesinados. 

SOLDADOS RIFEÑOS 
Desde la península, el ministro de Marina, Fernández Prida, se opone a la compra de dos barcazas y el envío del acorazado Alfonso XIII para la operación de rescate de la tropa que resiste en Monte Arruit propuesta por Berenguer. Su inacción supuso una condena a muerte a los 3000 hombres que fallecerían en los siguientes días.
Ese mismo día, a instancias del alto comisario Dámaso Berenguer, el vizconde de Eza, ministro de la Guerra, nombra por Real Orden al general de división Juan Picasso González, para que investigue en la plaza de Melilla los hechos ocurridos en Annual, a fin de delimitar responsabilidades militares. El informe se conocerá como Expediente Picasso.

ESPERANDO REFUERZOS 

En Melilla, un Consejo de Guerra asume que no es posible socorrer a Navarro y los cercados en Monte Arruit. En la reunión “con unanimidad absoluta y sin la menor reserva manifestaron no encontrar, en el plazo brevísimo que hubiera sido menester para que resultara eficaz, medio hábil de realizar acción alguna militar para socorrer a la columna del general Navarro, aunque ello constituyera para todos los reunidos el máximo sacrificio que podían rendir a su Patria”.
Tras pactar la entrega de la plaza, sitiada, sometida a un constante fuego de artillería y agotadas sus provisiones, la guarnición española de Monte Arruit  es masacrada por los rifeños. Sobre los restos del campamento quedan quedan miles de cadáveres, que permanecen insepultos durante meses.  Dos mil quinientos hombres (la quinta parte de ellos mutilados o enfermos) que quedaban con vida de la cercada columna Navarro, rindieron sus armas y fueron aniquilados. Tan solo 69 hombres salvaron la vida de los 3.017 que había cuando se inició el asedio.
El 13 de agosto de 1921 se inicia en Melilla la instrucción del Expediente Picasso, que reunirá en dos piezas todas las informaciones y documentos relativos a los hechos.
Comienza en Melilla la primera de las contraofensivas a cargo de unidades del Tercio y de Regulares, que ese mismo día ocupan ya Nador.  En las siguientes semanas se retoma el Monte Arruit, recuperado seis semanas después de su pérdida. Las columnas de Cabanellas y Sanjurjo entran en Arruit, convertido en un cementerio al raso, de un ejército ajusticiado. En el interior de la posición y en sus accesos se encuentran tres mil hombres momificados. 
Manuel Luque, cronista y fotógrafo de El Diario de Barcelona, y Alfonso (Sánchez Portela), inmortalizan el abrumador escenario. En una de las fotografías se ve al general Berenguer, con algodones en la nariz y tapándose la boca, ante el hedor de los cadáveres abandonados. 
El 22 de enero de 1922 comienzan las negociaciones del Gobierno español con Abdelkrim para lograr el rescate de los prisioneros hechos tras la derrota de Annual. La liberación no se hará efectiva hasta el año siguiente.
El general de división Juan Picasso, envía su Expediente completado al Ministerio de la Guerra, con un total de 2.418 folios que reúnen un resumen final de toda la información gubernativa. El contenido se limita a estudiar técnicamente las operaciones militares que habían conducido al desastre, y soslaya, a propósito, los aspectos políticos del problema. 
El dictamen del fiscal militar sirve para que el Consejo Supremo de Guerra y Marina acuerde la formación de varias causas para depurar las responsabilidades de los hechos ocurridos, adjuntándose la información gubernativa de Picasso como antecedente en la instrucción de estos procesos.

PLACA CONMEMORATIVA DE LOS HÉROES DE IGUERIBEN 
La polémica sobre las responsabilidades de Annual provocó el 7 de diciembre de 1922 la caída del Gobierno conservador de Sánchez Guerra, al que siguió el de concentración liberal presidido por Manuel García Prieto, último constitucional de la monarquía de Alfonso XIII. 
El 27 de enero de 1923 llegan a Melilla los 326 excautivos españoles liberados en Axdir. Ni Alfonso XIII, ni el jefe de Gobierno (García Prieto), ni ninguno de sus ministros, ni militar alguno con graduación superior a general de brigada, están en los muelles para recibirles.
Cabe decir también que muchos de los balazos que mataron a soldados españoles fueron disparados con los fusiles vendidos de contrabando a los rebeldes por el multimillonario Juan March. También debe recordarse que las levas para Marruecos solo afectaban a las clases populares, pues previo pago de 2.000 pesetas se esquivaba la mili; otra modalidad de escaqueo, destinada a los universitarios (Unos pocos de familias adineradas),  consistía en acogerse a la modalidad de “voluntario de un año”, supuesto en el cual se realizaba un servicio militar más corto que los tres años habituales, y con elección de destino por parte del interesado.
Miles de jóvenes españoles de las clases trabajadoras del campo y las ciudades murieron absurdamente en la guerra de Marruecos, por  ambiciones particulares y por designio de políticos al servicio de intereses oligárquicos. Fueron víctimas de un sistema político languideciente. Supuso el hundimiento del Ejército español derrotado en esa batalla brutal y colonial. Annual fue un desastre en todas sus dimensiones, bélico producido por el pánico, la desbandada por parte de las tropas españolas ante las rifeñas. Murieron unos 10.000 soldados, según cálculos.
Las críticas en la península se recrudecían atacando a los militares y a la cúpula de dirigentes políticos. Todas las miradas apuntaron de inmediato al Rey Alfonso XIII y a uno de sus hombres de máxima confianza, el conde de Romanones. Las relaciones entre el Rey y el conde de Romanones no fueron sólo políticas, sino económicas.
Mientras altos jefes militares se dedicaban, con intensidad y honradez, a saber y difundir la verdad del desastre de Annual, el capitán general de Cataluña en ese tiempo, Miguel Primo de Rivera, obedeció al monarca. Y de este modo se lanzó, con gran satisfacción de no pocos empresarios catalanes, a dar un golpe de Estado en España entre el 13 y el 15 de septiembre de 1923.
 

viernes, 12 de junio de 2026

LOS TERCIOS ESPAÑOLES

Fueron creados por Carlos I en 1534, revolucionaron el arte de la guerra al combinar magistralmente picas, arcabuces y espadas en una misma formación, dominando los campos de batalla europeos por más de un siglo. 
Pero fueron iniciados por el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba en las campañas de Italia, donde profesionalizó el ejército y dio protagonismo a las armas de fuego. Fueron llamados "Los Tercios Viejos", primeros y más famosos que fueron los de Nápoles, Sicilia y Lombardía, Agrupaban a miles de hombres (tanto españoles como mercenarios y súbditos del imperio) organizados en compañías.
No solo marcaron una época en la historia militar europea: transformaron la manera de entender la guerra.
Miles de españoles salen a las redes y a las plazas para celebrar algo que el Estado se empeña en olvidar y que la sociedad civil ha decidido rescatar: el Día de los Tercios. 31 de enero. La elección de la fecha no es un capricho. Conmemora la Batalla de Gembloux (1578), una de esas operaciones que, si llevaran firma británica, tendrían ya su superproducción en Hollywood.
Durante más de un siglo, los ejércitos europeos aprendieron una lección incómoda: la guerra no siempre se decide en el campo de batalla. A veces se gana antes, cuando el enemigo empieza a dudar, a cansarse, a cometer errores. Ninguna fuerza militar entendió esto mejor que los Tercios españoles.
Su fama no nació de una batalla concreta ni de una victoria aislada. Nació de la repetición. De la constancia. De una manera de hacer la guerra que convertía cada campaña en una experiencia agotadora para quien se enfrentaba a ellos. Cuando los Tercios entraban en escena, Europa sabía que no iba a ser una guerra rápida.
Una infantería distinta en un mundo que aún pensaba en caballería
En los siglos XVI y XVII, muchos ejércitos seguían anclados en modelos medievales: cargas de caballería decisivas, enfrentamientos frontales, batallas que buscaban una resolución rápida. Los Tercios, en cambio, representaban otra cosa. Eran infantería profesional en un tiempo en el que gran parte de las tropas seguían siendo reclutadas de forma temporal.
Esto marcó una diferencia crucial. Los soldados de los Tercios no regresaban a casa tras una campaña. Encadenaban guerras. Flandes, Italia, el Mediterráneo, Alemania. Su experiencia no se medía en semanas, sino en años. Y esa experiencia se traducía en algo que ningún manual podía enseñar: saber resistir.
El verdadero poder de los Tercios no residía solo en su capacidad para vencer en combate abierto, sino en su habilidad para convertir cualquier conflicto en una guerra larga. No siempre buscaban la batalla decisiva. A menudo preferían hostigar, presionar, incomodar.
Cortaban rutas de suministro, atacaban convoyes, aparecían en lugares inesperados. Forzaban al enemigo a mantenerse en alerta constante. Dormir mal, comer peor, desconfiar de cada movimiento. Esa tensión permanente terminaba por erosionar la moral de las tropas contrarias.
Un ejército cansado no piensa con claridad. Y un ejército que no piensa bien, pierde.
La disciplina de los Tercios fue legendaria, pero no debe confundirse con rigidez. No eran autómatas. Su estructura permitía una flexibilidad táctica que sorprendía a sus adversarios. Sabían adaptarse al terreno, modificar formaciones, improvisar soluciones.
Mientras otros ejércitos dependían de esquemas fijos, los Tercios podían reorganizarse en pleno combate. Esa capacidad de adaptación les permitió sobrevivir —y vencer— en escenarios muy distintos: desde los campos abiertos de Europa central hasta las ciudades fortificadas de Flandes.
El soldado de los Tercios no era un héroe idealizado. Era, ante todo, un superviviente. Acostumbrado al hambre, al frío, a la falta de paga y a campañas interminables. Esa dureza no se improvisaba. Se adquiría con el tiempo. Muchos de estos hombres llevaban cicatrices visibles e invisibles. Sabían que la guerra no era gloriosa, pero también sabían cómo soportarla mejor que nadie. Esa experiencia colectiva se transmitía dentro de las unidades, creando una cultura militar sólida, difícil de romper.
La reputación de los Tercios fue, en sí misma, un arma. Los enemigos sabían que enfrentarse a ellos implicaba algo más que una batalla: significaba una campaña dura, prolongada y sin garantías de éxito. En muchos casos, esa fama bastaba para disuadir ataques o provocar retiradas estratégicas.
No era propaganda vacía. Era memoria histórica. Los ejércitos europeos habían aprendido, a base de derrotas y campañas interminables, que los Tercios no se rendían fácilmente ni abandonaban una guerra a mitad de camino.
Aunque su imagen esté asociada a picas, espadas y arcabuces, el armamento fue solo una parte de su éxito. Otros ejércitos disponían de armas similares. La diferencia estaba en cómo se utilizaban y, sobre todo, en quién las utilizaba. Los Tercios combinaban armas blancas y de fuego con una coordinación poco habitual para la época. Pero su mayor ventaja era intangible: la confianza en su propia capacidad para resistir y adaptarse.
Con el paso del tiempo, los ejércitos europeos aprendieron de los Tercios. Profesionalizaron tropas, mejoraron la logística, entendieron la importancia de la moral y del desgaste psicológico. En ese sentido, los Tercios no solo ganaron batallas: influyeron en la evolución de la guerra moderna.
Su declive no llegó por ineficacia, sino por cambios estructurales: nuevas formas de organización estatal, ejércitos nacionales permanentes, avances tecnológicos. Pero durante más de doscientos años, fueron el modelo a batir.
La gran lección de los Tercios españoles es incómoda pero clara: la guerra no empieza cuando chocan los ejércitos, sino cuando uno de ellos comienza a dudar de su capacidad para resistir. Ellos supieron explotar ese momento como nadie. Por eso su sola presencia alteraba el equilibrio de una campaña. Por eso Europa aprendió a temerlos. Y por eso, durante generaciones, nadie dormía tranquilo cuando los Tercios estaban en marcha.
Los Tercios no eran solo la batalla de Gembloux. Eran, ante todo, una maquinaria logística sin precedentes. Aquellos hombres sostuvieron durante décadas el Camino Español: un corredor terrestre de mil kilómetros desde Milán hasta Bruselas por donde desfilaban picas, arcabuces, dinero y víveres, sorteando a franceses y protestantes, cruzando los Alpes y el Rin con una precisión de relojero.
Durante más de un siglo, los ejércitos europeos aprendieron una lección incómoda: la guerra no siempre se decide en el campo de batalla. A veces se gana antes, cuando el enemigo empieza a dudar, a cansarse, a cometer errores. Ninguna fuerza militar entendió esto mejor que los Tercios españoles.
Su fama no nació de una batalla concreta ni de una victoria aislada. Nació de la repetición. De la constancia. De una manera de hacer la guerra que convertía cada campaña en una experiencia agotadora para quien se enfrentaba a ellos. Cuando los Tercios entraban en escena, Europa sabía que no iba a ser una guerra rápida.
Una infantería distinta en un mundo que aún pensaba en caballería
En los siglos XVI y XVII, muchos ejércitos seguían anclados en modelos medievales: cargas de caballería decisivas, enfrentamientos frontales, batallas que buscaban una resolución rápida. Los Tercios, en cambio, representaban otra cosa. Eran infantería profesional en un tiempo en el que gran parte de las tropas seguían siendo reclutadas de forma temporal.
Esto marcó una diferencia crucial. Los soldados de los Tercios no regresaban a casa tras una campaña. Encadenaban guerras. Flandes, Italia, el Mediterráneo, Alemania. Su experiencia no se medía en semanas, sino en años. Y esa experiencia se traducía en algo que ningún manual podía enseñar: saber resistir.
El verdadero poder de los Tercios no residía solo en su capacidad para vencer en combate abierto, sino en su habilidad para convertir cualquier conflicto en una guerra larga. No siempre buscaban la batalla decisiva. A menudo preferían hostigar, presionar, incomodar.
Cortaban rutas de suministro, atacaban convoyes, aparecían en lugares inesperados. Forzaban al enemigo a mantenerse en alerta constante. Dormir mal, comer peor, desconfiar de cada movimiento. Esa tensión permanente terminaba por erosionar la moral de las tropas contrarias.
Un ejército cansado no piensa con claridad. Y un ejército que no piensa bien, pierde.
La disciplina de los Tercios fue legendaria, pero no debe confundirse con rigidez. No eran autómatas. Su estructura permitía una flexibilidad táctica que sorprendía a sus adversarios. Sabían adaptarse al terreno, modificar formaciones, improvisar soluciones
Aquello fue la OTAN tres siglos antes de la OTAN. En la España de hoy, recordar que fuimos esa potencia hegemónica es casi un acto de disidencia. Vivimos instalados en una patología nacional única: el autoodio. Mientras los británicos glorifican sus derrotas (ahí tienen Dunkerque, una huida vendida como victoria moral) y los franceses chauvistas hasta el absurdo, nosotros escondemos a nuestros gigantes bajo la alfombra de la Leyenda Negra.
Mientras Reino Unido celebra Waterloo, esa carnicería de 50.000 muertos que apenas frenó a Napoleón, con desfiles militares, monumentos y hasta estaciones de tren, España pide perdón por Gembloux. Los británicos convirtieron una batalla sangrienta en símbolo imperial; nosotros convertimos nuestras gestas en motivo de disculpa. ¿Alguien ha oído a un francés pedir perdón por Napoleón, responsable de millones de muertos? ¿A un británico disculparse por las hambrunas en la India o el saqueo de África? No. Ellos tienen orgullo nacional, nosotros tenemos complejos ministeriales. Nos han convencido de que aquellos soldados eran carniceros fanáticos y no la infantería más moderna, técnica y leal que pisó Europa durante 150 años.
La Asociación 31 Enero Tercios conformada por historiadores, recreadores y ciudadanos hartos del complejo nacional, organiza campamentos, exhibiciones y desfiles. Mientras tanto, el Ministerio de Cultura sigue a lo suyo: perpetuar la memoria histórica selectiva que nos avergüenza de lo que fuimos.
Reivindicar a los Tercios hoy es poner un espejo incómodo frente a nuestra realidad. Aquellos hombres, que a menudo cobraban con años de retraso y vestían harapos, se regían por códigos de honor que hoy sonarían a ciencia ficción. Calderón de la Barca, que fue soldado de los Tercios, escribió: "El honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios". Compárese ese espíritu con la mediocridad política actual.
Quizás por eso el poder prefiere ignorar esta fecha. Porque recordar la iniciativa de Farnesio o la audacia de Don Juan nos recuerda lo bajo que hemos caído en liderazgo. Porque saber que Cervantes, Lope o Calderón empuñaron la espada antes que la pluma nos recuerda que hubo un tiempo en que las armas y las letras no eran enemigas. El 31 de enero, sea en la calle o en la memoria, muchos levantarán la copa sin esperar permiso oficial. Porque una nación que se respeta a sí misma no oculta sus victorias. Esta fecha no va de guerra, va de dignidad. Y España, aunque a algunos les pese, empieza a cansarse de agachar la cabeza.

jueves, 11 de junio de 2026

PANTEÓN DE LOS HOMBRES ILUSTRES

El claustro de la Real Basílica de Nuestra Señora de Atocha, alberga el Panteón de Hombres Ilustres. Se encuentra emplazado en el solar de la citada antigua basílica y fue construido entre 1892 y 1899, en un estilo neomedieval muy característico que recuerda al arte bizantino.
En él reposan trece personajes ilustres de la historia política y militar de España como Sagasta, Cánovas del Castillo, Dato, Ríos Rosas, Canalejas o Gutiérrez de la Concha, etcétera. Destacan los sepulcros esculpidos por Mariano Benlliure y Agustín Querol.


La idea del panteón nacional es característica de los regímenes constitucionales europeos a partir de la Revolución Francesa y se desarrolla a partir del ejemplo inglés de Westminster. En España, pese a diferentes iniciativas a lo largo del siglo XIX, su realización definitiva está constituida por el Panteón de Hombres Ilustres que la Reina Regente María Cristina de Habsburgo ordenó que se crease en el claustro de la nueva Basílica de Atocha, aunque este templo, que hubiese servido de marco a las ceremonias religiosas oficiales no se llegó a levantar.
Continuaba así la tradición que en este sentido había adquirido el anterior templo como lugar de enterramiento de capitanes generales como Prim, Palafox y Castaños, aunque de ellos solo ha permanecido aquí el Marqués del Duero.

La construcción de este edificio responde a dos de las constantes de fines de siglo: la arquitectura historicista y la escultura funeraria
Dentro del Panteón de Hombres Ilustres de Madrid, uno puede entrar para hacer una parada en su carrera diaria y maravillarse con los monumentos funerarios que alberga, obras de algunos de los mejores maestros de todos los tiempos.
La ubicación actual no era la prevista, ni previsible era el número de personajes relevantes que pretendían acoger entre sus muros. Debemos remontarnos al 6 de noviembre de 1837 para saber cómo se sembró esta semilla que posteriormente germinó hasta convertirse en lo que actualmente conoceEmos.

TUMBA DE PRÁXEDES MATEO SAGASTA

Ese día las Cortes Generales votaron a favor de que en la iglesia de San Francisco el Grande se iniciara el proyecto del Panteón Nacional de Políticos Ilustres; personas de renombre y considerados especiales en la historia de España, pasarían la eternidad juntos en un espacio para honrar su memoria. Cuatro años tuvieron que transcurrir para que se nombrara una comisión que encontrara los restos de una lista confeccionada por la Real Academia de la Historia. Si el tiempo para realizar la lista fue largo, no lo fue así el tiempo asignado para encontrar a dichos ilustres y la comisión integrada por Fernández de los Ríos, Salustiano Olózaga, Ruiz Aguilera, Silvela, Estanislao Figueras, Fermín Caballero, Hartzenbuch, Pere Borrel y Antonio Gisbert tuvieron apenas un mes cumplir con el cometido.
Si hace poco que se han encontrado los restos de Cervantes, imaginaros en aquella época y con el tiempo corriendo en su contra, la tarea fue imposible. Ojalá hubiera llegado a buen puerto la comisión y hoy en día pudiéramos contemplar dónde descansan el ya nombrado dramaturgo, Lope de Vega, Velázquez, Tirso de Molina, Luis Vives, Juan de Herrera y Antonio Pérez entre otros, pero no hallaron nada y esos restos se dieron por perdidos. También resultó infructuosa la búsqueda de los restos de El Cid, Don Pelayo, Guzmán el Bueno y Jovellanos, por nombrar algunos de ellos.
Llegado el plazo este panteón abrió sus puertas un 20 de junio de 1869 y aunque no tuvo la proyección deseada en cuanto a sus ilustres moradores, sí que acogió a poetas como Juan de Mena, Garcilaso de la Vega y Alonso de Ercilla; escritores como Francisco de Quevedo y Calderón de la Barca, así como humanistas, políticos y los arquitectos Ventura Rodríguez y Juan de Villanueva, por lo que sus inicios no fueron tan malos. Los restos de tan insignes personajes fueron depositados en una capilla, aunque años después serían devueltos a sus lugares de origen y el proyecto de tener un panteón con hombres ilustres se diluyó en el tiempo.
Hubo que esperar a después de la Guerra de la Independencia, (1814) cuando el convento de Nuestra Señora de Atocha quedó en un estado lamentable tras la ocupación de las tropas francesas.
Los dominicos que habían sido trasladados volvieron a ocuparlo hasta 1834, año en el que fueron exclaustrados y abandonaron el convento, que prácticamente era una ruina. Poco después el convento pasó a convertirse en el cuartel de Inválidos y varios de sus directores fueron enterrados entre sus muros; José de Palafox, Francisco Castaños, Juan Prim y Antonio de los Ríos Rosas entre otros. Por aquel entonces la reina regente María Cristina pensó que debido a estos enterramientos ya existente se podría construir una basílica en sustitución de la antigua y que ésta tuviera anexo un panteón de acogiera los restos de los ya enterrados y de otros más. Se convocó un concurso público saliendo ganador Fernando Arbós y Tremanti que se inspiró en la Plaza del Duomo de la ciudad de Pisa.

MAUSOLEO DE RIOS ROSAS 

Comenzaron las obras, se alzó el panteón y el campanile, pero los costes fueron muy elevados y hubo que dar por concluido el proyecto en 1899. Dos años después comenzaron a llegar los primeros ocupantes: Palafox, Castaños, Prim y Ríos Rosas, aunque posteriormente los restos de Palafox, Castaños y Prim fueron devueltos, como en casos anteriores, a sus lugares de origen.
Tampoco fueron fáciles los años siguientes, aunque llegaron restos de algunos personajes relevantes para la historia de España como Cánovas del Castillo, Mateo Sagasta y Canalejas entre otros el Panteón de los Hombres Ilustres casi desaparece entre los años treinta y ochenta debido al abandono. A partir finales de los ochenta fue cuando Patrimonio Nacional a quien hoy en día pertenece este majestuoso edificio procedió a la restauración y dio acceso al público.
Gracias a eso podemos visitar y contemplar los magníficos mausoleos que atesora en su interior.

Práxedes Mateo Sagasta
El sepulcro de este político e ingeniero riojano es obra del gran maestro Mariano Benlliure. Sobre un sobrio túmulo yace la escultura de Sagasta, este se encuentra vestido con levita y el Toisón de Oro, uno de los símbolos más prestigiosos y antiguos de Europa.
En la cabecera y sentada se puede observar una mujer que representa a la Historia, sostiene un libo que cierra simbolizando el fin de la vida de Sagasta. A sus pies se encuentra un joven representando al pueblo; este se apoya sobre su mano izquierda y en su brazo descansan los evangelios, emblema de la Verdad. La mano derecha sustenta una espada en cuya empuñadura se encuentra grabada la Justicia, mientras en la hoja una rama de Olivo simbolizando la Paz cubre todo el filo.
Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen, Marqués del Duero
El panteón de este militar y político nacido en la actual Argentina es impresionante. Su forma de retablo se cobija bajo un repujado arco de medio punto en el que se encuentra una imponente escultura del genio de la guerra. Esta obra de Elías Martín sostiene en la mano un medallón con el busto del militar. El resto del sepulcro es obra del arquitecto Arturo Mélida y Alinari, en él se puede apreciar algunos símbolos funerarios como el león, guardián que recuerda el valor y la determinación de las almas que custodian.


Antonio Cánovas del Castillo
El monumento a este político malagueño es uno de los más suntuosos, obra del maestro Agustín Querol por encargo de los sobrinos del fallecido. En este gran retablo se encuentra representado en suave relieve “Cristo Resucitado” rodeado de plañideras. A sus pies, un magnífica urna funeraria, de forma rectangular sobre la que yace la estatua que representa al político; a su alrededor seis hornacinas con arco de medio punto albergan en alto relieve las efigies de las virtudes: Sabiduría, Templanza, Justicia, Elocuencia, Prudencia y Constancia.

José Canalejas
El encargado de realizar el monumento funerario a este político asesinado en un atentado terrorista es obra de nuevo de Mariano Benlliure. Sobre basamento de mármol blanco sobrecoge ver como dos jóvenes ayudados por una mujer sostienen el cuerpo inerte de este político y literato mientras lo guían hacia el interior de la cripta funeraria. Sobre el dintel un Cristo Redentor abre sus brazos para acogerlo bajo su seno.
Antonio de los Ríos y Rosas
Magnífica obra del artista catalán Pedro Estany. El monumento funerario para este político y orador malagueño se compone por un sepulcro monumental tipo retablo. Sobre el basamento de mármol se erige el sarcófago del fallecido, con unas decoraciones de damasquinados en oro exquisitas. Un joven alado flota sobre una nube y brinda una rama de laurel al busto tallado en mármol de Ríos y Rosas. Una desconsolada mujer se apoya sobre el sarcófago en señal de duelo.

Eduardo Dato e Iradier
Otra magnífica obra del maestro Benlliure. El monumento de este político coruñés se compone por un alto basamento rectangular, sobre éste se eleva el sepulcro del fallecido. Sobre ella yace la escultura en mármol del político, que se encuentra envuelto en un sudario y con las manos descansando sobre el pecho.
En la cabecera una estilizada y elegante mujer de luto eleva una cruz en alto y a sus pies dos pequeños amorcillos guardan el escudo de España.
En el pequeño jardín que se encuentra en el exterior se ubica el mausoleo conjunto. De arquitectura sencilla dentro descansan algunas personalidades destacadas como Federico Aparici, Ponciano Ponzano y Sabino Medina; esta edificación es denominada Monumento de la Libertad.

En la Real Basílica de Nuestra Señora de Atocha se celebran  las bodas reales desde el siglo XX y acuden las las reinas y princesas de Asturias a la Basílica a presentar a los príncipes e infantes ante la Virgen, unos cuarenta días después del parto

lunes, 8 de junio de 2026

TERMINA EL IMPERIO DE CARLOMAGNO

Termina el Imperio Carolingio en el año 843. 
Tras la muerte de Luis el Piadoso en 840, hijo de Carlomagno, su vasto imperio quedó sin un heredero claro. Sus hijos —Lotario, Luis el Germánico y Carlos el Calvo— lucharon por el poder, desatando una guerra civil que amenazaba con fragmentar toda Europa occidental.

En 843, tras años de conflicto, se firmó el Tratado de Verdún, que dividió el Imperio Carolingio en tres reinos:
 • Lotaringia para Lotario, el hijo mayor, que mantenía el título imperial.
 • Francia Occidental para Carlos el Calvo, que sería la base de la futura Francia.
 • Francia Oriental para Luis el Germánico, que daría origen al Sacro Imperio Romano Germánico y, siglos después, a Alemania.
Este acuerdo cambió el mapa político de Europa para siempre, estableciendo fronteras que, con el tiempo, influirían en los conflictos entre Francia y Alemania. También marcó el inicio del fin de la unidad carolingia, dando paso a un continente fragmentado y lleno de reinos en constante tensión.

El Tratado de Verdún es un ejemplo de cómo la dinámica familiar, la guerra y la diplomacia definieron la geopolítica medieval, y cómo decisiones de unos pocos hombres pueden cambiar el curso de la historia por siglos.
La Marca Hispánica
El profesor Josep María Salrach, de la Universidad de Barcelona, y que es uno de los grandes investigadores del proceso de formación nacional de Catalunya (siglos VIII-IX); explica que entre las oligarquías catalanas de principios de la centuria del 800, había una corriente partidaria de buscar una paz duradera con los árabes repantigados en el bajo Segre y en el Ebro. Esta corriente estaría formada, básicamente, por las oligarquías procedentes del exilio, (descendientes de los indígenas de la Tarraconense refugiados en el reino de los francos durante la invasión árabe, 714-723; que habían hecho el camino del retorno acompañador los ejércitos carolingios). Pero esta corriente, que priorizaba la paz con el objetivo de restaurar el aparato económico perdido con el exilio; chocó con los funcionarios francos, ávidos de aventuras militares y de botín, y partidarios de la guerra permanente. El primer conde de Barcelona fue Bera (801-820) personaje de origen franco-visigodo. Esta autoridad era favorable a la paz con los musulmanes, por lo que fue acusado de traición. Fue destituido y el gobierno pasó totalmente a manos de los francos. Se establecieron regiones administrativas, (los condados).
La disidencia de estos condados en el régimen carolingio no tuvo el mismo recorrido que la aragonesa. 

Entre las oligarquías indígenas de esos condados había, también, una fuerte corriente de lealtad al régimen carolingio. Venía de una época no demasiado lejana (segunda mitad del siglo VIII), cuando los reyes Pipino y Carlomagno habían protegido a los exiliados pre-catalanes refugiados en territorio franco de la codicia depredadora de algunos magnates locales. La estirpe indígena obtendrían el monopolio del gobierno de los condados carolingios catalanes a partir de Wifredo el Velloso (870-897).
El triunfo de los "pacifistas" habría desbaratado, definitivamente, el proyecto "Marca Hispánica"; pero el cese fulminante de Bera (coincidente con la usurpación del "Malo" en Jaca, 820), lo impidió. A partir del 820, con el gobierno del "belicista" Rampón, la situación en los condados catalanes sería radicalmente opuesta a la de Aragón. 
Tanto Pamplona como los primeros territorios de Aragón formaron partes de la Marca Hispánica la franja defensiva establecida por el Imperio Carolingio a finales del siglo VIII para proteger sus dominios frente al Emirato de Córdoba.

BATALLA DE RONCESVALLES

El nivel de influencia franca varió en ambos territorios- Por ejemplo en Pamplona, tras la famosa batalla de Roncesvalles (778), los francos ejercieron un control limitado. Los vascones de la zona se rebelaron y derrotaron al ejército carolingio en el año 824, lo que permitió a la dinastía Íñiga consolidar el Reino de Pamplona (germen de Navarra) y romper sus vínculos con los francos. Mientras que los condados pirenaicos del entorno del río Aragón (junto con Sobrarbe y Ribagorza) sí estuvieron más sujetos a la autoridad franca, pero a principios del siglo IX comenzaron a ser gobernados por condes locales, lo que inició su evolución hacia su independencia. Ambos territorios lograron transformarse en entidades políticas independientes. Más tarde, tras la expansión de sus fronteras hacia el sur, el Reino de Aragón y el Reino de Pamplona (que acabaría adoptando el nombre de Navarra) convergieron a través de la unión dinástica en 1076 bajo el rey Sancho Ramírez. 
Los condes catalanes de los siglos IX y X mantuvieron y alimentaron el vínculo político con la cancillería carolingia y con las corrientes culturales que se proyectaban desde Aquisgrán y desde París. Y eso explicaría, también, la construcción de una cultura política propia que ha trascendido a través de los siglos.


Nunca sabremos cuál habría sido el papel de un Estado medieval surgido de ruptura de la periferia carolingia. Y cuál habría sido su protagonismo durante los siglos siguientes. Un Estado sobre las antiguas naciones nor-ibéricas y protovascas, emparentadas, que habría contrapesado el núcleo mesetario castellano-leonés y el núcleo continental francés.