Nació entre
1958 y 1959. Sus fundadores fueron un grupo de jóvenes de ideología
nacionalista radical. Habían crecido en una dictadura centralista, que
utilizaba la violencia para mantenerse en el poder.
Muchos de los primeros miembros de ETA se habían separado del PNV, el Partido Nacionalista Vasco. Creían que había que hacer más en contra del régimen que lo que hacía esta formación, que encabezaba el Gobierno Vasco en el exilio, desde Francia. ETA, al contrario que la mayoría de la oposición antifranquista, decidió utilizar la violencia para conseguir sus objetivos.
Muchos de los primeros miembros de ETA se habían separado del PNV, el Partido Nacionalista Vasco. Creían que había que hacer más en contra del régimen que lo que hacía esta formación, que encabezaba el Gobierno Vasco en el exilio, desde Francia. ETA, al contrario que la mayoría de la oposición antifranquista, decidió utilizar la violencia para conseguir sus objetivos.
Primero fueron pocos, pero en la transición española a la democracia, cuando estuvieron más fuertes, tuvieron entre 450 y 500 miembros integrados en comandos y dispuestos a matar. Al final, ya en los 2000, llegó a haber más de 700 presos de ETA cumpliendo condena.
Querían una Euskadi independiente. Buscaban que Vizcaya, Guipúzcoa y Álava formaran un Estado euskaldún (vascoparlante) con Navarra y el País Vasco francés. Optaron por emplear las armas hasta conseguir la autodeterminación, es decir, cuando los habitantes de esos territorios decidieran su separación de España y de Francia.
ETA no alcanzó ninguno de los principales objetivos por los que había empezado a asesinar en 1968. Menos de una década después, el franquismo había terminado y comenzaban las instituciones y los procedimientos democráticos.
Pero eso no se consiguió gracias a ETA, sino a su pesar. Esto no quiere decir que la violencia no les resultase útil para otras cosas. Por ejemplo, para atemorizar.
Los miembros de ETA creían que el fin justificaba los medios y que ellos no tenían otro remedio que utilizar la violencia ya que el Estado español, al que definían como el enemigo.
Lo cierto es que ETA mató al 95 % de sus víctimas tras Franco, ya en la Transición o en plena democracia, cuando estaban garantizados el autogobierno, el uso del euskera y la promoción de la cultura vasca, que es tan diversa como la propia sociedad. No les importó ni el cambio de sistema político ni la aprobación en referéndum de un Estatuto de autonomía en 1979.
ETA duró muchos años gracias a que tuvo el respaldo de una parte de la población, minoritaria pero relevante, en Euskadi y Navarra. Era una organización clandestina y dedicada al terrorismo. Pero su entorno, la izquierda abertzale, era legal. Este sector daba apoyo logístico y moral a los miembros de ETA (desde financiación hasta casas donde esconderse, pasando por argumentos para legitimarse). Además, perseguía sus mismos objetivos desde organizaciones juveniles, sindicales o culturales.
La más conocida fue HB, Herri Batasuna (Unidad Popular), una plataforma que se presentaba a las elecciones y que obtenía entre el 12 % y el 20 % de los votos en Euskadi. HB surgió en 1978 y fue el principal brazo civil de ETA, motivo por el que terminó siendo ilegalizada. La izquierda abertzale justificaba a ETA, se manifestaba a favor de sus miembros y los homenajeaba como si fueran héroes cuando salían de la cárcel.
ETA era como un ejército, muy jerarquizado, tenía una cúpula formada por apenas tres dirigentes que decidían la estrategia y a los que el resto de miembros debían obedecer. Los comandos se dividían en legales o ilegales según sus integrantes estuvieran fichados o no por la Policía. Atacaban en España y a menudo se escondían en Francia.
Se financiaban mediante secuestros y campañas de extorsión empresarios y a otros profesionales.
ETA cometió la mayoría de sus asesinatos en el País Vasco. Seguida por
Madrid que es la ciudad en la que ETA causó más víctimas mortales (119), seguida de San Sebastián (94). Hay decenas de lugares de todo el país en los que ETA dejó su triste huella, desde Andalucía hasta Cataluña, pasando por Castilla, Cantabria o La Rioja.
Miles de personas tuvieron que marcharse del País Vasco y de Navarra por estar amenazadas: empresarios a los que les exigían dinero, políticos y ciudadanos no nacionalistas, policías…
Al principio, durante la dictadura, la reacción de la Policía fue brutal e indiscriminada. Luego, en la Transición, justo cuando España construía sus libertades, fue cuando ETA mató más, con mucha diferencia. Fueron los llamados “años de plomo”. En 1980, el más sangriento, asesinaron a casi 100 personas, una cada tres o cuatro días.
Ya en la década de 1980 surgieron los GAL, Grupos Antiterroristas de Liberación, que mataron a 27 personas en su pretensión de responder a ETA con sus mismas armas. Detrás de esta banda, financiada con dinero público, estuvo el entonces ministro del Interior, el socialista José Barrionuevo, y una serie de policías, guardias civiles o políticos. Fue la mayor sombra de la joven democracia española. Pero el entorno de ETA no denunciaba estos abusos para construir una democracia mejor, sino para reforzar su propia violencia.
ETA duró 60 años, entre 1958-59 y 2018, que es la fecha de su disolución.
En total, fueron más de cuatro décadas asesinando y condicionando la vida política, social y económica de nuestro país.
Aunque no existió una protección oficial o institucional de la Iglesia a la banda terrorista, sí hubo cierta protección del Obispo Setién que abogaba por la negociación entre el Estado y ETA y por reconocer el derecho de autodeterminación. En 1996 ofreció a la iglesia vasca como mediadora. Hubo curas que escondieron y protegieron a miembros de ETA, aunque hubo obispos vascos que pidieron perdón años después por la "complicidad" de sectores eclesiásticos y el silencio ante el sufrimiento causado.
Según datos oficiales, las diferentes ramas de ETA asesinaron a 853 personas. Otras fuentes dan cifras diferentes. Hay casos de autoría dudosa. Cinco personas siguen desaparecidas. La mayoría de las víctimas de ETA fueron guardias civiles (206) y, después, policías (149). Para deshumanizarlos, los llamaban txakurras, que significa “perros”.
El siguiente grupo es el de que se vieron alcanzados por la explosión de una bomba o por disparos que no iban dirigidos contra ellos (116).
ETA también mató a militares, ertzainas, personas a las que acusaba de ser franquistas, amigos de policías o traficantes de drogas, funcionarios de prisiones, jueces o políticos que no pensaban como ellos, sobre todo del Partido Popular, Partido Socialista Obrero Español y Unión del Pueblo Navarro.
Seguramente las víctimas más conocidas de ETA sean dos: Miguel Ángel Blanco fue un joven concejal del PP de Ermua (Vizcaya) al que secuestraron y mataron en 1997, lo que dio pie a enormes manifestaciones de protesta. Durante los dos días que lo mantuvieron secuestrado para chantajear al gobierno, millones de personas salieron a la calle en toda España para exigir a ETA que no lo matara y, cuando la banda consumó su amenaza, para protestar y mostrar su duelo.
Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno de la dictadura, fue asesinado en 1973 junto con su conductor y su escolta.
Entre estos últimos destaca el caso de José Antonio Ortega Lara, que hasta entonces era un desconocido funcionario de prisiones de la cárcel de Logroño. Estuvo en manos de ETA durante 532 días entre 1996 y 1997. Lo encerraron en un zulo minúsculo de una nave industrial de Mondragón (Guipúzcoa) hasta que fue encontrado y liberado por la Guardia Civil.
Sin apoyo social, aislada internacionalmente y cercada por las fuerzas de seguridad, ETA se vio obligada a dejar el terrorismo en 2011.
No había alcanzado ninguno de los objetivos por los que había empezado a matar en 1968. Pero dejó una negra herencia en forma de víctimas, miedo y sufrimiento. Hay una justicia todavía pendiente. Más de 300 familias saben que ETA mató a sus seres queridos, pero no han podido poner nombre y apellidos a los autores materiales del crimen.
Tras el cese definitivo de la actividad armada anunciado por ETA en 2011, el sector de la izquierda abertzale buscó su integración en el sistema democrático, dando lugar a nuevas estructuras como, por ejemplo, Bildu y posteriormente EH Bildu.
EH Bildu opera actualmente como un partido político parlamentario. Existe un debate sobre la "legitimación democrática" de esta transformación y su papel en el panorama político español, incluyendo pactos parlamentarios, mientras se mantiene la memoria de la actividad terrorista de ETA.
El surgimiento de EH Bildu viene marcado por su carácter de coalición de partidos procedentes de diferentes familias e ideologías políticas que deciden confluir en un proyecto aglutinador, fruto de un cambio de contexto en el proceso político del País Vasco.
A nivel estatal, EH Bildu ha tenido poca capacidad de influencia, aunque no del todo irrelevante en determinados momentos. Durante las legislaturas ha apoyado medidas de carácter progresista que en algunos casos han logrado ser aprobadas. Uno de los momentos de mayor relevancia ha sido el apoyo con sus votos para sacar adelante la moción de censura que el PSOE presentó contra el presidente Rajoy y que llevó a Pedro Sánchez a la jefatura de gobierno. Asimismo, en el período de diputación permanente, la representante de EH Bildu fue clave para la aprobación de los decretos sociales impulsados por la Presidencia. Tras las elecciones generales celebradas el 10 de noviembre de 2019, los resultados obtenidos por EH Bildu permiten la conformación de grupo parlamentario propio. Este hecho, sumado al complejo mapa político arrojado por las urnas, augura un posible aumento de la capacidad de influencia del partido en la política estatal.
En la sesión de investidura en enero de 2020, EH Bildu se abstuvo al igual que ERC, lo que permitió a Pedro Sánchez obtener una mayoría simple y alcanzar la Presidencia.




No hay comentarios:
Publicar un comentario