jueves, 12 de febrero de 2026

BATALLA DE COVADONGA - VISIÓN MUSULMANA Y CRISTIANA

28 de Mayo de 722: en Asturias tiene lugar la batalla de Covadonga entre las tropas musulmanas y las del levantamiento astur-godo iniciado en el 718, encabezadas por Pelayo. La batalla de Covadonga supuso la primera victoria de un contingente rebelde contra las fuerzas musulmanas y permitió que el reino no volviese a ser atacado. Tuvo una amplia difusión en la historiografía posterior como detonante del establecimiento de una insurrección organizada que desembocaría en la fundación, en principio, del reino independiente de Asturias, y de otros reinos cristianos que culminaría con la formación del Reino de España.


MUSULMANA
Según la recopilación del cronista Al Maqqari (Tremecén, 1578-El Cairo, 1632) "Dice Isa Ibn Ahmand al-Raqi que en tiempos de Anbasa Ibn Suhaim al-Qalbi, se levantó en tierras de Galicia un asno salvaje llamado Belay (Pelayo. Desde entonces empezaron los cristianos en al-Ándalus a defender contra los musulmanes las tierras que aún quedaban en su poder, lo que no habían esperado lograr. Los islámicos, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar, se habían apoderado de su país hasta que llegara Ariyula, de la tierra de los francos, y habían conquistado Pamplona en Galicia y no había quedado sino la roca donde se refugia el rey llamado Pelayo con trescientos hombres. Los soldados no cesaron de atacarle hasta que sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían que comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo “Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?”. 



VISIÓN CRISTIANA
Según las crónicas de Alfonso III. Crónica de Albelda datada en el 881: "Al Qama entró en Asturias con 187.000 hombres. Pelayo estaba con sus compañeros en el monte Auseva y que el ejército de Alkama llegó hasta él y alzó innumerables tiendas frente a la entrada de una cueva. El obispo Oppas subió a un montículo situado frente a la cueva y habló así a Pelayo: “Pelayo, Pelayo, ¿dónde estás?”. El interpelado se asomó a una ventana y respondió: Aquí estoy. El obispo dijo entonces: ¡Juzgo, hermano e hijo, que no se te oculta cómo hace poco se hallaba toda el reino unido bajo el gobierno de los godos y brillaba más que los otros países por su doctrina y ciencia, y que, sin embargo, reunido todo el ejército de los godos, no pudo sostener el ímpetu de los ismaelitas, ¿podrás tú defenderte en la cima de este monte? Me parece difícil. Escucha mi consejo: vuelve a tu acuerdo, gozarás de muchos bienes y disfrutarás de la amistad de los caldeos!. Pelayo respondió entonces: ¿No leíste en las Sagradas Escrituras que la iglesia del Señor llegará a ser como el grano de la mostaza y de nuevo crecerá por la misericordia de Dios?. El obispo contestó: Verdaderamente, así está escrito… Tenemos por abogado cerca del Padre a Nuestro Señor Jesucristo, que puede librarnos de estos paganos. Alqama mandó entonces comenzar el combate, y los soldados tomaron las armas. Se levantaron los fundíbulos, se prepararon las ondas, brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas. Pero al punto se mostraron las magnificencias del Señor: las piedras que salían de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Virgen Santa María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos. Y como a Dios no le hacen falta lanzas, sino que da la palma de la victoria a quien quiere, los caldeos emprendieron la fuga..

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Existen otra serie de consideraciones que llevan a descartar el origen visigodo de Pelayo, empezando por su propio nombre, que no es de ascendencia germánica, sino romana. A pesar de que la crónica de Alfonso III hace un decidido esfuerzo por presentar al monarca astur, como perteneciente al linaje visigodo, no resulta verosímil que un individuo de alto rango entre los visigodos utilizara un antropónimo latino. No debe ser olvidado que los redactores de la Crónica redactan sus textos con un claro afán legitimador de la propia monarquía asturiana, intentando para ello hacer entroncar la corte de Oviedo con la de Toledo, siendo Pelayo el eslabón que une ambos extremos.
En el testamento de Alfonso III dona la iglesia de Santa María de Tiñana. Este edificio lo habría recibido su predecesor, Alfonso II como parte de la herencia de su bisabuelo, el propio Pelayo. Así pues, esta noticia confirma que Pelayo era dueño de tierra y propiedades en el centro de Asturias, con lo que estamos ante una persona perteneciente a los escalones superiores de esa sociedad tribal.
Hasta aquí las noticias e investigaciones anteriores a los hechos estrictamente relacionados con Covadonga, a partir de este punto las crónicas ofrecen un relato de los acontecimientos en los que se deja entrever la confirmación de la hipótesis autóctona del primer monarca astur. Según la crónica Rotense, Pelayo estaba en Brece, localidad situada en el actual concejo de Piloña, en el oriente asturiano, cuando es avisado de que los musulmanes andaban tras él, al conocer la noticia cruza el río Piloña y se dirige al monte Auseva, lugar donde es elegido por los astures y donde sucederá el enfrentamiento con las tropas islámicas. El hecho de que Pelayo fuera elegido como jefe de operaciones nos presenta una sociedad en la que los distintos jefes locales cedían su autoridad a alguien de un prestigio confirmado, y la existencia de vínculos entre los grupos del centro y el oriente, como pone de relieve el posterior traslado de la corta a Pravia. De todas formas lo más llamativo es el hecho de que fuera elegido princeps en la manera en que lo fue, pues como bien dice Mínguez “Se elige a Pelayo como princeps; pero no en la acepción romana o visigoda del término, sino como el encargado de dirigir las operaciones militares”. El mismo autor también llama la atención sobre el igualitarismo existente entre las diferentes jefaturas, y lo extraño que resulta que tras Covadonga, Pelayo consiguiera retener esa supremacía entre los que habían sido sus iguales, e inaugurar una dinastía sucesoria, quizá merced al prestigio obtenido en el combate.
Tras el fracaso de la operación de castigo frente a los insurgentes, la columna islámica que perseguía a Pelayo opta por emprender la retirada, pero no sobre sus pasos en un intento de unir sus fuerzas a las de la guarnición acantonada en Gijón al mando de Munuza, si no en dirección este hacia la comarca de Liébana, seguramente porque esta ofrecía mayores ventajas, en cuanto a seguridad se refiere, para alcanzar la meseta y no tener que atravesar una Asturias que parecería estar viviendo un levantamiento generalizado.


Por otra parte, y de acuerdo con las informaciones ofrecidas por las crónicas visigodas, esta zona esta despoblada desde las campañas de Leovigildo con lo que pocos inconvenientes podía ocasionar a una columna en retirada; a su vez las crónicas asturianas confirman este supuesto al afirmar que una parte de la labor de Alfonso I fue repoblar los territorios de Primorias y Liébana. El caso es que esta columna no salió intacta de estos valles pues fueron sepultados por uno de esos frecuentes aludes o argayos que es el nombre que reciben en la terminología local los desplazamientos de tierra.
En cuanto al gobernador musulmán Munuza, al conocer el desastre de la expedición de castigo enviada contra Pelayo, decide abandonar Asturias por el puerto de la Mesa, siguiendo el valle del río Trubia, pero no logra su objetivo pues son alcanzados por los astures en Olalíes y allí encontraron la muerte. El episodio de Olalíes es la continuación de Covadonga y nos transmite la visión de una Asturias en pie de guerra, con un teatro de operaciones que va al menos desde Onís en el oriente, hasta Proaza en el centro. Pelayo, que dirigió las acciones de Covadonga, debió de organizar también la respuesta en Olalíes, con lo que la imagen de un caudillo local, con fuertes vínculos en el territorio y buen conocedor de ese mismo territorio se refuerza.
El desfiladero de la batalla de Covadonga, situado en el Monte Auseva (Cangas de Onís, Asturias), fue el escenario angosto donde las fuerzas de Don Pelayo, refugiadas en la Santa Cueva, derrotaron a un contingente musulmán alrededor del año 718-722. Esta geografía escarpada permitió tácticas de guerrilla y un supuesto desprendimiento de rocas que diezmó al ejército invasor. En cuanto a las fuerzas de Pelayo, la historiografía reciente las cuantifica en poco más de 300 combatientes, de nuevo nada casual. Con ellas esperó a los musulmanes en un lugar estratégico, como el angosto valle de Cangas de los Picos de Europa cuyo fondo cierra el monte Auseva, donde un atacante ordenado no dispone de espacio para maniobrar y pierde la eficacia que el número y la organización podrían otorgarle. El enfrentamiento se situó en los Picos de Europa, en un terreno estrecho y abrupto que favorecía la defensa. Lugar central de refugio y punto estratégico desde donde se lanzaron proyectiles, es conocido hoy como el santuario de la Virgen de Covadonga o "la Santina".


Considerada por la tradición como el inicio de la Reconquista, aunque algunos historiadores la describen más como una escaramuza de rebelión astur contra el dominio visigodo/musulmán.

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