El rey Fernando II de Aragón sufrió un atentado que casi le cuesta la vida.
Un tal Juan
de Cañamares le asestó una puñalada cuando caminaba con su séquito cerca de la
catedral de Barcelona. Era el 7 de diciembre de 1492.
Se descubrió enseguida al criminal pero no se evitó la acusación de un reino u otro para saber de donde era el traidor. Finalmente un campesino confesó su autoría.
Un trastornado que pensaba que si lo mataba él se convertiría en el rey.
Se descubrió enseguida al criminal pero no se evitó la acusación de un reino u otro para saber de donde era el traidor. Finalmente un campesino confesó su autoría.
Un trastornado que pensaba que si lo mataba él se convertiría en el rey.
Así, cuando salía de la capilla de Santa
Ágata de una audiencia de justicia, el Rey Católico fue acometido por un
payés que le infirió una cuchillada en el hombro. «¡O, Santa María, y
valme! ¡Oh, qué traición!», gritó Fernando el Católico al recibir una
puñalada en la nuca, según el cronista Andrés Bernáldez. Inmediatamente,
los guardias reales saltaron sobre el agresor, Juan de Cañamares, y no lo
mataron allí mismo porque el rey se lo impidió. Prefirió dejarlo en manos de la
Inquisición, que lo condenó a muerte por intento de magnicidio. Nunca se
hallaron razones políticas detrás del suceso.
Cuando se hizo público que Fernando se había salvado cesaron las disputas aunque estuvo convaleciente durante meses.
Cuando se hizo público que Fernando se había salvado cesaron las disputas aunque estuvo convaleciente durante meses.
ESCALERAS DEL PALACIO REAL DE BARCELONA
En unas cartas que envió el humanista italiano Pedro Mártir de
Anglería al Conde de Tendilla el 8 de noviembre de 1492 le refiere el hecho
protagonizado por el tal Cañamares o Canyamars. El golpe pudo haber sido mortal
de necesidad de no ser, según dice, por la protección que le produjo una cadena
de la que colgaba el Toisón de Oro y que Fernando lucía providencialmente. Pero
las heridas conmocionaron de tal manera al rey que todavía un mes después, el
mismo cronista envió otra carta al arzobispo de Granada Fray Hernando de
Talavera comentando el estado grave en que se encontraba. "A causa de la
debilidad [por el atentado] el rey se desvaneció sacando la lengua
completamente hinchada". Dicen que lloró la reina al verlo y fueron estas
sus primeras lágrimas en público.Al principio se creyó que podía ser una conspiración urdida desde Francia; luego se pensó que el terrorista era moro; el recién conquistado Reino de Granada daba pie a pensarlo así. Al final se descubrió que era obra de un vulgar payés catalán con la cabeza ida.
FOTOGRAMA SERIE ISABEL
Al año siguiente Barcelona obsequió al monarca con
fiestas enormes, las más importantes hasta ese momento. Justas con torneos,
toros, y todo tipo de entretenimientos para agasajar al rey y manifestar la
alegría popular.Conocemos por el archivero real de Barcelona, Miguel Carbonell, los entresijos del atentado; sin ser testigo ocular del mismo, Carbonell sí escuchó el griterío ensordecedor desde la ventana de su despacho que daba a la plaza y, poco después de que el criminal fuese ajusticiado, envió una carta a un amigo suyo relatándole con todo lujo de detalles el regicidio, incluida luego en sus «Chròniques d’Espanya» editadas en catalán
.



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