Hacia 1808, un enorme ejército francés que en apariencia se
dirigía a ocupar Portugal que era aliada de Gran Bretaña. Nuestro país tenía la
segunda marina más poderosa del mundo en aquel tiempo y el corso pensaba usarla
para invadir Gran Bretaña. Hoy sabemos que España sería la tumba de Francia.
Es obvio e inevitable que el saqueo es algo implícito a la
guerra. El expolio al que fue sometido nuestro país sería de proporciones
colosales. España padeció las veleidades artísticas (léase pillaje), de los
militares franceses Murat, Soult, Sully,
Lapereyre, D´Armagnac, Dupont, Mathieu de Faviers y José Bonaparte. Aquel
ejército que pretendía exportar la ilustración había devenido en una horda más
de bárbaros.
La Guerra de la Independencia española, como todas las
guerras, supuso la pérdida de vidas humanas (que en realidad es lo más
importante), pero también desperdigó y destruyó gran parte del arte de nuestro
país. No solo las colecciones reales sufrieron el paso y saqueo de los
franceses, sino también el importante patrimonio artístico que se encontraba
distribuido por las instituciones religiosas y en manos privadas.
DEFENSA DEL PÚLPITO EN ZARAGOZA
Primero fueron expoliadas por Napoleón Bélgica y Holanda
(1794), después Italia (1796), luego Egipto (1798) y más tarde Austria y Prusia
(1806).
Cuando las tropas napoleónicas entraron en España en 1808,
llevaban más de una década saqueando el patrimonio artístico de los territorios
que habían conquistado.
A estas destrucciones se sumó el pillaje de obras de arte
ordenado por Napoleón en su intento de crear en París el Museo Napoleónico.
Este albergaría todas las obras de arte saqueadas durante sus campañas por
Europa. Cegado por los ideales de la Ilustración, Napoleón Bonaparte dijo en su
discurso ante el Directorio: “La República Francesa, por su fuerza, la
superioridad de su luz y de sus artistas, es el único país del mundo que puede
proporcionar un asilo inviolable a estas obras maestras”.
De nuestros artistas, en esa época, Murillo era uno de los
más apreciados en el extranjero y, por supuesto, sus obras fueron de las más
codiciadas.
DEFENSA EN ZARAGOZA
El mariscal Nicolas de Dieu, realizó una “limpieza” de los
templos sevillanos llevándose obras de un valor incalculable. El caso más
famoso quizás sea el de La Inmaculada de los Venerables, el mariscal se llevó a
su casa de París hasta que, cuando falleció, los herederos se lo vendieron al
Louvre multiplicando por cien su fortuna. Luego, la Francia de Vichy la
devolvió con algunos otros cuadros a la España de Franco y hoy está a salvo en
el Prado.
Sevilla fue una de las ciudades españolas que más expolio
sufrió. El nuevo monarca, José Bonaparte, publicó el 20 de diciembre de 1809 en
"La Gaceta" de Madrid un decreto en el que se ordenaba la fundación
de un museo de pintura "que contendría una colección de cuadros de las
diversas escuelas de los pintores españoles". Este oficio le fue entregado
a los gobiernos locales para comenzar la incautación de las obras. En Sevilla,
se mandó reunirlas en los salones del Real Alcázar para hacer inventario antes
de su partida. Hubo conventos, hermandades y algunas parroquias que, a
sabiendas del futuro de las pinturas, se llevaron algunas de sus obras de arte
lejos de las manos de los franceses.
La incautación de obras continuaba por
cada iglesia y convento sevillano. Se nombró para ello una comisión ejecutiva
con miembros de la Academia de Bellas Artes para escoger las obras que había
que llevarse y entregárselas al gobernador del Alcázar. Los franceses
depositaron en el Alcázar un total de 999 cuadros en 39 salas, desde el propio
Murillo a Zurbarán pasando por Herrera, Alonso Cano, Valdés Leal o Rubens.
Yendo hacia Burgos un destacamento enviado por el general
Quilliet había desmontado íntegramente un retablo de la capilla de un pequeño
convento en el que unas desoladas monjitas hacían dulces para su supervivencia.
Pero quiso esta vez que el Señor estuviera atento. El Altísimo envió una
partida de cuatrocientos guerrilleros para detener a los descarriados
franceses.
Los dos reyes españoles, padre e hijo, Carlos IV y Fernando
VII estaban a la greña, y Napoleón aprovechó la situación (realmente él mismo
la había creado) en Bayona para poner orden. Pero la tragedia no acababa ahí,
en 1808 Carlos IV cedió sus derechos a reinar a Napoleón por una módica suma en
las Abdicaciones de Bayona.
Un primo postizo de Napoleón, el Mariscal Soult, bajo su
emperifollado uniforme escondía carta blanca para hacerse con los recursos
artísticos de nuestra nación. Pero no fue el único. Los generales no se
conformaron con los regalos de José Bonaparte y algunos usaron el “Diccionario
Histórico de las Bellas Artes en España” de Juan Agustín Ceán para ir a
monasterios o iglesias, seleccionar los cuadros más valiosos, recortar los
lienzos con una navaja y llevárselos. Usaron la extorsión y el chantaje para
obtener arte, oro, plata y piedras preciosas. Un artillero francés, Manière,
relata que cierto Maréchal, tras no poder llevarse un Velázquez de la catedral
de Toledo, exigió el pago de “un millón en quàdruples ou en onces d'or” en dos
horas o volaría el puente romano. Manière, indignado, exclamaba “Que de
fortunes acquises dans ce genre!” (¡Cuantas fortunas se han adquirido así!).
EL AGUADOR DE SEVILLA - VELÁZQUEZ
En Zaragoza se llevaron la imagen de plata que el Colegio
Médico solía sacar en procesión para la festividad de San Cosme y San Damián.
En 1809, la procesión de San Miguel Arcángel tampoco se pudo realizar, ya que
la imagen de plata que tenía la ciudad fue robada. La rica cama de plata del
Cristo Yacente desapareció. Una buena parte del tesoro del Pilar también
desapareció, aunque piezas importantes pudieron ser ocultadas. Esto solo son
algunos ejemplos en una única ciudad, Zaragoza. Se han estudiado también los
casos de Navarra, Calahorra, o Guipúzcoa.
En Palencia y Galicia se cebarían con el románico temprano y
el tardío, en el museo Josefino precursor del Prado, arrasaron y estuvieron a
punto de desmontar la Alhambra, que, si no es por Dupont, que era algo más
cuerdo, no le hace entrar en razón.
LA VENUS DEL ESPEJO VELÁZQUEZ
Durante su estancia de cerca de dos años en
la capital hispalense, la increíble colección Soult crecía y crecía. Años
después, tras ser subastada ya fenecido, multiplicaría por cien su fortuna para
gozo de sus herederos. De 1809 a 1812 envió diez carruajes cargados de cajas
con pinturas a París. Una vez llegados a su apartamento en rue de l’Université,
su esposa, Louise Berg, clasificaba los bienes saqueados, restauraba lo que
fuese necesario y colgaba los cuadros en sus paredes, donde pudieron ser
admirados durante muchos años.
A la muerte de Soult la colección, que había conseguido una
fama considerable, fue subastada. Casas reales y museos de todo el mundo de
apresuraron a pujar, por lo que los cuadros de la colección quedaron repartidos
por los cuatro continentes.
FELIPE IV - VELÁZQUEZ
Pero los franceses eran unos angelitos al lado de los
anglosajones.
Cuando José Bonaparte decidió abandonar Madrid y dirigirse a
Francia por la situación de derrota militar, se llevó una caravana de carros,
el famoso “Equipaje
del rey José”, al
que Benito Pérez
Galdós dedicó uno de sus Episodios
Nacionales. Veamos:
El 21 de junio de 1813 se libró la batalla de Vitoria entre
las tropas francesas que escoltaban a José Bonaparte en su huida a Francia y un
conglomerado de tropas británicas, portuguesas y españolas al mando de Arthur
Wellesley, el futuro duque de Wellington. Las fuerzas francesas sufrieron una
derrota aplastante.
Bonaparte tuvo que huir a caballo y dejar todo su equipaje
atrás. Después de la batalla, los soldados de Wellington encontraron en el
coche de José entre el abundante material capturado, más de doscientas pinturas
sobre lienzo, junto con dibujos y grabados. Estas obras venían del despojo de
la casa de Godoy y el real palacio.
La tropa, de los que más de la mitad eran británicos, asaltó
con avaricia los carros y se olvidó de perseguir a José Bonaparte, lo que
enfadó a Wellington pero al menos pudo salvar el carro en el que Bonaparte
había guardado los cuadros: unas 200 obras de Juan de Flandes, Brueghel, Van
Dyck, Tiziano, Rubens, Teniers, Guido Reni, Ribera, Correggio, Murillo,
Velázquez, todas sin marco y enrolladas para ocupar menos espacio. Wellington
envió 300 obras recuperadas a su hermano a Inglaterra.
Wellington decidió por
su cuenta devolver los cuadros, por lo que su hermano, Henry, en ese momento
embajador en Madrid, envió en 1814 una misiva a Fernando VII, informándole de
que estaba en posesión del tesoro artístico. Y deseaba devolverlo. No tuvo
respuesta y lo intentó de nuevo en septiembre de 1816 en una carta al embajador
español en Londres. Recibió la contestación oficial de que el rey había
decidido que se quedara con las obras agradeciendo sus servicios. Wellington,
que los colgó en su casa, Apsley House, que se ha convertido en un museo
perteneciente al English Heritage, donde se puede ver hoy en día “The Spanish gift”
(El regalo español)
INMACULADA CONCEPCIÓN - MURILLO
Muchas de las mejores pinturas que se exhiben en Londres,
pertenecieron en su día a la colección real española. Entre ellas se encuentran
la Última Cena, de Juan de Flandes, que perteneció a Isabel la Católica o una
Sagrada Familia, de Giulio Romano, antaño atribuida a Rafael.
El hermano de
Wellington, William Wellesley, Conde de Mornington, cataloga el impresionante
tesoro, y siendo el primer en tener conciencia del valor y la envergadura real
del tesoro expoliado que tenían entre manos.
Lo asombroso es que en un gesto absolutamente incomprensible
hoy que Fernando VII le regale íntegramente todo el patrimonio español robado
al líder militar inglés que, según dicen las fuentes, Fernando afirmó que
"habían venido a su posesión por medios tan justos como honorables".
La clase política e institucional española, toleró y alentó esta situación.
Wellington había luchado en la Guerra al lado de los españoles contra las
fuerzas de Napoleón, muchos de los liberales que habían promulgado la
Constitución de 1812, que el rey derogó.
LA VIRGEN DEL ROSARIO -MURILLO
Según muchos investigadores, las tropas francesas bajo el
mandato de José I Bonaparte saquearon las joyas del Palacio Real y el Real
Monasterio de San Lorenzo del Escorial, robando un tesoro español por valor de
18 millones de francos y 22 millones de reales de la época, expoliando, entre
otros, algunas míticas joyas de la corona española, tal y como la perla
"peregrina"
En 1816, una vez derrotado Napoleón, la liga de los
vencedores obligarían a Francia a devolver lo expropiado. En el museo del
Louvre se hizo inventario con más de 5.000 obras de arte robadas en todos los
territorios de Europa, de las cuales el comisionado español a tal efecto, el
general Álava, solo podría recuperar algo más de cuatrocientas de ellas.
En el Congreso de Viena se condenó a Francia a devolver a
España el entero patrimonio incautado, algo imposible a todas luces pues solo
estaba inventariada una parte ínfima en el “Diccionario histórico de las Bellas
Artes en España” del ilustre Agustín Ceán Bermúdez; y es por ello por lo que se
haría imposible el rastreo de estas. Pero París no devolvió ninguna obra. Es
aquí donde cobra protagonismo la figura de Miguel Ricardo de Álava, embajador
en París en aquella época.
ÁLAVA ENTRA EN EL LOURVE Y RESCATA ALGUNAS OBRAS
Organizó un destacamento armado y asaltó el Museo del
Louvre. Por la fuerza entraron en el museo y reclamaron todas las pieza
españolas saqueadas durante la guerra. El capitán y ayudante de Álava, Nicolás
Miniussir, junto con el pintor Francisco Lacoma, reunieron un contingente de
200 infantes armados con fusiles y bayonetas. El por aquel entonces director
del museo, Vivant Denon, se negó a que los cuadros salieran de allí. El capitán
Miniussir sólo consiguió sacar doce obras y le remitió a Miguel Ricardo una
carta donde exponía que al día siguiente volvería de nuevo. Y, en efecto, a la
mañana siguiente temprano lograría rescatar doscientos ochenta y cuatro cuadros
y cinco objetos más. Aunque se quedaron cuadros de Velázquez, Murillo, Ribera,
Tiziano… todos los que conforman la sala española del Louvre.
EL CARRO DE JOSÉ BONAPARTE
Álava envió los cuadros al puerto de Bruselas y
posteriormente a Amberes. Acabada la guerra de Independencia contra Napoleón en
1814 dos años después llegarían a la Academia de Bellas Artes de San Fernando y
finalmente serían depositados en el Museo del Prado.
Después con la ocupación de los nazis en Francia, se
apropiaron de una ingente cantidad de obras. Los franceses clamaron al cielo,
pero ya era tarde, una nube de Stukas y Messerschmitt imponían su ley.
La guerra dejó un millón de muertos en total. La economía
española destrozada, expolios de obras de arte, profanación de tumbas para robo
de joyas, y una situación desoladora dejaron al país exhausto.
Tendría que pasar mucho tiempo para reparar los destrozos
materiales causados en los seis largos años que duró la confrontación.