sábado, 29 de noviembre de 2025

LA REINA VICTORIA EUGENIA DE BATTENBERG

Ena, para los suyos, por el gaélico Aithne (fuego pequeño), nació en el castillo de Balmoral (Escocia), en 1887. Pasó su infancia y adolescencia entre esa residencia, el palacio de Buckingham, el castillo de Windsor, la casa Osborne, en la isla de Wight, y el palacio de Kensington.
Victoria, o Ena como la llamaban en su familia, fue fruto de un matrimonio morganático, que es el palabro que se utilizaba para definir a matrimonios entre personas de distinto rango. Su madre, Beatriz, princesa de Reino Unido por nacimiento y su padre, Enrique de Battenberg, un aristócrata alemán.

Victoria Eugenia fue invitada a una cena de gala en el Hôtel du Palais de Biarritz a la que también estaba invitado el rey español, Alfonso XIII. Para aquel entonces el Rey tenía ya 19 años y a pesar de un físico no demasiado agraciado, era considerado una especie de playboy, una suerte de partidazo que había nacido ya con la corona puesta. Su madre, que fue regente durante toda su infancia, María Cristina, estaba acostumbrada a hacer y deshacer a su antojo por aquello de los años de regencia y pensaba que también podía decidir con quién entroncaría su hijo en real matrimonio.
Para desgracia de la Reina regente María Cristina, en aquella cena de gala se cruzó en la vida de Alfonso una joven princesa inglesa de nombre Victoria Eugenia. Para María Cristina aquella era una pésima opción, argumentos en su contra tenía para elegir. Para empezar, profesaba una religión distinta a la de Alfonso, era anglicana, para continuar provenía de un matrimonio morganático en el que la familia real británica emparentaba con una a la que María Cristina consideraba unos advenedizos venidos a menos, los Battenberg.

María Eugenia sobre Alfonso XIII, dijo en una entrevista: “No se puede decir que fuese guapo, pero tenía una buena estatura. Era muy simpático, vivaz, pero no guapo. Era meridional, muy meridional”. Su correspondencia, custodiada hoy en el Palacio Real, estrechó el vínculo en la distancia.
Tras abjurar del protestantismo y recibir el bautismo católico en San Sebastián, en enero de 1906, la Casa Real hizo público su compromiso. La princesa todavía no hablaba español, pero no le costó demasiado aprenderlo: seis meses para seguir una conversación y un año y medio para participar en ella con solvencia.
Aficionada a la lectura, su biblioteca en España alcanzó los mil volúmenes, y hábil para los idiomas, hablaba inglés, francés y alemán, recibió la educación propia de cualquier princesa de la época.
Al público parecía agradarle aquella muchacha “delicada y espiritual”, en palabras de Azorín, a la que los lectores del monárquico ABC habían designado en una encuesta como favorita para desposarse con el rey. A propósito de su llegada a España, la infanta Eulalia, tía de Alfonso XIII, apuntó en sus Memorias: “Se creyó encontrar entre locos al oír las exclamaciones de los madrileños, que a su paso arrojaban flores”.

La ceremonia nupcial se celebró el 31 de mayo de 1906 en la iglesia de San Jerónimo el Real, y, como sabemos, estuvo marcada por el intento de magnicidio de Mateo Morral. Cuando la comitiva regresaba al Palacio Real, el joven anarquista arrojó una bomba desde un balcón de la calle Mayor, matando a unas veinticinco personas. Los reyes salieron ilesos. Años después, Victoria Eugenia recordaría la angustia de aquella jornada en una entrevista a la televisión francesa: “Les puedo asegurar que no fue agradable bajar y ver toda aquella sangre. Vi a un pobre soldado con las piernas así [haciendo una X con los dedos]. ¡Qué horror!”.
El primer hijo de la pareja recibió el nombre del padre. Nacido en 1907, Alfonso de Borbón y Battenberg fue diagnosticado de hemofilia, transmitida por su madre. No podemos saber si los reyes ya lo sabían o no, sobre aquel mal, cuya primera mención en un informe médico sobre el príncipe de Asturias y el benjamín Gonzalo data de 1926. Lo cierto es que la hemofilia fue determinante en la muerte de ambos por accidentes en 1938 y 1934, respectivamente, no superaron los consiguientes problemas de coagulación de la sangre. Fueron golpes muy duros para Victoria Eugenia, madre también de Jaime (1908-1975), Beatriz (1909-2002), María Cristina (1911-1996) y Juan (1913-1993)  que por estas triquiñuelas del destino, Juan, el tercero de los hermanos, y el único sin hemofilia, terminó llevando el título de heredero como Príncipe de Asturias que, a buen seguro, ella se sintió juzgada por su marido y su suegra, María Cristina, por haber introducido la hemofilia en la familia real española. La rigidez de esta última y las constantes infidelidades de Alfonso, padre de varios hijos bastardos con la actriz Carmen Ruiz Moragas y otras mujeres, empañaron su vida.
Ante los desafíos que afrontaban España y el conjunto de Europa, su labor fue todo menos baladí. Las voluntarias de la Cruz Roja Española se desplegaron en el Protectorado Español de Marruecos tras el desastre de Annual de 1921; y si en 1915 Alfonso XIII se animó a fundar la “Oficina Pro-cautivos” para localizar a los presos y desaparecidos de la Gran Guerra, fue por iniciativa de ella.
Curiosamente, el rey fue propuesto para el premio Nobel de la Paz en 1917 por su labor al frente de ese departamento, pero, finalmente, el Comité Internacional de la Cruz Roja fue el favorecido.
 
Cuando en abril del 31 se proclamó la Segunda República, Alfonso XIII dejó el país dejando atrás a su mujer y a sus cinco hijos, un bonito detalle de un hombre que emprendía una huida hacia delante en la que su familia no parecía jugar un papel protagonista. Después de esta salida del país llegaron los años del exilio y en el exilio, el divorcio. Victoria Eugenia terminó tan cansada de desplantes y feos que abandonó a su marido y se fue con su madre a Inglaterra y desde allí le pidió el divorcio y la devolución de la dote que presentó para la celebración de su matrimonio con intereses de los 24 años que habían pasado juntos, además de una pensión compensatoria.
Durante su largo exilio, Victoria Eugenia pudo, al menos, despedirse de España. Se le recuerda también por ser madrina de bautizo del ahora Rey don Felipe VI en febrero de 1968, y además de ser ella la artífice de las conocidas “Joyas de pasar” de la Reina de España, las piezas más importantes del joyero real que lucen hoy las Reinas doña Letizia y doña Sofía.

BAUTISMO DE FELIPE VI 
Si en 1931 había salido por la puerta de atrás, treinta y siete años después, en el aeropuerto de Barajas, frente a una multitud de unas cinco mil personas, se congratuló porque el pueblo no la hubiera olvidado.
Falleció en Lausana, 15 de abril de 1969 en su residencia de Vieille Fontaine a los 81 años de edad.  Enterrada en el cementerio de Bois-de-Vaux,  la esposa de Alfonso XIII, madre de Juan de Borbón y abuela de Juan Carlos I y bisabuela de Felipe VI permaneció allí hasta 1985, hace ahora cuarenta años, cuando sus restos mortales fueron trasladados a España, junto con los de sus hijos Alfonso, Gonzalo y Jaime.

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