viernes, 12 de junio de 2026

LOS TERCIOS ESPAÑOLES

Fueron creados por Carlos I en 1534, revolucionaron el arte de la guerra al combinar magistralmente picas, arcabuces y espadas en una misma formación, dominando los campos de batalla europeos por más de un siglo. 
Pero fueron iniciados por el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba en las campañas de Italia, donde profesionalizó el ejército y dio protagonismo a las armas de fuego. Fueron llamados "Los Tercios Viejos", primeros y más famosos que fueron los de Nápoles, Sicilia y Lombardía, Agrupaban a miles de hombres (tanto españoles como mercenarios y súbditos del imperio) organizados en compañías.
No solo marcaron una época en la historia militar europea: transformaron la manera de entender la guerra.
Miles de españoles salen a las redes y a las plazas para celebrar algo que el Estado se empeña en olvidar y que la sociedad civil ha decidido rescatar: el Día de los Tercios. 31 de enero. La elección de la fecha no es un capricho. Conmemora la Batalla de Gembloux (1578), una de esas operaciones que, si llevaran firma británica, tendrían ya su superproducción en Hollywood.
Durante más de un siglo, los ejércitos europeos aprendieron una lección incómoda: la guerra no siempre se decide en el campo de batalla. A veces se gana antes, cuando el enemigo empieza a dudar, a cansarse, a cometer errores. Ninguna fuerza militar entendió esto mejor que los Tercios españoles.
Su fama no nació de una batalla concreta ni de una victoria aislada. Nació de la repetición. De la constancia. De una manera de hacer la guerra que convertía cada campaña en una experiencia agotadora para quien se enfrentaba a ellos. Cuando los Tercios entraban en escena, Europa sabía que no iba a ser una guerra rápida.
Una infantería distinta en un mundo que aún pensaba en caballería
En los siglos XVI y XVII, muchos ejércitos seguían anclados en modelos medievales: cargas de caballería decisivas, enfrentamientos frontales, batallas que buscaban una resolución rápida. Los Tercios, en cambio, representaban otra cosa. Eran infantería profesional en un tiempo en el que gran parte de las tropas seguían siendo reclutadas de forma temporal.
Esto marcó una diferencia crucial. Los soldados de los Tercios no regresaban a casa tras una campaña. Encadenaban guerras. Flandes, Italia, el Mediterráneo, Alemania. Su experiencia no se medía en semanas, sino en años. Y esa experiencia se traducía en algo que ningún manual podía enseñar: saber resistir.
El verdadero poder de los Tercios no residía solo en su capacidad para vencer en combate abierto, sino en su habilidad para convertir cualquier conflicto en una guerra larga. No siempre buscaban la batalla decisiva. A menudo preferían hostigar, presionar, incomodar.
Cortaban rutas de suministro, atacaban convoyes, aparecían en lugares inesperados. Forzaban al enemigo a mantenerse en alerta constante. Dormir mal, comer peor, desconfiar de cada movimiento. Esa tensión permanente terminaba por erosionar la moral de las tropas contrarias.
Un ejército cansado no piensa con claridad. Y un ejército que no piensa bien, pierde.
La disciplina de los Tercios fue legendaria, pero no debe confundirse con rigidez. No eran autómatas. Su estructura permitía una flexibilidad táctica que sorprendía a sus adversarios. Sabían adaptarse al terreno, modificar formaciones, improvisar soluciones.
Mientras otros ejércitos dependían de esquemas fijos, los Tercios podían reorganizarse en pleno combate. Esa capacidad de adaptación les permitió sobrevivir —y vencer— en escenarios muy distintos: desde los campos abiertos de Europa central hasta las ciudades fortificadas de Flandes.
El soldado de los Tercios no era un héroe idealizado. Era, ante todo, un superviviente. Acostumbrado al hambre, al frío, a la falta de paga y a campañas interminables. Esa dureza no se improvisaba. Se adquiría con el tiempo. Muchos de estos hombres llevaban cicatrices visibles e invisibles. Sabían que la guerra no era gloriosa, pero también sabían cómo soportarla mejor que nadie. Esa experiencia colectiva se transmitía dentro de las unidades, creando una cultura militar sólida, difícil de romper.
La reputación de los Tercios fue, en sí misma, un arma. Los enemigos sabían que enfrentarse a ellos implicaba algo más que una batalla: significaba una campaña dura, prolongada y sin garantías de éxito. En muchos casos, esa fama bastaba para disuadir ataques o provocar retiradas estratégicas.
No era propaganda vacía. Era memoria histórica. Los ejércitos europeos habían aprendido, a base de derrotas y campañas interminables, que los Tercios no se rendían fácilmente ni abandonaban una guerra a mitad de camino.
Aunque su imagen esté asociada a picas, espadas y arcabuces, el armamento fue solo una parte de su éxito. Otros ejércitos disponían de armas similares. La diferencia estaba en cómo se utilizaban y, sobre todo, en quién las utilizaba. Los Tercios combinaban armas blancas y de fuego con una coordinación poco habitual para la época. Pero su mayor ventaja era intangible: la confianza en su propia capacidad para resistir y adaptarse.
Con el paso del tiempo, los ejércitos europeos aprendieron de los Tercios. Profesionalizaron tropas, mejoraron la logística, entendieron la importancia de la moral y del desgaste psicológico. En ese sentido, los Tercios no solo ganaron batallas: influyeron en la evolución de la guerra moderna.
Su declive no llegó por ineficacia, sino por cambios estructurales: nuevas formas de organización estatal, ejércitos nacionales permanentes, avances tecnológicos. Pero durante más de doscientos años, fueron el modelo a batir.
La gran lección de los Tercios españoles es incómoda pero clara: la guerra no empieza cuando chocan los ejércitos, sino cuando uno de ellos comienza a dudar de su capacidad para resistir. Ellos supieron explotar ese momento como nadie. Por eso su sola presencia alteraba el equilibrio de una campaña. Por eso Europa aprendió a temerlos. Y por eso, durante generaciones, nadie dormía tranquilo cuando los Tercios estaban en marcha.
Los Tercios no eran solo la batalla de Gembloux. Eran, ante todo, una maquinaria logística sin precedentes. Aquellos hombres sostuvieron durante décadas el Camino Español: un corredor terrestre de mil kilómetros desde Milán hasta Bruselas por donde desfilaban picas, arcabuces, dinero y víveres, sorteando a franceses y protestantes, cruzando los Alpes y el Rin con una precisión de relojero.
Durante más de un siglo, los ejércitos europeos aprendieron una lección incómoda: la guerra no siempre se decide en el campo de batalla. A veces se gana antes, cuando el enemigo empieza a dudar, a cansarse, a cometer errores. Ninguna fuerza militar entendió esto mejor que los Tercios españoles.
Su fama no nació de una batalla concreta ni de una victoria aislada. Nació de la repetición. De la constancia. De una manera de hacer la guerra que convertía cada campaña en una experiencia agotadora para quien se enfrentaba a ellos. Cuando los Tercios entraban en escena, Europa sabía que no iba a ser una guerra rápida.
Una infantería distinta en un mundo que aún pensaba en caballería
En los siglos XVI y XVII, muchos ejércitos seguían anclados en modelos medievales: cargas de caballería decisivas, enfrentamientos frontales, batallas que buscaban una resolución rápida. Los Tercios, en cambio, representaban otra cosa. Eran infantería profesional en un tiempo en el que gran parte de las tropas seguían siendo reclutadas de forma temporal.
Esto marcó una diferencia crucial. Los soldados de los Tercios no regresaban a casa tras una campaña. Encadenaban guerras. Flandes, Italia, el Mediterráneo, Alemania. Su experiencia no se medía en semanas, sino en años. Y esa experiencia se traducía en algo que ningún manual podía enseñar: saber resistir.
El verdadero poder de los Tercios no residía solo en su capacidad para vencer en combate abierto, sino en su habilidad para convertir cualquier conflicto en una guerra larga. No siempre buscaban la batalla decisiva. A menudo preferían hostigar, presionar, incomodar.
Cortaban rutas de suministro, atacaban convoyes, aparecían en lugares inesperados. Forzaban al enemigo a mantenerse en alerta constante. Dormir mal, comer peor, desconfiar de cada movimiento. Esa tensión permanente terminaba por erosionar la moral de las tropas contrarias.
Un ejército cansado no piensa con claridad. Y un ejército que no piensa bien, pierde.
La disciplina de los Tercios fue legendaria, pero no debe confundirse con rigidez. No eran autómatas. Su estructura permitía una flexibilidad táctica que sorprendía a sus adversarios. Sabían adaptarse al terreno, modificar formaciones, improvisar soluciones
Aquello fue la OTAN tres siglos antes de la OTAN. En la España de hoy, recordar que fuimos esa potencia hegemónica es casi un acto de disidencia. Vivimos instalados en una patología nacional única: el autoodio. Mientras los británicos glorifican sus derrotas (ahí tienen Dunkerque, una huida vendida como victoria moral) y los franceses chauvistas hasta el absurdo, nosotros escondemos a nuestros gigantes bajo la alfombra de la Leyenda Negra.
Mientras Reino Unido celebra Waterloo, esa carnicería de 50.000 muertos que apenas frenó a Napoleón, con desfiles militares, monumentos y hasta estaciones de tren, España pide perdón por Gembloux. Los británicos convirtieron una batalla sangrienta en símbolo imperial; nosotros convertimos nuestras gestas en motivo de disculpa. ¿Alguien ha oído a un francés pedir perdón por Napoleón, responsable de millones de muertos? ¿A un británico disculparse por las hambrunas en la India o el saqueo de África? No. Ellos tienen orgullo nacional, nosotros tenemos complejos ministeriales. Nos han convencido de que aquellos soldados eran carniceros fanáticos y no la infantería más moderna, técnica y leal que pisó Europa durante 150 años.
La Asociación 31 Enero Tercios conformada por historiadores, recreadores y ciudadanos hartos del complejo nacional, organiza campamentos, exhibiciones y desfiles. Mientras tanto, el Ministerio de Cultura sigue a lo suyo: perpetuar la memoria histórica selectiva que nos avergüenza de lo que fuimos.
Reivindicar a los Tercios hoy es poner un espejo incómodo frente a nuestra realidad. Aquellos hombres, que a menudo cobraban con años de retraso y vestían harapos, se regían por códigos de honor que hoy sonarían a ciencia ficción. Calderón de la Barca, que fue soldado de los Tercios, escribió: "El honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios". Compárese ese espíritu con la mediocridad política actual.
Quizás por eso el poder prefiere ignorar esta fecha. Porque recordar la iniciativa de Farnesio o la audacia de Don Juan nos recuerda lo bajo que hemos caído en liderazgo. Porque saber que Cervantes, Lope o Calderón empuñaron la espada antes que la pluma nos recuerda que hubo un tiempo en que las armas y las letras no eran enemigas. El 31 de enero, sea en la calle o en la memoria, muchos levantarán la copa sin esperar permiso oficial. Porque una nación que se respeta a sí misma no oculta sus victorias. Esta fecha no va de guerra, va de dignidad. Y España, aunque a algunos les pese, empieza a cansarse de agachar la cabeza.

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