La esclavitud de personas negras en el siglo XVI era aceptada y permitida por la Iglesia Católica, la cual no la condenó de forma global en esa época, aunque exigió su bautismo, catequización y un trato moralmente regulado por los amos.
La jerarquía eclesiástica aceptó la trata y posesión de esclavos africanos bajo el argumento de la época de que provenían de guerras justas o mercados locales en África, priorizando la salvación de sus almas mediante el bautismo frente a su libertad corporal.
A diferencia de la férrea defensa de la libertad de los indígenas americanos prohibida por los RR CC en 1500, 1512 y luego en 1542 y prohibida formalmente por el papa Paulo III en 1537, la esclavitud africana no recibió una prohibición papal equivalente durante el siglo XVI. Las instituciones de la Iglesia exigieron que los esclavos negros fueran instruidos en la fe católica, permitieron su matrimonio y los sometieron a la jurisdicción de tribunales como la Inquisición, reconociéndoles dignidad espiritual ante Dios pero no derechos jurídicos de libertad civil.
La llegada de las potencias europeas (Portugal, Reino Unido, Francia y Holanda) transformó el sistema en una industria mercantil globalizada de dimensiones catastróficas. Se estima que cerca de 6.3 millones de personas capturadas fueron exportadas directamente desde los puertos de África Occidental hacia las Américas.
Reinos locales de la región redirigieron sus estructuras militares hacia la captura y venta de seres humanos a cambio de armas de fuego y bienes de consumo occidentales.
Los principales compradores y transportistas de personas esclavizadas en África fueron potencias de Europa y del mundo islámico, destacando Portugal, Gran Bretaña, Francia y los reinos árabes de Oriente Medio y el norte de África. Dentro del propio continente africano, los cautivos eran adquiridos en la costa a cambio de mercancías mediante la colaboración de élites y líderes de diversos reinos y estados dentro de África actuaban como intermediarios en el interior del continente, capturando y vendiendo prisioneros de guerra a los traficantes extranjeros a cambio de armas, telas y alcohol.
Portugal fue un principal transportista histórico, responsable de trasladar cerca de la mitad de los africanos hacia América, especialmente a Brasil. Gran Bretaña y Francia, dominaron grandes porcentajes del tráfico transatlántico durante los siglos XVII al XIX para abastecer sus colonias en el Caribe y Norteamérica. Y Países Bajos y España participaron activamente en la compra y distribución de mano de obra esclava hacia sus propios dominios coloniales. En el caso de España no compraban en África, sino a los esclavistas y transportistas que se internaban en África.
Si bien la corona española prohibió formalmente la esclavitud indígena en 1542, ello no implicó que dejaran de ser sujetos a regímenes de trabajo cautivo
A fines del siglo XVI y durante el XVII llegaron los primeros africanos al Río de La Plata. Algunos provenientes de la zona sur del Ecuador, Angola, Congo y Mozambique, y otros del sudeste de África. Las provincias de Corrientes y Córdoba también fueron grandes receptores esclavos. La mano de obra esclava fue clave para sostener la actividad productiva en los distintos puntos del continente.
Como trabajadores esclavizados suplían complementar el trabajo indígena. En el Río de la Plata el tráfico de esclavos tuvo diversas modalidades, legales e ilegales, pero el mayor auge se dio a partir de la creación del virreinato del Río de la Plata en 1776. A partir de ese momento, unos dos mil africanos fueron ingresados al año por los puertos de Buenos Aires y Montevideo, hasta 1812 cuando ese tráfico es prohibido.
En el mundo hispano, las personas esclavizadas podían comprar a la libertad y con mucho esfuerzo, restándole hora al descanso y sobreexplotándose, algunos lograron ahorrar lo suficiente para comprar su libertad. Aún libres continuaban siendo racializados, marcados como pardos y morenos lo que implicaba que había ciertos oficios que no podían ejercer, lugares a los que no podían entrar, derechos que no podían ejercer. Digamos que si queremos hablar de cómo fueron “acogidos” podemos decir que no fue en las mejores condiciones y si bien existe algo así como un mito sobre la “benignidad” de la esclavitud hispana en comparación a la anglosajona.
Las élites consideraron que el fin de la esclavitud si bien era necesario por ser acorde a la civilización, la humanidad, la religión, debía ser gradual para no afectar el derecho de propiedad o para preparar a los esclavizados para la vida libre. No sólo eligieron que sea gradual. Africanos y afrodescendientes para ser libres debían “merecerlo”, hacer algo por la patria o por sus amos o por sus patronos. La libertad a la que se le hacían himnos, era para ellos una gracia, no un derecho.
El turista de hoy compara con países vecinos como Brasil y Uruguay y otros más lejanos como Cuba o República Dominicana, donde los afrodescendientes son multitud y busca una explicación.
Argentina no fue una excepción en el tráfico de esclavos que llegaron a Hispanoamérica tras la conquista. En 1810, con el inicio de la Revolución que terminó con la Independencia en 1816, al menos un tercio de los habitantes de Buenos Aires eran esclavos negros. Desembarcaban hacinados en los barcos y se convertían en mano de obra gratis para trabajar en el servicio doméstico o desarrollar oficios y tareas manuales. “En aquella época, tener un negro en casa era un signo de distinción. Se los podía comprar, vender, alquilar y hasta hipotecar. El esclavo era una forma de inversión: su amo le daba el apellido y lo ponía a estudiar un oficio de sastre o carpintero”, recuerda Diego Valenzuela, (Historiador), en el libro “Enigmas de la historia Argentina”.
No hay una sola razón que explique su aparente desaparición
del mapa argentino y permita que se instale el mito, en el siglo XIX, de que en
Argentina siempre fueron todos blancos descendientes de los barcos. “Las
guerras de la Independencia, la Guerra del Paraguay, la fiebre amarilla y
especialmente el mestizaje”, son algunas de las causas.
El historiador israelí Amos Goldberg por su parte, considera como elemento para tener en cuenta la abolición de la esclavitud que se produjo con la Constitución de 1853, Carta Magna que Buenos Aires acepta en 1860. “La prohibición de trata que frena el ingreso de esclavos, la alta mortalidad de este segmento de la población y las guerras de independencia, son motivos que llevan, necesariamente a la desaparición por mestizaje”.
Pero también fue un proyecto, se hizo con toda la intención.
Trabajaron de zapateros, lavanderas, panaderos, músicos, soldados. Construyeron las calles de Buenos Aires con sus propias manos. Vivían en barrios como San Telmo y Montserrat.
Cuando Argentina peleó su independencia, se les prometió la libertad a los esclavizados que se alistaran. Miles lo hicieron. Los batallones de "pardos y morenos" pelearon en las campañas de San Martín, cruzaron los Andes, murieron en Chile y en Perú.
María Remedios del Valle era una mujer afrodescendiente que peleó en las guerras de independencia, fue herida en batalla, perdió a su esposo y a sus hijos en el frente, y el propio general Belgrano la nombró "Capitana". Terminó mendigando en las calles de Buenos Aires. Hoy, Argentina la reconoce oficialmente como "Madre de la Patria". Pero durante 200 años, casi nadie supo su nombre.
Décadas después, la Guerra del Paraguay (1864-1870) fue otro golpe demoledor: los afro-argentinos fueron enviados al frente de forma desproporcionada. Era, en la práctica, una forma de deshacerse de ellos.
En 1871, la fiebre amarilla arrasó Buenos Aires. Murieron miles de personas. Los que vivían hacinados en los barrios pobres del sur de la ciudad, sin acceso a médicos ni posibilidad de huir al campo.
En la segunda mitad del siglo XIX, la élite argentina tenía un sueño: convertir al país en la Europa de Sudamérica.
Juan Bautista Alberdi, el padre intelectual de la Constitución, lo resumió en tres palabras: "gobernar es poblar". La Constitución de 1853 lo puso por escrito, en el artículo 25: el gobierno federal fomentará la inmigración europea. Domingo Faustino Sarmiento, presidente y prócer nacional, escribía abiertamente que el futuro del país dependía de reemplazar a las poblaciones "atrasadas" indígenas y afrodescendientes con sangre europea. Era el pensamiento de la época.
Entre 1880 y 1930 llegaron millones de inmigrantes italianos, españoles, y de otros países europeos. La población del país se multiplicó. Y los afro-argentinos, que ya eran pocos tras las guerras y epidemias, quedaron demográficamente diluidos.
En el censo de 1895, las autoridades directamente dejaron de registrar la categoría racial. Si no te cuentan, no existes. En los documentos empezaron a aparecer eufemismos: "trigueño", "pardo", "criollo".
Muchas familias afrodescendientes entendieron que para sobrevivir y progresar, había que "pasar por blanco". Casarse con inmigrantes, negar a los abuelos. El mestizaje, que en otros países fue celebrado, en Argentina se usó como herramienta de disolución. Para mediados del siglo XX, la idea de que "en Argentina no hay negros" ya era sentido común.
El blanqueamiento fue tan efectivo que no solo borró a los afro-argentinos de los libros de historia. Millones de argentinos tienen ancestros indígenas o africanos y no lo saben.
La palabra "tango" viene de lenguas africanas. La milonga, el candombe, el ritmo, todo pasa por los barrios negros del Buenos Aires del siglo XIX.
Y los afro-argentinos nunca desaparecieron del todo. Siempre estuvieron. En el censo de 2010, por primera vez en más de un siglo, Argentina volvió a preguntar por la afro-descendencia: cerca de 150.000 personas se reconocieron afrodescendientes,



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