viernes, 31 de julio de 2026

EL CLAVEL EN ESPAÑA

En marzo de 1526 Carlos I de España y V Emperador del Sacro Imperio Romano Germano, se casó con Isabel de Portugal. Cuentan que era una mujer muy guapa e inteligente.  Ambos el poco tiempo que vivieron juntos fueron felices. Carlos I nunca le fue infiel. Poco después de la boda, se trasladaron a Granada, donde vivieron durante varios meses en la Alhambra.



En uno de sus actos de amor hacia su esposa, Carlos I la obsequió con una flor que hizo traer desde Oriente. El detalle gustó tanto a Isabel, que el emperador hizo que plantaran cientos de claveles en los jardines de la Alhambra.
Isabel murió unos años más tarde, con tan solo 36 años. También rodeó su tumba con estas flores, fue el gran amor de Carlos el Emperador. Ya no volvió a ser el mismo. Conservó el clavel que ella le dio como quien guarda un amuleto contra la intemperie del poder. El clavel, flor de pasiones, de sangre y de amor, era su forma de llevarla consigo. No era el crucifijo, ni la espada de Mühlberg, ni la bula de su elección imperial: era una flor roja, viva, que hablaba más que todos los retratos de Tiziano.
Según la tradición Carlos pidió ser amortajado con un sayal de fraile jerónimo, sin corona, sin espada, sin cetro. Solo él, su Dios… y un clavel rojo. Pero no era una flor cualquiera. Era, se dice, el recuerdo último de su esposa, Isabel de Portugal. Había sido reina, madre de sus hijos, compañera silenciosa y sabia de un emperador agobiado por el deber.



En su retiro de Yuste, rodeado de relojes, códices y melancolía, Carlos hablaba con los monjes más que con los cortesanos. Le dolían las piernas, los recuerdos, y quizá también las decisiones. Fue allí donde organizó su propio funeral en vida, ensayo lúgubre que presidió desde su propio féretro, entre cirios y cantos fúnebres, para acostumbrarse a la nada. Y aun así, en esa escenografía de muerte voluntaria, llevó el clavel como única rebeldía.
El 21 de septiembre de 1558, los frailes rezaban, los relojes marcaban la hora con solemnidad y el emperador expiraba, tranquilo.
Aquel clavel, marchitó al poco, y quedó en la memoria de los presentes como el verdadero escudo de armas del emperador
Fue así como la flor ganó mucha popularidad en España, y empezó a echar raíces en la tradición del país.
Hoy, crece de forma natural en diversas partes del Mediterráneo y el territorio español cuenta concretamente con más de 25 especies de clavel de una amplia variedad de colores.
 
 
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