El 25 de junio de 1806 desembarcaron las fuerzas inglesas en
el virreinato del Río de la Plata, con el objetivo de apoderarse de su tesoro el
cual no podía ser enviado a la Península debido al bloqueo naval tras la
batalla de Trafalgar, y anexar nuevos territorios, para de esa manera abrir el
puerto de Buenos Aires al comercio con el Imperio británico. Ante las pobres
posibilidades de defensa, las autoridades virreinales aceptaron la intimación
del inglés W. Carr Beresford y entregaron Buenos Aires, la capital del Virreinato.
El 27 de junio las autoridades virreinales aceptaron la
intimación de Beresford y rindieron la plaza de Buenos Aires a los británicos.
Willams Carr Beresford
El virrey Sobremonte no ofreció seria resistencia, abandonó
la capital en la mañana del 27 de junio y se retiró a Córdoba junto con algunos
centenares de milicianos que no tardaron en desertar: contrariamente a una
persistente leyenda, no llevaba consigo los caudales, ya que estos habían sido
evacuados dos días antes de acuerdo con un plan trazado el año anterior.
Beresford demandó la entrega de los caudales del Estado y advirtió a los
comerciantes porteños que en caso contrario retendría las embarcaciones de
cabotaje capturadas e impondría contribuciones. El Cabildo no vaciló en enviar
una comisión a Sobremonte rogándole que entregara el tesoro a un destacamento
inglés enviado en su persecución. Esos caudales fueron trasladados a Londres y
exhibidos como trofeo de guerra, antes de ser depositados en el Banco de
Inglaterra.En la tarde del mismo día de la rendición del Virreinato,
las tropas inglesas desfilaron y enarbolaron la bandera del Reino Unido, que
permanecería allí por 46 días. El territorio bajo dominio británico fue
rebautizado bajo el nombre de Nueva Arcadia, en alusión a la tierra pastoril
griega de tanto peso en las fábulas neoclásicas Los demás miembros del
Consulado juraron el reconocimiento a la dominación británica. El general
Belgrano (posterior creador de la bandera Argentina), prefirió retirarse
"casi fugado", según sus propias palabras, a la Banda Oriental del
Río de la Plata, a vivir en la capilla de Mercedes, dejando en claro su postura
al pronunciar su célebre frase: "Queremos al antiguo amo o a ninguno".
El virrey llegó finalmente a Córdoba a principios de julio,
declarando el día 14 a dicha ciudad como capital del virreinato con carácter
transitorio. Pero su actitud no gustó al enardecido pueblo que acababa de
presenciar la caída de Buenos Aries y a quien llegaban noticias de la actitud
poco beligerante del virrey. Esto acabó por provocar que el mismo pueblo
apoyado por la oligarquía local y buena parte de los militares se depusiera del
cargo.
Los ingleses habían entrado como Pedro por su casa,
sabedores de la superioridad militar y de la inseguridad política existente.
Mes y medio después un ejército proveniente de Montevideo
comandado por Santiago de Liniers, al que se sumaron milicias populares
porteñas, proceso conocido como la Reconquista. Cosas del destino irónico, el
gran defensor del virreinato español ante las fuerzas inglesas, fue un francés,
Santiago de Liniers, al servicio de la corona española.
SANTIAGO DE LINIERS
El 12 de agosto, Liniers avanzó sobre la ciudad desatando
una batalla campal en distintas calles de Buenos Aires, hasta acorralar a los
británicos en el Fuerte de la ciudad. Primero fue tomada la Iglesia de la
Merced, ubicada a pocos metros de la Plaza Mayor, y desde el atrio del templo
se lanzó la ofensiva al Fuerte. También salieron a la calle centenares de
voluntarios organizados y entrenados por Alzaga. Cerca de doscientos
prisioneros ingleses fueron custodiados y llevados por las tropas de Garmendia
hasta la ciudad de Tucumán, que debía encargarse de alojar, alimentar y
custodiar. El general Beresford se rindió y firmó la capitulación el 20 de
agosto, en la que se acordaba el intercambio de prisioneros entre ambos bandos.
Temiendo un segundo ataque, el Cabildo presionó para que los prisioneros
británicos fueran enviados al interior, anulando así los términos de la
rendición.
La participación de las milicias en la Reconquista primero y
al año siguiente en la Defensa, aumentó el poder y la popularidad de los
líderes criollos militares e incrementaron la influencia y el fervor de los
grupos independentistas. Paralelamente, estos motivos convirtieron a las
Invasiones Inglesas en uno de los catalizadores de la causa emancipadora en el
Virreinato del Río de la Plata.
Tanto la Reconquista como la Defensa de Buenos Aires ante
las Invasiones Inglesas tuvieron un lugar relevante como antecedente inmediato
de la Revolución de mayo de 1810 que dio inicio al proceso de Independencia de
la Argentina. Lo cierto es que los territorios españoles de la cuenca del Plata
sufrieron, desde su conquista y colonización, el asedio constante de los indios
y la amenaza permanente del proceso de expansión de los portugueses desde el
Brasil.
Al año siguiente, en 1807 se produce el intento inglés de la
segunda invasión. Esta vez la flota británica viene al mando del Teniente
General John Whitelocke. En esta oportunidad, Don Santiago de Liniers, ya como
Capitán de Navío español y Virrey en la
ciudad de Buenos Aires. La invasión se inicia el 28 de junio sin hallar
resistencia a su paso. Las fuerzas a cargo de Liniers se agrupan y son
derrotadas en los Corrales de Miserere, (actual Plaza Once), Liniers se
repliega a la Chacarita, reorganiza su fuerza compuesta por 1000 hombres y se
lanza a la reconquista de la ciudad el 5 de julio a las seis y media de la
mañana. La lucha dura dos días.
Parecía que todo estaba perdido para los defensores, pero
Whitelocke decidió esperar. Suspendió el avance de Craufurd hacia la ciudad y
exigió rendición inmediata, aunque dio a los porteños tres días de plazo, que
los criollos utilizaron para organizarse militarmente. El alcalde de Buenos
Aires, Martín de Álzaga, ordenó montar barricadas, pozos y trincheras en las
diferentes calles de la ciudad por las que el enemigo podría ingresar. Reunió
todo tipo de armamento y continuó los trabajos en las calles bajo la luz de miles
de velas.
Sin embargo, los invasores se enfrentaban a una Buenos Aires
muy diferente a la que se había rendido ante Beresford. Según cuenta el general
inglés G. E. Miles, los vecinos en la calle San Pedro arrojaron sobre las
cabezas de los famosos "casacas rojas" del Regimiento de infantería
N.º 88, piedras y líquidos hirviendo, los que serían según algunos autores
agua, o más frecuentemente se menciona aceite, o grasa vacuna derretida, la
cual era muy económica, y estaba disponible para freír alimento en todas las
casas. Liniers y Álzaga habían logrado reunir un ejército de 9000 milicianos,
apostados en distintos puntos de la ciudad. Whitelocke vio cómo sus hombres
eran embestidos en cada esquina. Mediante la lucha callejera, los vecinos en el
centro de Buenos Aires superaron la disciplina de las famosas "casacas
rojas". No obstante, tras una encarnizada lucha los ingleses se apoderaron
de la Residencia y el Retiro.
Cuando la mayoría de las columnas habían caído, Liniers
exigió la rendición. Craufurd, atrincherado en la iglesia de Santo Domingo,
rechazó la oferta y la lucha se extendió hasta pasadas las tres de la tarde.
Whitelocke recibió las condiciones de la capitulación hacia las seis de la
tarde ese mismo día.
RENDICIÓN DE LAS TROPAS INGLESAS
El 7 de julio, el general inglés comunicó la aceptación de
la capitulación propuesta por Liniers y a la cual se le había añadido un plazo
de dos meses para abandonar Montevideo. Las tropas británicas se retiraron de
Buenos Aires; abandonarían la Banda Oriental recién el 9 de septiembre.
De regreso al Reino Unido, una corte marcial encontró a
Whitelocke culpable de todos los cargos excepto uno y fue removido de su
función, al declarársele «incapaz de servir a la Corona inglesa». Uno de los
factores determinantes para esta decisión fue el hecho de que el general
hubiera aceptado la devolución de Montevideo dentro de los términos de la
rendición.
Por entonces el rey Fernando VII era prácticamente
prisionero de Napoleón y José Bonaparte se había coronado como José I de
España. Todo esto durante la guerra de la Independencia Española, que combatía
el ejército liberal español con ayuda inglesa y que el gobierno contrario a
José I había formado La Junta Suprema Central. La fidelidad de Liniers al
legítimo rey, Fernando VII, por el que se estaba luchando en España hicieron
que se nombrara a un sustituto en reemplazo de Liniers a Baltasar Hidalgo de
Cisneros.
Santiago de Liniers era un héroe popular, pero se había retirado. En
1810, cuando ya estaba preparado para regresar a España, le llegó la noticia de
la Revolución de Mayo por criollos independentistas. Liniers, contrario a la
Revolución que sustituiría al virreinato se unió al grupo que pretendía
oponerse a la Primera Junta surgida de la Revolución de Mayo. Fue cuando
escribió “Será necesario considerar como rebeldes a los causantes de tanta
inquietud. Como militar estoy pronto a cumplir con mi deber. Y me ofrezco desde
ya a organizar las fuerzas necesarias. La conducta de los de Buenos Aires con
la Madre Patria, en la que se halla debido el atroz usurpador Bonaparte, es
igual a la de un hijo que viendo a su padre enfermo, pero de un mal del que
probablemente se salvaría, lo asesina en la cama para heredarlo.” El héroe ante las dos Invasiones Inglesas
fracasadas, que el Imperio británico emprendió en 1806 y 1807 en Buenos Aires,
con el conocimiento de algunos criollos revolucionarios y organizadas por
espías ingleses, Santiago de Liniers fue fusilado por orden de Mariano Moreno y
Juan José Castelli, miembros de la Primera Junta Revolucionaria de Gobierno. Una Revolución sin el apoyo popular necesario, realizado por criollos, hijos de españoles y españoles que esperaban tener el mando del territorio. No vemos en ellos a ningún rostro indígena o hombres del pueblo o del campo.
MIEMBROS DE LA PRIMERA JUNTA REVOLUCIONARIA DE BUENOS AIRES (1810)
Al año siguiente, en 1811 en España en La Batalla de La Albuera
que se enmarca en la Guerra de la Independencia Española, combatieron fuerzas
aliadas compuestas por tropas españolas y anglo-portuguesas contra el ejército
del Imperio Francés. Las fuerzas anglo-portuguesas estaban a las órdenes del
mariscal Sir William Beresford; las fuerzas españolas las mandaba el general
Joaquín Blake. En la Batalla de La Albuera José de San Martín combatió a las
órdenes del general William Carr Beresford, el mismo que cinco años antes había
invadido Buenos Aires. Pero San Martín ya había participado en la batalla de
Bailén, julio de 1808, saldada con una sonada victoria para las fuerzas
españolas contra las tropas de Napoleón, y fue ascendido por su destacada
actuación en la lucha.