Nació en Madrid el 12 de febrero de 1888. Murió en Lausanne
(Suiza) en 1972. Fue Abogada, jurista y diputada. Artífice de la obtención del
voto femenino.
Clara Campoamor no lo tuvo fácil en la vida: quedó huérfana de padre siendo niña. Desde muy joven, ayudó a su madre. Se abrió camino en el mundo laboral a través del funcionariado. El 19 de junio de 1909, a los 21 años de edad, obtuvo una plaza como funcionaria de segunda clase del Cuerpo de Correos y Telégrafos del Ministerio de la Gobernación.
Clara Campoamor no lo tuvo fácil en la vida: quedó huérfana de padre siendo niña. Desde muy joven, ayudó a su madre. Se abrió camino en el mundo laboral a través del funcionariado. El 19 de junio de 1909, a los 21 años de edad, obtuvo una plaza como funcionaria de segunda clase del Cuerpo de Correos y Telégrafos del Ministerio de la Gobernación.
El 13 de febrero de 1914, unas nuevas oposiciones
convocadas por el Ministerio de Instrucción Pública, en las que obtuvo el
número uno. En la capital trabajó, además, como auxiliar mecanógrafa en el
Servicio de Construcciones Civiles del Ministerio de Instrucción y como
secretaria de Salvador Cánovas, director del periódico conservador La Tribuna.
Destacada ateneísta, asistió con regularidad al Ateneo desde 1916 y comenzó a
descubrir su interés por la política.
En 1922, Campoamor inició su actividad asociacionista con la cofundación, junto a un grupo de mujeres progresistas. En marzo de 1923 dimitió.
A sus treinta y cinco años, comenzó a entrar en el mundo universitario a través de sus estudios de derecho y de las conferencias que impartía. Poco antes de licenciarse, el 31 de octubre de 1924, se incorporó a la Academia de Jurisprudencia, en donde desarrolló una gran actividad. El 3 de febrero de 1925 era ya miembro del Colegio de Abogados de Madrid; perteneció también a los de San Sebastián. A petición de la Academia de Jurisprudencia, el 13 de abril de 1925, pronunció una conferencia sobre la situación de la mujer ante el derecho titulada: “La nueva mujer ante el derecho (El derecho público)”. El contacto con abogadas de diversos países, las charlas y reuniones, alentaron el nacimiento de la Federación fundada por estas abogadas.
A principios de 1930 participó en la fundación de la Liga Femenina Española por la Paz, tras un congreso de asociaciones pro Sociedad de Naciones, en el que la Liga quedó integrada.
En 1931 intervino en la Sociedad de Naciones, a través de la Liga y de la Asociación Femenina Universitaria, integrada en la International Federation of University Women. También intervino como delegada del Gobierno en 1933.
Años más tarde, desde su exilio bonaerense, recordaría en su artículo “El palacio abandonado”, aparecido en la revista Saber vivir (Buenos Aires 1940) Su última intervención en la Sociedad de Naciones en la Asamblea anual de 1934, encabezada por Salvador de Madariaga.
En 1922, Campoamor inició su actividad asociacionista con la cofundación, junto a un grupo de mujeres progresistas. En marzo de 1923 dimitió.
A sus treinta y cinco años, comenzó a entrar en el mundo universitario a través de sus estudios de derecho y de las conferencias que impartía. Poco antes de licenciarse, el 31 de octubre de 1924, se incorporó a la Academia de Jurisprudencia, en donde desarrolló una gran actividad. El 3 de febrero de 1925 era ya miembro del Colegio de Abogados de Madrid; perteneció también a los de San Sebastián. A petición de la Academia de Jurisprudencia, el 13 de abril de 1925, pronunció una conferencia sobre la situación de la mujer ante el derecho titulada: “La nueva mujer ante el derecho (El derecho público)”. El contacto con abogadas de diversos países, las charlas y reuniones, alentaron el nacimiento de la Federación fundada por estas abogadas.
A principios de 1930 participó en la fundación de la Liga Femenina Española por la Paz, tras un congreso de asociaciones pro Sociedad de Naciones, en el que la Liga quedó integrada.
En 1931 intervino en la Sociedad de Naciones, a través de la Liga y de la Asociación Femenina Universitaria, integrada en la International Federation of University Women. También intervino como delegada del Gobierno en 1933.
Años más tarde, desde su exilio bonaerense, recordaría en su artículo “El palacio abandonado”, aparecido en la revista Saber vivir (Buenos Aires 1940) Su última intervención en la Sociedad de Naciones en la Asamblea anual de 1934, encabezada por Salvador de Madariaga.
En el umbral de la II República, Campoamor comenzó su andadura política. En su obra Mi pecado mortal. El voto femenino y yo (Madrid, Librería Beltrán, 1936), memorial de su actuación en las Cortes Constituyentes, la autora recuerda sus diversas adscripciones políticas antes de su militancia en el partido Radical. Según sus palabras, en 1929 había pertenecido al comité organizador de la Agrupación Liberal Socialista. Militó en el grupo de Acción Republicana e incluso llegó a ser elegida en 1931 miembro del Consejo Nacional. Finalmente, defendería en las Cortes los derechos de la mujer desde las filas del republicanismo histórico.
Tras las elecciones generales del 28 de junio de 1931, dos diputadas, elegidas por la circunscripción provincial de Madrid, ocuparon su escaño: Victoria Kent había sido elegida por el partido Radical Socialista; Clara Campoamor, por el partido Radical. Las dos diputadas tenían muy claro su objetivo: la defensa de los derechos de la mujer, pero no pensaban de igual modo respecto al voto. V. Kent, y meses después Margarita Nelken, perteneciente al partido Socialista, quién obtuvo su acta de diputado por Badajoz en las elecciones parciales del 4 de octubre, defendían el aplazamiento del voto femenino, no su negación. Clara Campoamor juzgó este aplazamiento como un grave error histórico, invocando en la Cámara las palabras de Humboldt: “la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella” Aislada de su partido Campoamor se vio obligada a defender en solitario el derecho al voto de la mujer. El 1 de octubre de 1931 el Parlamento aprobó por 40 votos de diferencia el derecho al voto de la mujer; se había obtenido el sufragio universal. El resultado se puso en jaque dos meses más tarde. Frente a este nuevo embate, Campoamor se erigió ahora en defensora de la Constitución y del artículo aprobado que había regulado ya los derechos electorales de uno y otro sexo. Todo ello condujo a realizar una segunda y definitiva votación el 1 de diciembre; por sólo cuatro votos de diferencia el sufragio femenino se hizo nueva y definitiva realidad.
Sin embargo, a pesar de la admiración que suscitó, de las muestras de elogio o de los homenajes que recibió, como el publicado en el periódico El Sol, Madrid, Campoamor vino a convertirse en blanco de la mofa o del encono de sus correligionarios y el voto de la mujer en el chivo expiatorio de la llegada de la derecha al poder en las elecciones de noviembre de 1933. No por ello aminoró su trabajo parlamentario y mientras fue diputada desplegó una intensa actividad jurídica.
En las elecciones de 1933, Campoamor no vio renovado su escaño, tampoco Victoria Kent. Sí lo obtuvo Margarita Nelken, que renovó escaño por Badajoz. Después de formar gobierno en diciembre de 1933, Alejandro Lerroux ofreció a Campoamor una Dirección General. Su toma de posesión fue elogiada por la prensa. La jurista ocupó el cargo de directora general de Beneficencia y Asistencia Social desde finales de diciembre de dicho año hasta octubre de 1934, es decir durante el periodo en que gobernó únicamente el partido Radical sin la presencia de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). La tragedia de la represión asturiana colmó su decepción del partido Radical. El 23 de febrero de 1935, Campoamor dirigió una carta a Lerroux en la que le comunicaba su desacuerdo con la política realizada y su firme decisión de abandonar el partido. En julio de 1935, pidió su ingreso en Izquierda Republicana, petición que le fue denegada. Ante la imposibilidad de obtener una candidatura en las que serían las últimas elecciones de la República, Campoamor abandonó Madrid. En Londres conoció el triunfo del Frente Popular. A su regreso, publicó Mi pecado mortal. El voto femenino y yo testimonio airado de su lucha sufragista. Su siguiente obra, apareció ya en el exilio. En ella, Campoamor enjuicia la política seguida por los sucesivos gobiernos del quinquenio republicano y narra a la vez los primeros cuarenta días de guerra, calificados de revolución por la mirada republicana de Campoamor.
El poso
autobiográfico del texto recoge la salida de Campoamor de Madrid, a comienzos
de septiembre de 1936. El primer intento de dejar España por el puerto de
Alicante, en un barco argentino, fue impedido en el último momento por órdenes
del gobierno español, hecho que empujó a la autora y a su familia a embarcarse
en un buque alemán que partía hacia Génova poniendo en riesgo su propia vida,
tal como recoge Campoamor en las notas sobre su partida, reunidas en su ego
documento de guerra La revolución española vista por una republicana. Desde
allí, atravesando territorio italiano se dirigió hacia Suiza y en concreto a la
ciudad de Lausanne. Fallecida su madre Clara Campoamor llegó a Buenos Aires en
1938 y permaneció allí hasta 1955. Entre las cartas enviadas por la autora a
Gregorio Marañón, residente en París, se encuentra la que, fechada en Brasil el
17 de febrero de 1938, testimonia la inquietud de su partida. Según la misiva
podría datarse la fecha de su llegada a la capital bonaerense a comienzos del
mes de marzo de dicho año. Poco a poco, fue adentrándose en algunos círculos
literarios.
En 1939 publicó en colaboración con el también exiliado Federico Fernández de Castillejo, llegado a Buenos Aires el 13 de febrero de 1937, Heroísmo criollo. La marina argentina en el drama español. La obra narra las vicisitudes del traslado de refugiados hacia la Argentina en los barcos, Tucumán y 25 de Mayo, calificados por los autores como “¡Nuevos Quijotes del mar!.” Aparte del homenaje a la marina argentina, Heroísmo criollo recoge un conjunto de anécdotas personales y colectivas encaminadas a mostrar el heroísmo de los refugiados y el derecho a la supervivencia que supone el exilio.
En Buenos Aires Campoamor aminoró su actividad política; en lo social, mantuvo contactos con el Consejo Nacional de Mujeres Argentinas. Colaboró además en Argentina Libre, semanal fundado en 1940. Fue profesora de derecho y de literatura castellana en la Biblioteca del Consejo de Mujeres. En palabras de Concha Fagoaga, “ La estancia en Buenos Aires desde 1938 a 1955 le hizo sentirse como ‘en casa propia’, resumiría tras regresar a Europa con el objetivo, nunca logrado, de reintegrarse a España.[...] “Mas en Argentina vivió los mejores años de su exilio pues pudo ejercer un largo trabajo en empresas editoriales promovidas por españoles tan exiliados como ella o propiamente argentinas, desde luego las periodísticas con las que siguió relacionada incluso a su vuelta, enviando colaboración desde Lausanne”.
Asimismo, a fin de facilitar el reagrupamiento familiar, en 1948 alquiló una casa a su nombre en Buenos Aires. Dicha casa la alquiló para que todos sus sobrinos, hijos de su hermano Ignacio Campoamor.
La trayectoria de su deseado y difícil regreso, impedido por su militancia republicana puede documentarse a través de un conjunto de oficios que se encuentran en el Archivo General de la Guerra Civil Española, ya que desde el mes de noviembre de 1941 existía una orden de detención contra ella, reclamada por parte del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Ello no impidió que Campoamor realizase durante su exilio argentino tres viajes por vía aérea a España, a fin de poder regularizar su situación. El primero, a comienzos de 1948, el segundo, a finales de 1952 o comienzos de 1953, según carta, fechada el 19 de octubre de 1952, dirigida a G. Marañón residente entonces en Madrid, en la esperanza de entrevistarle hacia diciembre o enero próximos; y el último, en marzo de 1955 en el que la propia Campoamor declara su pertenencia a la masonería de 1932 a 1934 y “que salió de la zona roja en 28 de agosto de 1936, trasladándose primero a Suiza y después a la Argentina donde ha permanecido 18 años”.
En 1939 publicó en colaboración con el también exiliado Federico Fernández de Castillejo, llegado a Buenos Aires el 13 de febrero de 1937, Heroísmo criollo. La marina argentina en el drama español. La obra narra las vicisitudes del traslado de refugiados hacia la Argentina en los barcos, Tucumán y 25 de Mayo, calificados por los autores como “¡Nuevos Quijotes del mar!.” Aparte del homenaje a la marina argentina, Heroísmo criollo recoge un conjunto de anécdotas personales y colectivas encaminadas a mostrar el heroísmo de los refugiados y el derecho a la supervivencia que supone el exilio.
En Buenos Aires Campoamor aminoró su actividad política; en lo social, mantuvo contactos con el Consejo Nacional de Mujeres Argentinas. Colaboró además en Argentina Libre, semanal fundado en 1940. Fue profesora de derecho y de literatura castellana en la Biblioteca del Consejo de Mujeres. En palabras de Concha Fagoaga, “ La estancia en Buenos Aires desde 1938 a 1955 le hizo sentirse como ‘en casa propia’, resumiría tras regresar a Europa con el objetivo, nunca logrado, de reintegrarse a España.[...] “Mas en Argentina vivió los mejores años de su exilio pues pudo ejercer un largo trabajo en empresas editoriales promovidas por españoles tan exiliados como ella o propiamente argentinas, desde luego las periodísticas con las que siguió relacionada incluso a su vuelta, enviando colaboración desde Lausanne”.
Asimismo, a fin de facilitar el reagrupamiento familiar, en 1948 alquiló una casa a su nombre en Buenos Aires. Dicha casa la alquiló para que todos sus sobrinos, hijos de su hermano Ignacio Campoamor.
La trayectoria de su deseado y difícil regreso, impedido por su militancia republicana puede documentarse a través de un conjunto de oficios que se encuentran en el Archivo General de la Guerra Civil Española, ya que desde el mes de noviembre de 1941 existía una orden de detención contra ella, reclamada por parte del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Ello no impidió que Campoamor realizase durante su exilio argentino tres viajes por vía aérea a España, a fin de poder regularizar su situación. El primero, a comienzos de 1948, el segundo, a finales de 1952 o comienzos de 1953, según carta, fechada el 19 de octubre de 1952, dirigida a G. Marañón residente entonces en Madrid, en la esperanza de entrevistarle hacia diciembre o enero próximos; y el último, en marzo de 1955 en el que la propia Campoamor declara su pertenencia a la masonería de 1932 a 1934 y “que salió de la zona roja en 28 de agosto de 1936, trasladándose primero a Suiza y después a la Argentina donde ha permanecido 18 años”.
Un último intento de entrada, denegado según este último oficio, fue el realizado en octubre de 1955 a través de la frontera de Irún por ferrocarril. Cuando el 8 de febrero de 1964 se publicó el decreto de supresión del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, Campoamor, asentada en Lausanne, había renunciado a su vuelta. Fue la última etapa de un “exilio sin fin” que, a juzgar por su correspondencia privada, estuvo sellado por la impotencia y la nostalgia. De este modo, Campoamor daba cuenta en la enorme cantidad de cartas, uno de los rasgos claves de su exilio: su desolada impotencia, cruel contrapunto de un temperamento enérgico y luchador. Aquejada de cáncer, casi ciega, Clara Campoamor Rodríguez, asistida por Antoinette Quinche, falleció en Lausanne el 30 de abril de 1972. Sus restos, cumpliendo sus últimas voluntades, se trasladaron incinerados el 17 de mayo al cementerio de Polloe en San Sebastián, ciudad que había conocido y amado. En su obra “Mi pecado mortal. El voto femenino y yo había escrito su epitafio:
“Yo sabía que el tiempo justificaría todas mis tesis.”
.



No hay comentarios:
Publicar un comentario