La Santa Alianza fue
un acuerdo entre Rusia, Prusia y Austria
en 1815 después de la batalla de Waterloo. Con el propósito de detener al
liberalismo surgido después de la Revolución Francesa, y el aporte de la
Ilustración, decidieron por tanto
intervenir militarmente en Europa para acabar con cualquier movimiento
liberal. Es decir, mantener las monarquías absolutistas.
En España Fernando VII regresó al retirarse Napoleón en 1814
acabando la guerra de Independencia. Y según sus propias palabras, quería ser “un rey absolutamente absoluto”. Un grupo
de absolutistas le presentaron un Manifiesto donde se le solicitaba que
propugnase reformas políticas y que estimase sin valor esa Constitución de
Cádiz de 1812. Los redactores se desmarcan de la filosofía liberal al proponer
una participación de la nobleza en tareas directivas, lo cual significaba una
regresión a la época del Antiguo Régimen, donde la soberanía nacional residía
en el monarca, a diferencia de las ideas liberales, en la que la soberanía
residía en el pueblo.
Sucedió también en esas fechas la abdicación de Bonaparte en
Francia, a la que siguió la restauración de un monarca también Borbón, Luis
XVIII, produciéndose un hecho similar al español. Sólo que el rey francés acató
la Constitución aceptando los cambios surgidos y en cambio Fernando se negó a
jurar la Constitución de 1812. Firmó decretos en los que recuperaba la
soberanía y dejaba en suspenso toda labor de las Cortes de Cádiz.

Fusilamiento de Torrijos y otros liberales
Se inicia así lo que se llama el “Sexenio Absolutista”.
Desde 1814 a 1820 Fernando VII gobernó de forma absoluta, la labor de gobierno
no era más que su propia voluntad sin estar limitada la acción de los Consejos
que él mismo reinstauró.
Enseguida mandó encarcelar a aquellos liberales que habían
atentado contra la soberanía de Su Majestad votando en las Cortes liberales.
Persiguió a los afrancesados y todos aquellos que aborrecían del despotismo.
Toda la legislación de Cádiz fue derogada
Francisco Espoz y Mina A partir de aquel momento, el verdadero gobierno del país
era llevado por la camarilla del rey, un grupo de individuos allegados al
monarca que constituían una verdadera organización
Además del descontento de los militares, numerosos
intelectuales que habían estado prisioneros en Francia se habían hecho masones
y se establecieron numerosas logias en España. La masonería siempre había
estado opuesta a la Iglesia y al Gobierno absolutista. Así, estas
organizaciones secretas constituyeron, en un principio la única oposición al
gobierno absolutista y a las clases sociales que lo apoyaban.
Pero no pudieron evitar pronunciaciones militares y
revueltas populares, encaminadas a resucitar la Constitución de 1812 derogada
por el propio Rey. Los intentos liberales no triunfaron hasta marzo de 1820,
gracias a la insurrección de Riego en Andalucía y de otras guarniciones
militares que contaron con amplios sectores populares. El 1 de enero de 1820,
en Cabezas de San Juan, donde estaban las tropas expedicionarias encargadas de
sofocar la sublevación americana, Rafael del Riego proclamó, junto a otros oficiales,
la Constitución de 1812.
Iniciaron una marcha por Andalucía que, pese a su escaso
éxito, fue el detonante de los movimientos insurreccionales que obligaron a
Fernando VII a aceptar otra vez la Constitución liberal. Fernando VII la juró
hipócritamente, a la vez que pedía ayuda a los soberanos de la Santa Alianza.
“Marchemos juntos, y yo el primero por la senda Constitucional” llegó a
afirmar. Se inicia así el Trienio Liberal.
Fernando VII, mentía ya que
el 7 de febrero de 1822, pidió ayuda a la Santa Alianza para restaurar
el absolutismo. En agosto de 1822 se reunió, en Verona, la Santa Alianza.
Asistieron el Emperador de Austria, el zar de Rusia, el Rey de Prusia,
Wellington en representación de Inglaterra y el vizconde de Chateaubriand en
representación de Francia. El motivo era acabar con el régimen constitucional
español.
El 28 de enero de 1823, Luis XVIII de Francia fue al
Parlamento y dijo que “cien mil franceses están dispuestos a marchar invocando
el nombre de San Luis para conservar en el trono de España a un Borbón, para
preservar ese hermoso reino de su Reina y reconciliarlo con Europa”.
Para que no hubiera problemas se pagó al contado a los
proveedores de alimentos y se evitó causar molestias a la población civil. Como
iban bien vestidos y eran educados, el pueblo a las personas que veía bien
vestidos les decía «eres más bonito que un San Luis».
El encargado de dirigir las tropas francesas fue Luis
Alfonso de Artois, duque de Angulema. Se sumaron los Ejércitos de la Fe, tropas
realistas que se habían sublevado contra el gobierno liberal. Entre los dos se
superaban los 120.000 soldados.
Por su parte, el gobierno contaba con 130.000 soldados, con
una mínima instrucción y que no compartían los ideales que defendían. Así, los
que mayor resistencia pusieron a las tropas francesas fueron la Milicia
Nacional. Cuando la expedición llegó al Ebro, Fernando VII y su familia se
trasladaron junto el gobierno a Sevilla. El 23 de abril de 1823 abrieron las
Cortes de Sevilla. Mientras se intentaba mantener la normalidad, las tropas
francesas eran recibidas con vítores en los pueblos donde llegaban, sin resistencia.
El duque de Angulema entró en Madrid el 24 de mayo de 1823.
Ahí estableció una regencia y eliminó toda resistencia liberal. Al ver que las
tropas se establecían en Madrid, el Gobierno decidió trasladarse de Sevilla a
Cádiz mientras Fernando VII optaba por no abandonar esta ciudad. Los
constitucionalistas decidieron suspenderlo como Rey al padecer, según ellos,
“un delirio momentáneo”. Lo sacaron a la fuerza de Sevilla y, cuando llegó a
Cádiz, lo restituyeron en sus funciones. Durante la penetración de los Cien Mil
Hijos de San Luis solo hubo una resistencia eficaz en Málaga, Granada y Jaén
(gracias a la hábil dirección de Riego).
Aunque los constitucionalistas querían mantener una
apariencia de normalidad, las cosas iban de mal en peor. Solo plantaban cara a
los Cien Mil Hijos de San Luis el Empecinado y el general Espoz Mina en
Cataluña. Este último luchó contra los franceses con tenacidad y de forma
inteligente. Además, hasta un mes después de la caída del Gobierno, no
depusieron las armas Barcelona, Lérida y Tarragona. El general Morillo se pasó
a los absolutistas. Continuaron
batiéndose hasta noviembre las fuerzas de Mina en Barcelona y las de Torrijos y
Chapalangarra en Cartagena y Alicante, respectivamente.
Cádiz fue sitiada y bombardeada. Los franceses no pudieron
tomar la ciudad, aunque acabaron con las fortalezas que la protegían. Al final
se llegó a un pacto: Fernando VII saldría y prometería defender la libertad
alcanzada por los españoles con la Constitución de 1812 y a cambio se rendiría
la plaza. Acordado con los franceses, Fernando VII salió de la ciudad, pero de
forma inmediata se unió al invasor y el mismo 1 de octubre decretó la abolición
de cuantas normas jurídicas que habían sido aprobadas durante los tres años
anteriores, dando fin al Trienio Liberal.
Y aquí comienza lo que con vergüenza se llama “Década
Ominosa”. Riego fue hecho prisionero y entregado a los absolutistas, que le
dieron una muerte atroz, como a muchos liberales. La década ominosa, finalizó
en 1833, con la muerte de Fernando VII.
Duque de Angulema.
Además del descontento de los militares, numerosos intelectuales que habían estado prisioneros en Francia se habían hecho masones y se establecieron numerosas logias en España. La masonería siempre había estado opuesta a la Iglesia y al Gobierno absolutista. Así, estas organizaciones secretas constituyeron, en un principio la única oposición al gobierno absolutista y a las clases sociales que lo apoyaban.
Pero no pudieron evitar pronunciaciones militares y revueltas populares, encaminadas a resucitar la Constitución de 1812 derogada por el propio Rey. Los intentos liberales no triunfaron hasta marzo de 1820, gracias a la insurrección de Riego en Andalucía y de otras guarniciones militares que contaron con amplios sectores populares. El 1 de enero de 1820, en Cabezas de San Juan, donde estaban las tropas expedicionarias encargadas de sofocar la sublevación americana, Rafael del Riego proclamó, junto a otros oficiales, la Constitución de 1812.
Iniciaron una marcha por Andalucía que, pese a su escaso éxito, fue el detonante de los movimientos insurreccionales que obligaron a Fernando VII a aceptar otra vez la Constitución liberal. Fernando VII la juró hipócritamente, a la vez que pedía ayuda a los soberanos de la Santa Alianza. “Marchemos juntos, y yo el primero por la senda Constitucional” llegó a afirmar. Se inicia así el Trienio Liberal.
Fernando VII, mentía ya que el 7 de febrero de 1822, pidió ayuda a la Santa Alianza para restaurar el absolutismo. En agosto de 1822 se reunió, en Verona, la Santa Alianza. Asistieron el Emperador de Austria, el zar de Rusia, el Rey de Prusia, Wellington en representación de Inglaterra y el vizconde de Chateaubriand en representación de Francia. El motivo era acabar con el régimen constitucional español.
El 28 de enero de 1823, Luis XVIII de Francia fue al Parlamento y dijo que “cien mil franceses están dispuestos a marchar invocando el nombre de San Luis para conservar en el trono de España a un Borbón, para preservar ese hermoso reino de su Reina y reconciliarlo con Europa”.
Para que no hubiera problemas se pagó al contado a los proveedores de alimentos y se evitó causar molestias a la población civil. Como iban bien vestidos y eran educados, el pueblo a las personas que veía bien vestidos les decía «eres más bonito que un San Luis».
El encargado de dirigir las tropas francesas fue Luis Alfonso de Artois, duque de Angulema. Se sumaron los Ejércitos de la Fe, tropas realistas que se habían sublevado contra el gobierno liberal. Entre los dos se superaban los 120.000 soldados.
Por su parte, el gobierno contaba con 130.000 soldados, con una mínima instrucción y que no compartían los ideales que defendían. Así, los que mayor resistencia pusieron a las tropas francesas fueron la Milicia Nacional. Cuando la expedición llegó al Ebro, Fernando VII y su familia se trasladaron junto el gobierno a Sevilla. El 23 de abril de 1823 abrieron las Cortes de Sevilla. Mientras se intentaba mantener la normalidad, las tropas francesas eran recibidas con vítores en los pueblos donde llegaban, sin resistencia.
El duque de Angulema entró en Madrid el 24 de mayo de 1823. Ahí estableció una regencia y eliminó toda resistencia liberal. Al ver que las tropas se establecían en Madrid, el Gobierno decidió trasladarse de Sevilla a Cádiz mientras Fernando VII optaba por no abandonar esta ciudad. Los constitucionalistas decidieron suspenderlo como Rey al padecer, según ellos, “un delirio momentáneo”. Lo sacaron a la fuerza de Sevilla y, cuando llegó a Cádiz, lo restituyeron en sus funciones. Durante la penetración de los Cien Mil Hijos de San Luis solo hubo una resistencia eficaz en Málaga, Granada y Jaén (gracias a la hábil dirección de Riego).
Aunque los constitucionalistas querían mantener una apariencia de normalidad, las cosas iban de mal en peor. Solo plantaban cara a los Cien Mil Hijos de San Luis el Empecinado y el general Espoz Mina en Cataluña. Este último luchó contra los franceses con tenacidad y de forma inteligente. Además, hasta un mes después de la caída del Gobierno, no depusieron las armas Barcelona, Lérida y Tarragona. El general Morillo se pasó a los absolutistas. Continuaron batiéndose hasta noviembre las fuerzas de Mina en Barcelona y las de Torrijos y Chapalangarra en Cartagena y Alicante, respectivamente.
Cádiz fue sitiada y bombardeada. Los franceses no pudieron tomar la ciudad, aunque acabaron con las fortalezas que la protegían. Al final se llegó a un pacto: Fernando VII saldría y prometería defender la libertad alcanzada por los españoles con la Constitución de 1812 y a cambio se rendiría la plaza. Acordado con los franceses, Fernando VII salió de la ciudad, pero de forma inmediata se unió al invasor y el mismo 1 de octubre decretó la abolición de cuantas normas jurídicas que habían sido aprobadas durante los tres años anteriores, dando fin al Trienio Liberal.
Y aquí comienza lo que con vergüenza se llama “Década Ominosa”. Riego fue hecho prisionero y entregado a los absolutistas, que le dieron una muerte atroz, como a muchos liberales. La década ominosa, finalizó en 1833, con la muerte de Fernando VII.




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