viernes, 15 de mayo de 2026

AMBICIONES DE FERNANDO EL CATÓLICO

En 1504, Fernando el Católico logró uno de los objetivos que había acariciado durante más tiempo. Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, conquistó el reino de Nápoles para Fernando el Católico y se convirtió en virrey. Por fin, tras décadas de intentos, el reino de Nápoles había pasado a poder español.

EL GRAN CAPITAN - ESTATUA EN CÓRDOBA 

Las tropas y el dinero de Castilla consiguieron expulsar a los franceses de aquella antigua posesión aragonesa y derrocar a la dinastía local gracias a una serie de sensacionales victorias del Gran Capitán, el genio de la guerra de aquel tiempo. Un éxito como pocos que habría coronado una gloriosa trayectoria vital. Sin embargo, ese año fue también el de la muerte de Isabel la Católica, la reina de Castilla, con la que Fernando se había casado treinta y cinco años atrás. El fallecimiento produjo sin duda en el monarca aragonés un profundo impacto emocional, pues, pese a los deslices de Fernando y puntuales desacuerdos, entre ambos había surgido un respeto y estima mutuos que completaban lo que fue una alianza política.
Pero también lo dejó en una posición política muy débil, ya que sus derechos al trono castellano dependían únicamente de su condición de rey consorte. La heredera legítima era su hija, Juana, casada con el archiduque Felipe de Habsburgo, Felipe el Hermoso, hijo del emperador Maximiliano. Una hija aquejada de una evidente inestabilidad mental y que además estaba enamorada de forma obsesiva de su esposo, quien la manejaba a su antojo. Estaba claro que su joven yerno, aupado al trono castellano, no iba a permitir las injerencias de Fernando en el trono de Castilla.

FELIPE I DE CASTILLA -(EL HERMOSO)

La muerte de la reina Isabel, además, reabrió viejas heridas mal cerradas en el tejido social castellano. La gran nobleza, que odiaba con saña al «viejo aragonés», como lo llamaban, no desaprovechó la coyuntura y se pasó en bloque a Felipe. Los principales magnates, que habían sido sojuzgados en tiempos pasados, vieron la oportunidad de desprenderse del yugo de la monarquía y de volver a sus acostumbrados abusos, rapiñas y usurpaciones. Fue así como, nada más desembarcar Juana y Felipe en La Coruña, en abril de 1506, procedentes de los Países Bajos, se puso en evidencia el cambio de lealtades de la aristocracia. A medida que los nuevos reyes se iban internando en el territorio peninsular, se iban añadiendo a su séquito infinidad de tropas enviadas por la más alta nobleza. Finalmente, Fernando se vio obligado a entregar todo su poder y retirarse a Aragón, sus tierras patrimoniales.
En esta tesitura, el genio político de Fernando el Católico se puso de manifiesto una vez más. Todo parecía haberse puesto en su contra: abandonado por la nobleza castellana, acosado en Nápoles por los franceses, cuya potencia militar era muy superior, enfrentado al emperador Habsburgo, al rey de Aragón se le cerraban todas las salidas. Pero todo cambió gracias a una jugada maestra de la diplomacia. Fernando se alió con su acérrimo enemigo, Luis XII de Francia, y se casó con la sobrina de éste, Germana de Foix, de apenas 17 años. El enlace entrañaba una colaboración política entre los dos monarcas, lo que suponía una amenaza directa para Felipe el Hermoso. También conllevaba la posibilidad de que la Corona de Aragón quedara separada de la de Castilla si la nueva pareja tenía descendencia masculina. Sólo el azar biológico evitó este desenlace, ya que el matrimonio tuvo un hijo que murió nada más nacer.
La suerte también jugó a favor de Fernando. Nadie iba a suponer que el joven y robusto Felipe caería gravemente enfermo y moriría de repente. Reinó desde el 12 de julio1425 hasta septiembre de 1506. Tan rápido se desarrolló todo, que más de uno habló de que alguien lo había envenenado, cosa nada rara en la época, aunque más bien parece que el impetuoso príncipe flamenco fue víctima de una epidemia de peste que asolaba la Península. Comoquiera que fuese, la desaparición de Felipe permitía a Fernando volver a ocupar el poder en Castilla, esta vez como regente, actuando en nombre de su hija Juana la Loca y de su nieto, el futuro emperador Carlos V, por entonces un niño de seis años.
La noticia de la muerte de su yerno le llegó a Fernando cuando se encontraba en Italia, en un pueblo de la bahía de Génova. El viaje respondía al interés del monarca aragonés por el reino de Nápoles, la joya de la corona en Italia, un extenso territorio que Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, había terminado de conquistar para la monarquía española en las batallas de Ceriñola y Garellano (1503). Pese a estas victorias, el dominio de Fernando era todavía frágil. Por un lado, un fuerte sector de los barones, la alta nobleza feudal napolitana, seguía inclinándose secretamente por el rey de Francia. Por otro, la reciente conquista del reino, dirigida por el castellano Fernández de Córdoba, se había realizado sobre todo con dinero y tropas también castellanas; ahora, como rey de Aragón, Fernando pretendía integrar el reino italiano en su corona, y justamente por ello temía que se le pudiesen discutir sus derechos. Además, estaba la incómoda figura del Gran Capitán, de quien algunos decían que estaba dilapidando el patrimonio regio napolitano repartiendo toda suerte de mercedes a sus subordinados. A oídos del rey Fernando llegaron incluso rumores de que el aclamado general tramaba dar un golpe de mano para convertirse él mismo en rey de Nápoles.

FERNANDO V DE CASTILLA 

De modo que, nada más abandonar Castilla, Fernando se dirigió a Barcelona y allí se embarcó con rumbo a Italia. En Génova se entrevistó con el Gran Capitán, al que colmó de muestras de afecto y de títulos. Pero cuando llegó a Nápoles, sabiendo ya la muerte de Felipe, no tuvo contemplaciones. El Parlamento del reino lo reconoció como rey, lo que significaba que automáticamente el Gran Capitán cesaba en sus funciones de virrey. Para compensarlo, el Rey Católico le concedió un nuevo título, el de duque de Sessa, así como el cargo de maestre de la Orden de Santiago. El veterano general, tenía 56 años, se vio obligado a abandonar Italia, el país que había conquistado para un rey que ahora se deshacía de él sin contemplaciones.
La leyenda añadió luego una famosa historia en torno a las relaciones entre Fernando el Católico y Gonzalo Fernández de Córdoba, la de las “Cuentas del Gran Capitán”. En una ocasión, cuando supuestamente el rey le pidió que justificara los gastos realizados como virrey de Nápoles, Gonzalo, haciendo gala de su característica sorna, le mostró una lista con las cantidades desorbitadas que había gastado... en beneficio únicamente del rey: 200.000 ducados para pagar a frailes y monjas que rezaran por sus victorias; 740.000 para los espías que le habían permitido conquistar el reino... El monarca comprendió la pulla y cambió de tema.
La historia, de cuya veracidad no hay pruebas, servía para poner de manifiesto el generoso desprendimiento del noble militar, en contraste con la mezquindad de Fernando, y reflejaba la imagen negativa que se llegó a crear en torno a un rey nada agradecido a sus vasallos, por mucho que a éstos les debiera.
Circulan varias versiones, una obra homónima de Lope de Vega popularizó la anécdota y en las “Memorias del Gran Capitán”, que se conservan en los archivos del conde de Altamira en el Archivo de Simancas.
 
 

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