miércoles, 20 de mayo de 2026

CARTAGINENSES

Los cartagineses fueron un pueblo o grupo de pueblos, herederos de los Fenicios.
La primera guerra contra los romanos entre el 264 y el 241 a.C. aunque tuvieron importantes victorias finalmente salieron derrotadas por Duilio, general Romano, y Cartago (antigua ciudad al norte de África capital del Estado púnico),  tuvo que ceder Sicilia y asumió unos fuertes tributos a Roma. Se llamaron Guerras Púnicas ya que los romanos los llamaban Punici, por el origen fenicio de Cartago.
Al quedar empobrecidos pusieron su empeño en conquistar la península Ibérica, o al menos en la región andaluza y levantina. Fueron luchando y venciendo por las armas o por la diplomacia a los pueblos que se fueron encontrando, fundamentalmente colonias griegas. El dominio fue rentable con prospecciones nuevas de plata que empezó a manar hacia ellos.
Ese fue el proyecto y la acción del general Amílcar Barca, (c. 275 a 228 a. C.) que murió habiendo conseguido para Cartago la plata y los mercenarios Ibéricos.

AMÍLCAR BARCA 

Le sucedió Asdrúbal (245 a. C.- 207 a.C.) En 227 a. C., cerca de la antigua población ibérica de Mastia, fundó la importante ciudad y base naval de Qart Hadasht, que los romanos llamarían posteriormente Carthago Nova, la actual Cartagena. Además firma un tratado con Roma fijando límites para los dos imperios. Dentro de esos límites estaba Sagunto, que debería permanecer libre y autónoma. Cualquier ejército que quisiera cruzar los Pirineos debía pasar por Sagunto. Cuando aún no habían pasado siete años desde la muerte de Amílcar, Asdrúbal el Bello fue asesinado en 221 a. C. El sucesor de Asdrúbal el Bello sería su cuñado, e hijo de Amílcar, Aníbal Barca  un hombre de 25 años y auténtico guerrero. Animado por sus victorias Aníbal al frente de sus mercenarios ibéricos y norteafricanos, cruzó los Pirineos, en donde se le unieron los emisarios galos que lo guiarían por las montañas alpinas, empleó 36 días en cruzar los Alpes, una de las marchas militares más célebres de todos los tiempos, además de la tropa, caballos y elefantes y armamento.  
Para cruzar los Pirineos debía pasar por Sagunto, como dijimos y estaba pactado con Roma no entrar en Sagunto. No respetando el acuerdo con Roma se propuso atacar Sagunto asediando la ciudad y resistiendo ésta con un increíble heroísmo defendiéndose rabiosamente. Finalmente todo estaba perdido por lo que los saguntinos reunieron todo el oro y la plata y la fundieron con plomo, cobre y estaño y por si fuera poco se arrojaron a las llamas, prefiriendo esa muerte que el cautiverio. Roma, que había sido avisada por los saguntinos llegó tarde. En realidad dejaron hacer el trabajo sucio. El asedio duró seis meses, es decir que tuvieron tiempo para acudir. Roma mandó a Publio Cornelio Escipión para atacar a Aníbal. Pero éste ya se había marchado contra Roma. Lo que hizo que el romano le esperase en Italia. Fue vencido y años después se suicidó.

Publio Cornelio Escipión
La zona de Sagunto (Ciudad cerca de la actual Valencia) llevaba muchos años en contacto económico y comercial con Roma. Circunstancia que hizo relativamente fácil el tejer una alianza entre la población local y los mandatarios romanos encabezados por el  romano Escipión. Cuando en el año 209-208 a. C. la importante base naval y emporio fortificado de Carthago Nova (Cartagena) cayó bajo el dominio de Roma, los nuevos ocupantes liberaron a los rehenes previamente capturados y humillados por los púnicos (Cartaginenses), lo que atrajo la simpatía de los residentes e hizo entender aquella conquista casi como una liberación.
En otros casos, el propio pueblo como Gadir (Cádiz) se entregaran a los romanos sin apenas oposición. Finalmente, entre el Ebro y los Pirineos se desenvolvían los ilergetes, uno de los pueblo originarios, (Íberos) una confederación de pueblos liderados por los reyezuelos Indíbil y Mandonio que cambiaron de lealtad durante la guerra púnica según los lances del conflicto. Empezaron siendo aliados de Cartago, hasta que Escipión les ofreció un pacto de amistad que incluía una fuerte suma económica y autonomía política sobre su propio territorio.
La primera gran rebelión indígena ante la penetración extra-peninsular y que fue protagonizada, precisamente, por los citados ilergetes. Esta confederación de pueblos creyó que Escipión había fallecido y que sus sucesores romanos no iban a respetar el pacto de amistad con él suscrito. Así que iniciaron una enconada revuelta a la que se sumaron los lacetanos y otros pueblos celtíberos. Gracias a estas fuerzas, lograron conformar una gran hueste compuesta de unos 20.000 infantes y 2.500 jinetes, al decir de Tito Livio. De tal modo que vemos cómo la guerra por su libertad en estas comunidades indígenas no se distinguía demasiado de sus actividades económicas habituales de saqueo y, a la hora de trabar un combate de mayor envergadura, los íberos no se ordenaban por criterios de eficacia militar o capacidad de daño al enemigo, sino por los vínculos sociales y políticos que les unían entre sí.

TROPAS DE ANIBAL BARCA
El propio Escipión dirigió la campaña de represión contra los ilergetes y el choque de espadas fue terrible.
Los ilergetes, por mediación de Mandonio, negociaron una paz que les fue concedida, pero duró poco tiempo. En cuanto Escipión marchó para Italia, se reinició la rebelión. Seguramente, los ilergetes concebían aquella paz en términos personales, ligados a la figura de Escipión y no de Roma o su senado, por lo que una vez aquel había abandonado la Península, podía entenderse que el pacto carecía de vigor. Tito Livio describe cómo el ejército íbero, al salir el Sol al día siguiente, apareció con todos sus miembros armados en orden de combate cerca del campamento romano.
Los romanos se tuvieron que emplear a fondo para vencer a la coalición íbera, cuyos contingentes demostraron una notable capacidad para luchar a pie, ofrecer líneas de combate guiadas en su movilidad mediante estandartes y, además, actuar coordinadamente, como un solo hombre, cuando les atacaba una legión romana. En consecuencia, debemos desterrar la imagen de que estos íberos eran un puñado de bandoleros o asaltantes aguerridos sin mayor instrucción castrense. El refinamiento de su conducta militar indica mayor cualificación de lo esperado, aunque no les salvó de la derrota. Índibil murió en combate de una manera tan sobria que la palabras de Tito Livio lo convirtieron en leyenda: “Cayeron acribillados por los dardos los que peleaban en torno al rey, que se mantenía en pie medio muerto y después quedó clavado al suelo por una jabalina”. Tras lo cual, los propios ilergetes entregaron a su otro caudillo, Mandonio, para que fuera crucificado y así congraciarse con los vencedores.
La rebelión de los ilergetes contó con algún coletazo ulterior que, igualmente, fue reprimido. Pero, al margen de la victoria final, el enfrentamiento era un claro síntoma de que la romanización de la Península estaba lejos de ser un proceso pacífico. El final de la guerra púnica fue recibido por los habitantes autóctonos con alivio. Sin embargo, la dominación posterior de Roma comenzó a resultar asfixiante en muchos aspectos. Las reiteradas exigencias tributarias y el recorte de libertades sobre determinadas urbes indígenas prendieron la chispa de nuevas revueltas. Si bien, en esta ocasión, la confrontación alcanzó una dimensión tan desmesurada que asustó a los propios romanos.

SITIO DE SSAGUNTO 

Fue el comienzo de las denominadas guerras celtíberas y lusitanas. La Península se llenó de campos de batalla tan virulentos que en los territorios itálicos escasearon los voluntarios para sumarse al combate. El senado se vio en la obligación de adoptar medidas extraordinarias para acabar con la sublevación y someter las provincias hispanas en un proceso que se prolongó unos 20 años, desde 153 a 133 a. C. Si hacemos caso del relato de Polibio, podemos entender por qué el reclutamiento de tropa romana resultó tan difícil, y es que “extraordinaria fue la naturaleza de esta guerra [...] pues la mayor parte de los combates los terminaba la noche y los hombres resistían con pleno ánimo sin que sus cuerpos cediesen ante la fatiga, sino que, desistiendo de la retirada, renovaban la lucha con mayor ímpetu, como si estuvieran arrepentidos. De esta forma, apenas el invierno logró suspender esta guerra y la continuada serie de sus batallas”.
Al margen del turbio telón de fondo de la colonización romana, el detonante de la insurrección vino motivado por la ciudad arévaca de Segeda, cuyos habitantes decidieron amurallar el enclave en contra de las directrices vigentes. La primera gran ocupación y pacificación del territorio peninsular, realizada por Sempronio Graco, dispuso que las fortalezas indígenas anexionadas debían quedar desmochadas. Pero, a mediados del siglo II a. C., Segeda (En la comarca de la actual Calatayud),  inició la reconstrucción de su lienzo fortificado. Los arévacos entendían que no traicionaban la norma porque se trataba de una reparación y no del levantamiento de nuevas murallas, aunque la autoridad romana no lo interpretó así.
La reacción fue inmediata. Segeda cayó ante el ímpetu de Roma y sus habitantes corrieron a refugiarse en la también arévaca localidad de Numantia. Este enclave actuó como un polo magnético que atrajo hacia sí la alianza de numerosos pueblos hispanos descontentos con la situación. Así que las huestes senatoriales pusieron bajo estrecha vigilancia a Numantia para evitar que trenzara acuerdos con otras comunidades vecinas. Además de aislarla de su entorno, también, los gobernadores provinciales intentaron sojuzgarla mediante sucesivos ataques. Pero la resistencia de los numantinos alcanzó cotas legendarias.

GENERAL PÚNICO 
Por ejemplo, el gobernador de la Citerior, Q. Fulvio Nobilior en su persecución de los celtíberos, sufrió una emboscada que acabó con la vida de 6.000 romanos. Los numantinos y segedenses tuvieron fuertes bajas, entre ellas a su caudillo militar, pero aquel 23 de Agosto fue consagrado por Roma al dios Vulcano y declarado día nefasto en el calendario, de tal manera que, a partir de entonces, ningún general romano en el futuro libró batalla durante esa jornada del año.
Nobilior lo volvió a intentar tres días después, cuando recibió el refuerzo de 300 jinetes númidas y 10 elefantes con los que pretendía amedrentar a los celtíberos. Pero, al iniciar la batalla, uno de los paquidermos, herido por una flecha, enloqueció y contagió el miedo a sus compañeros de tal modo que arremetieron contra la propia tropa romana. Aquel desorden y consiguiente huida, según señala Apiano, causó a Nobilior otros 4.000 muertos más y la pérdida de tres elefantes.
Por si fuera poco, Nobilior se retiró a su campamento para pasar el invierno. Sin embargo, aquel encierro y la inclemencia del tiempo le causaron numerosas bajas por congelación y enfermedad. Las desgracias no pararon ahí. Durante otro de esos asaltos romanos contra Numancia, acaecido el año 137 a. C., los resistentes llegaron a capturar a uno de los sucesores de Nobilior, el gobernador provincial C. Hostilio Mancino, y le obligaron a firmar humillantes acuerdos de paz. Esta derrota fue vivida por el senado y pueblo de Roma como una enojosa afrenta, así que movilizó a sus mejores hombres, entre ellos, el célebre general Escipión Emiliano, quien había destruido Cartago el 146 a.C.
Escipión, buen conocedor del temperamento extremo numantino, planteó una estrategia que cubriera todos los frentes posibles, desde los puramente materiales hasta los espirituales. Así que incomunicó la urbe para aislarla por tierra de cualquier avituallamiento posible. Este cerco perseguía aniquilar al enemigo por inanición, pero también destruirlo psicológicamente ya que impedía que los celtíberos murieran en combate, su muerte más honrosa.
Siete campamentos alrededor del enclave esperaron pacientemente el desmoronamiento de los cercados y la condena al hambre de los 4.000 numantinos resultó inexorable. Relata Apiano que “al faltarles la totalidad de las cosas comestibles, sin trigo, sin ganados, sin hierba, comenzaron a lamer pieles cocidas, como hacen algunos en situaciones extremas de guerra. Cuando también les faltaron las pieles, comieron carne humana cocida, en primer lugar la de aquellos que habían muerto, troceada en las cocinas; después, menospreciaron a los que estaban enfermos y los más fuertes causaron violencia a los más débiles. Ningún tipo de miseria estuvo ausente. Se volvieron salvajes de ánimo a causa de los alimentos y semejantes a las fieras, en sus cuerpos, a causa del hambre, de la peste, del cabello largo y del tiempo transcurrido”. Muchos, incapaces de soportar aquel horror, prefirieron el suicidio.
Tras 15 meses de sitio, Numancia se rindió. El final real depende de las fuentes consultadas. Para Floro y Orosio, historiadores muy posteriores a los hechos, los pocos resistentes que quedaron vivos optaron por prender fuego a la ciudad y matarse entre sí antes que entregarse al enemigo. En cambio, el más contemporáneo Apiano señala que, fijada la entrega, “ellos dejaron transcurrir el día, pues acordaron que muchos gozaban aún de la libertad y querían poner fin a sus vidas. Por consiguiente, solicitaron un día para disponerse a morir”.

YACIMIENTO ARQUEOLÓGICO DE NUMANCIA
Los supervivientes fueron vendidos como esclavos, la urbe arrasada hasta los cimientos y 50 de los cautivos paseados en un desfile triunfal por Roma.
Apiano aclamaría a los derrotados en su crónica: “Tan grande fue el amor a la libertad y el valor existentes en esta pequeña ciudad bárbara. Pues, a pesar de no haber en ella en tiempos de paz más de ocho mil hombres, ¡cuántas y qué terribles derrotas infligieron a los romanos! ¡Qué tratados concluyeron con ellos en igualdad de condiciones, tratados que hasta entonces a ningún otro pueblo habían concedido los romanos!”.
Y hoy, Numancia es un símbolo de la resistencia ante la invasión romana.

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