En la batalla de Adrianópolis, (En la actual Turquía), en 378, en la que los Tervingios, un pueblo godo que habitaba en las llanuras danubianas al oeste del
río Dniéster en los siglos III y IV, derrotaron al ejército del Imperio Romano
de Oriente mandado por el emperador Flavio Julio Valente, que murió en la
batalla. Fue este el último combate en el que se emplearon las clásicas
legiones y marca el lento comienzo de la desaparición del Imperio Romano.
Años después, en diciembre del 406 una horda de hombres y mujeres cruzó el
Rin. Aprovechando que el agua se había
congelado por el invierno, rompieron las defensas romanas e invadieron la
Galia. Esta barrera natural, fuertemente custodiada por Roma y sus aliados
francos, se convirtió en una pasarela improvisada que permitió el paso de
decenas de miles de personas (guerreros, ancianos, mujeres y niños). Empujados
por la presión de los Hunos, (feroces guerreros euroasiáticos), estos pueblos se desplazaron hacia el oeste.
Se desconoce su número pero puede estimarse en torno a 250.000 personas entre guerreros, hombres de las más diversas actividades y edades, mujeres y niños.
Dado que, cuando invadían un territorio, los romanos obligaban a la población diseminada en los campos a refugiarse en los fuertes y destruían muchas veces las fuentes de alimentos o las llevaban consigo, para que no pudiesen “vivir del terreno”, estos se preparaban durante meses antes del ataque, precisamente con pequeñas y rápidas incursiones de saqueo.
Los bárbaros pretendían derrotar a los escasos y desmoralizados mercenarios francos que custodiaban el límites y que llevaban años sin cobrar la soldada del Imperio romano. El grupo se desbordó sobre la Galia romana.
Se desconoce su número pero puede estimarse en torno a 250.000 personas entre guerreros, hombres de las más diversas actividades y edades, mujeres y niños.
Dado que, cuando invadían un territorio, los romanos obligaban a la población diseminada en los campos a refugiarse en los fuertes y destruían muchas veces las fuentes de alimentos o las llevaban consigo, para que no pudiesen “vivir del terreno”, estos se preparaban durante meses antes del ataque, precisamente con pequeñas y rápidas incursiones de saqueo.
Los bárbaros pretendían derrotar a los escasos y desmoralizados mercenarios francos que custodiaban el límites y que llevaban años sin cobrar la soldada del Imperio romano. El grupo se desbordó sobre la Galia romana.
BÁRBAROS CRUZAN EL RIN
Se trataba en realidad de tres pueblos: los suevos, en su
mayoría agricultores y cuya procedencia geográfica pudiera haber sido el
entorno costero del Báltico, pero que ya se habían asentado en la parte alta
del Danubio empujados por la presión de otros pueblos, los vándalos, guerreros
muy belicosos procedentes de las actuales Alemania y Polonia, movidos por el
hostigamiento continuo de los godos, y los misteriosos alanos.Detenidos en los Pirineos gracias a la firmeza del ejército reclutado por los hermanos hispanorromanos Dídimo, Veridiano, Lagodio y Teodosio, lograrían atravesar la cordillera tres años más tarde, en el otoño de 409, a través de la calzada romana de Roncesvalles. Siguieron dos años de caos y anarquía hasta que, en 411, el poder romano aceptó a los invasores de Hispania como “Federados del Imperio”, articulados en un "foedus" o tratado de Federación por el que se les concedieron la Lusitania y la Cartaginense. Y no sólo entran, sino que se instalan, los suevos en el noroeste, los vándalos en el sur y los alanos en el centro.
Pero así como los suevos buscaban tierra y al obtenerla se quedaban inicialmente tranquilos, para vándalos y alanos la posesión de un territorio no significaba la paz, y continuaron con sus costumbres de nomadismo y saqueo. La situación de Hispania no podía ser más caótica. Tácticamente, su mayor debilidad consistía en sus escasas dotes para el asalto de fortalezas al carecer de maquinaria de guerra.
Pero su mayor fortaleza era la guerra de guerrillas, que desesperaba a las legiones romanas atacándolas mediante emboscadas o en pequeñas escaramuzas. El rey visigodo Ataúlfo cruzó los Pirineos hacia Hispania a finales del año 414 (o durante el invierno de 414-415 según algunas fuentes), acosado por el general romano Constancio. Este movimiento marcó la primera incursión de los visigodos en la Península Ibérica, donde establecieron su primera capital en Barcino (la actual Barcelona), esa fue la primera entrada de los visigodos. Pero al año siguiente fue asesinado.
REINOS BÁRBAAROS SOBRE EL 415
Los misteriosos alanos no eran de origen germánico. Este
pueblo procedía de las tierras cercanas al mar de Azov, en la actual Ucrania, y
se autodenominaban en su lengua “alanos”, es decir, “arios”, como al parecer
demostraban sus características físicas: altos y rubios. Tribus nómadas de
costumbres guerreras, ya habían constituido una amenaza para el Imperio Parto,
en la actual Irán. Separados luego en dos grupos, los alanos occidentales se
unieron a otros pueblos bárbaros germánicos, como suevos y vándalos, para
invadir la Galia romana en el año 406, sembrando a su paso destrucción y
muerte.En el año 419, una vez que el rey visigodo Walia regresó a su reino abandonando Hispania, los vándalos entraron en conflicto con los suevos, produciéndose el enfrentamiento en los montes Nerbasos. Los suevos del rey Hermerico resultaron derrotados por los vándalos de Gunderico, pero estos renunciaron a la explotación del éxito y no los persiguieron, prefiriendo ocupar la Bética. Una ocupación que dio lugar a que esta región fuera llamada luego Vandalucía; más tarde, dado que no hay V en árabe, los musulmanes la denominaron Al-Ándalus, y de ahí a la actual Andalucía. Los vándalos llegaron incluso a nombrar un emperador.
Así, un general romano fue enviado a acabar con los vándalos contando para ello con un poderoso ejército que incluía un decisivo contingente de tropas visigodas. El general Castino trató de rendirlos por hambre, posiblemente buscando una victoria que le permitiera incorporar tras su derrota a buena parte de los guerreros bárbaros. Sin embargo, cuando estaba a punto de conseguir su objetivo, Castino se decidió a lanzar un ataque en campo abierto, en el que resultó vencido al verse traicionado por los guerreros visigodos. Tras la derrota de las tropas imperiales, los vándalos saquearon Sevilla y otras capitales y luego ocuparon los puertos de las costas atlánticas y sobre todo mediterráneas de Bética.
Por extraño que parezca, estas “barbaridades” no les
hicieron perder la condición de federados. Finalmente, en la primavera de 429
los vándalos de Genserico decidieron embarcar para África con el fin de hacerse
con las renombradas riquezas agrícolas del Imperio. Tras apoderarse de las
embarcaciones hispanorromanas necesarias sin encontrar oposición, cruzaron el
Estrecho y nunca volvieron. Los grupos germánicos no eran ejércitos, sino
pueblos en marcha buscando tierras donde asentarse. No obstante, sus capacidades
militares no fueron menospreciables.
Los alanos fueron destrozados, más adelante, por los visigodos que, muerto su rey y destruido el reino, los pocos que quedaron se acogieron al patrocinio del rey de los vándalos, que se había retirado a la Gallaecia. Por Por su parte, los visigodos tras perder sus territorios en el sur de Galia frente a los francos en la batalla de Vouillé, se trasladaron en masa a Hispania.
Los alanos fueron destrozados, más adelante, por los visigodos que, muerto su rey y destruido el reino, los pocos que quedaron se acogieron al patrocinio del rey de los vándalos, que se había retirado a la Gallaecia. Por Por su parte, los visigodos tras perder sus territorios en el sur de Galia frente a los francos en la batalla de Vouillé, se trasladaron en masa a Hispania.
Poco después, en el 418, el rey Walia pactó con el Imperio
Romano (foedus) para expulsar a otros pueblos germánicos (vándalos y alanos) a
cambio de tierras. El asentamiento definitivo (507 d.C. Se fusionaron con la población hispanorromana,
estableciendo su capital y centro de poder en Toledo.
En 418, el mismo Walia, después de derrotar a los vándalos silingos en la Bética, llevó prisionero a Roma a su rey Fredebaldo. Alanos y silingos, como pueblos independientes, desaparecieron para siempre.
Sin embargo, esta segunda invasión acabó de hecho con las esperanzas de la población hispanorromana, que siempre había confiado en una milagrosa recuperación del Imperio.
Quedó así Hispania despejada para que los suevos fueran el poder predominante. Aunque más asentados que vándalos y alanos, no por ello desaprovecharon la oportunidad de expandir su reino ocupando primero las comarcas abandonadas por los asdingos, en 422, y la mitad norte de la Gallaecia, en el decenio de 428 a 438, para luego bajar por el valle del Tajo y del Guadiana y llegar a establecer guarniciones en Lisboa y en Mérida, en 439. Para esta expansión partían desde su afianzado asentamiento en la Gallaecia, que les proporcionaba una retaguardia segura. Además sus reyes, de religión católica, eran vistos por muchos hispanorromanos como un alivio frente a los desmanes de alanos y vándalos, de religión arriana oficialmente, pero que la mayoría de las veces resultaban ser simplemente paganos.
En 418, el mismo Walia, después de derrotar a los vándalos silingos en la Bética, llevó prisionero a Roma a su rey Fredebaldo. Alanos y silingos, como pueblos independientes, desaparecieron para siempre.
Sin embargo, esta segunda invasión acabó de hecho con las esperanzas de la población hispanorromana, que siempre había confiado en una milagrosa recuperación del Imperio.
Quedó así Hispania despejada para que los suevos fueran el poder predominante. Aunque más asentados que vándalos y alanos, no por ello desaprovecharon la oportunidad de expandir su reino ocupando primero las comarcas abandonadas por los asdingos, en 422, y la mitad norte de la Gallaecia, en el decenio de 428 a 438, para luego bajar por el valle del Tajo y del Guadiana y llegar a establecer guarniciones en Lisboa y en Mérida, en 439. Para esta expansión partían desde su afianzado asentamiento en la Gallaecia, que les proporcionaba una retaguardia segura. Además sus reyes, de religión católica, eran vistos por muchos hispanorromanos como un alivio frente a los desmanes de alanos y vándalos, de religión arriana oficialmente, pero que la mayoría de las veces resultaban ser simplemente paganos.
Las tropas visigodas cruzaron los Pirineos y en 456
capturaron al rey Requiario, relegando a los suevos al territorio comprendido
entre Galicia, parte de Asturias y León y la mitad norte de Portugal. El reino
suevo se mantuvo independiente hasta finales del siglo VI. El resto del
territorio peninsular era de control visigodo. El reino suevo perduró con
altibajos hasta el año 585. Los visigodos ya llevaban asentados más de un
siglo.




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