sábado, 29 de agosto de 2026

VIDA DE ISABEL I DE CASTILLA (Parte 6)

A pesar de la resistencia de Enrique IV, Isabel y Fernando lograron negociar las Capitulaciones de Cervera, que fueron un conjunto de acuerdos matrimoniales que, tras los acuerdos provisionales del 7 de enero de 1469, serían firmados el 5 de marzo entre los representantes de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón en Cervera, provincia de Lérida. Estas capitulaciones sentaron las bases para el matrimonio entre Isabel y Fernando, futuros Reyes Católicos, y establecieron las condiciones bajo las cuales se llevaría a cabo esta unión. 


Cláusulas exigentes y duras para Fernando, que incluían, entre otros aspectos:
-Respeto a los fueros y libertades de las villas y ciudades castellanas.
-Garantía de la libertad eclesiástica.
-Limitación del poder de Fernando para tomar decisiones sin el consentimiento de Isabel.
-Restricción en la concesión de mercedes y nombramientos de cargos, reservados como prerrogativa exclusiva de Isabel.
-Prohibición para Fernando de abandonar Castilla sin el consentimiento de Isabel.
-Establecimiento de que Fernando no podría emprender empresas, hacer guerra o paz sin la voluntad de Isabel.
-Especificación de la dote que recibiría Isabel, que incluía propiedades en los reinos de Aragón, Valencia y Cataluña, así como en el reino de Sicilia.
-Compromiso de la entrega de una cantidad de dinero en efectivo y un collar de balajes como parte de la dote de Isabel.
Con todo acordado y en buena disposición los novios y sus consejeros, quedaba la cuestión de la dispensa papal.


El rey Enrique IV se había apresurado a obtener del papa una dispensa para hacer nulos los actos ejecutados en Guisando y también obtener una bula papal para el matrimonio entre Isabel y el rey portugués Alfonso V. El papa se negó a desautorizar los Pactos de Guisando, pero si otorgó la dispensa papal para el matrimonio de Isabel con el portugués.
Dado que el rey de Aragón, a través del nuncio Veneris, solicitó también la bula para casar a su hijo Fernando con Isabel por ser primos segundos.
Solicitada esta, es de suponer que Paulo II debió estar en un mar de confusiones. Deseaba la paz entre cristianos y a la vez no podía enemistarse con los reyes y los futuros reyes de Castilla ni con el de Aragón, como tampoco con el de Portugal. Con lo cual, dejó pasar el tiempo. Dejó en suspenso la solicitud de Fernando, dado que era unilateral. Sólo la solicitaba Aragón.

ARZOBISPO CARRILLO 

Los eclesiásticos que rodeaban a Isabel, con Carrillo a la cabeza la convencieron de que podía casarse sin preocupaciones de conciencia. No había orden papal de casarse con el portugués ni tampoco rechazo a casarse con Fernando. Además en los acuerdos de Guisando otorgaba Isabel la facultad de no aceptar al pretendiente propuesto por el rey.
Aparece aquí una bula emitida en junio de 1464 por el anterior papa , Pío II, a favor solo de Fernando que mantenía Carrillo al ostentar el mayor cargo eclesiástico.
En Valladolid, en las casas de Juan de Vivero, trataron seriamente del asunto tres personas importantes, el Arzobispo de Toledo D. Alonso Carrillo, el célebre Mosén Pieres de Peralta y el Almirante D. Fadrique, suegro de D. Juan II de Aragón. Se empezó por hacer constar cómo estaban ultimadas las capitulaciones matrimoniales (acuerdo de funcionamiento del matrimonio) que en Cervera habían sido ajustadas entre los futuros contrayentes y que en 12 de marzo de 1969 confirmó el Rey D. Juan II de Aragón en Zaragoza. Se celebró la entrevista de aquel triunvirato con doña Isabel. Opinaban los tres magnates que el matrimonio se celebrara al momento, haciendo venir secretamente a Valladolid al Príncipe don Fernando, aprovechando la estancia del Rey en Andalucía, para precaver cualquier fracaso o nuevo entorpecimiento. A esto objetó la religiosa Princesa, que de ninguna manera podía celebrarse el matrimonio sin la dispensa del Papa y en tan breve plazo imposible era pedirla a Roma y alcanzarla. Dio entonces el Arzobispo una gran voz y dijo que si no era más que ese inconveniente, podía celebrarse el matrimonio aquella misma tarde, porque la dispensa de Roma estaba ya pedida y concedida, hacía más de cuatro años, gracias a la previsión del Rey D. Juan II, padre del novio. Explicó entonces cómo el viejo Rey de Aragón, cuyo sueño dorado fue siempre el enlace de D. Fernando con la Princesa D.ª Isabel, y había pedido cinco años antes la dispensa necesaria al Papa Pío II que a la sazón ocupaba la Cátedra de San Pedro, ocultando por prudentes razones políticas el nombre de la princesa consanguínea en tercer grado, que contaba doce años y medio y Fernando tres años menos.

VENERIS NUNCIO PAPAL 

Sucedió que el papa Pio II murió ese mismo año de 1464 y la bula quedó sin firmar, por lo que el siguiente papa, Pablo II firmó la dicha dispensa, pero sin que fuese valedera hasta transcurridos cuatro años (1468) y fuesen los contrayentes hábiles para el estado del matrimonio; y como habían transcurrido ya casi cinco años, resultaba la dispensa perfectamente valedera y corriente sin que le faltase más requisito que el de refrendar su autenticidad el prelado competente.
Expuesta la cuestión al nuncio papal, Veneris, éste autorizó la boda y faltaba la confirmación. Todo aquello era verosímil por otra parte en los usos y modo de ser de aquellos tiempos. Tranquila ya su conciencia Isabel sobre la sagrada palabra y firma del Arzobispo Primado de España, y la del nuncio del Vaticano que otorgó gozosa su consentimiento para avisar al Príncipe, Isabel aceptó. Lo que queda claro es que si la bula de Carrillo era falsa, no lo podemos saber a ciencia cierta y que en todo caso fue aceptada por los más altos dignatarios eclesiásticos de Castilla. Por lo tanto Isabel se casó con la conciencia tranquila.
A Veneris, el nuncio papal ante la corte de Enrique IV, y además embajador en Roma, se le pagó generosamente, según era costumbre en la Cámara de Sicilia, la promesa de la sede episcopal de Orihuela y la villa de Tortosa,  cuando fuera posible.
Quedó entendido que la ceremonia de la boda sería en Castilla, donde luego se radicarían. Se necesitaba organizar el viaje de Fernando y sacar a Isabel de Ocaña, donde era prácticamente una prisionera. Enrique IV tenía que ir a Andalucía e hizo jurar a Isabel que no innovará nada en su matrimonio entes de que él volviera. Con lo cual queda claro que conocía las negociaciones con Aragón.


Dado que pronto se cumpliría el primer aniversario de la muerte de su hermano Alfonso, con la excusa de organizar las honras fúnebres anunció a las damas que le cuidaban que viajaría a Ávila o a Arévalo. Le llegaron noticias que los caminos estaban siendo vigilados. Cambió la ruta y se fue a Madrigal. Estando allí llegaron otra vez los embajadores franceses para volver a ofrecer a su candidato, el de Guyena. Rechazado nuevamente por Isabel. Carrillo llegó oportunamente y con sus fuerzas la condujo a Valladolid, donde se sintió protegida y libre. Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos cada territorio, cada señorío era una especie de isla con medios para defenderse. Desde allí Isabel escribió al rey explicándole que de los tres pretendientes había escogido a Fernando, y que éste le reconocía también como su legítimo rey. Isabel se movía dentro de la legalidad con astucia. Este escrito dejaba limpia la conciencia de Isabel, pero puso en guardia al arzobispo Carillo, que en realidad era el artífice de toda la estrategia para casar a Isabel y Fernando, con lo que no vio con buenos ojos avisar al rey de su próxima boda con un príncipe al que él no había propuesto, y esto además deshacía los planes de Juan Pacheco, que siempre quiso manejar la corte dado sus intereses enormes en Castilla y también en Portugal.

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