A pesar de la resistencia de Enrique IV, Isabel y Fernando
lograron negociar las Capitulaciones de Cervera, que fueron un conjunto de
acuerdos matrimoniales que, tras los acuerdos provisionales del 7 de enero de
1469, serían firmados el 5 de marzo entre los representantes de Isabel de
Castilla y Fernando de Aragón en Cervera, provincia de Lérida. Estas
capitulaciones sentaron las bases para el matrimonio entre Isabel y Fernando,
futuros Reyes Católicos, y establecieron las condiciones bajo las cuales se llevaría
a cabo esta unión.
Cláusulas exigentes y duras para Fernando, que incluían,
entre otros aspectos:
-Respeto a los fueros y libertades de las villas y ciudades
castellanas.
-Garantía de la libertad eclesiástica.
-Limitación del poder de Fernando para tomar decisiones sin
el consentimiento de Isabel.
-Restricción en la concesión de mercedes y nombramientos de
cargos, reservados como prerrogativa exclusiva de Isabel.
-Prohibición para Fernando de abandonar Castilla sin el
consentimiento de Isabel.
-Establecimiento de que Fernando no podría emprender
empresas, hacer guerra o paz sin la voluntad de Isabel.
-Especificación de la dote que recibiría Isabel, que incluía
propiedades en los reinos de Aragón, Valencia y Cataluña, así como en el reino
de Sicilia.
-Compromiso de la entrega de una cantidad de dinero en
efectivo y un collar de balajes como parte de la dote de Isabel.
Con todo acordado y en buena disposición los novios y sus
consejeros, quedaba la cuestión de la dispensa papal.
El rey Enrique IV se había apresurado a obtener del papa una
dispensa para hacer nulos los actos ejecutados en Guisando y también obtener
una bula papal para el matrimonio entre Isabel y el rey portugués Alfonso V. El
papa se negó a desautorizar los Pactos de Guisando, pero si otorgó la dispensa
papal para el matrimonio de Isabel con el portugués.
Dado que el rey de Aragón, a través del nuncio Veneris,
solicitó también la bula para casar a su hijo Fernando con Isabel por ser
primos segundos.
Solicitada esta, es de suponer que Paulo II debió estar en
un mar de confusiones. Deseaba la paz entre cristianos y a la vez no podía
enemistarse con los reyes y los futuros reyes de Castilla ni con el de Aragón,
como tampoco con el de Portugal. Con lo cual, dejó pasar el tiempo. Dejó en suspenso la solicitud de Fernando, dado que era
unilateral. Sólo la solicitaba Aragón.
Los eclesiásticos que rodeaban a Isabel, con Carrillo a la
cabeza la convencieron de que podía casarse sin preocupaciones de conciencia.
No había orden papal de casarse con el portugués ni tampoco rechazo a casarse
con Fernando. Además en los acuerdos de Guisando otorgaba Isabel la
facultad de no aceptar al pretendiente propuesto por el rey.
Aparece aquí una bula emitida en junio de 1464 por el
anterior papa , Pío II, a favor solo de Fernando que mantenía Carrillo al
ostentar el mayor cargo eclesiástico.
En Valladolid, en las casas de Juan de Vivero, trataron
seriamente del asunto tres personas importantes, el Arzobispo de Toledo D.
Alonso Carrillo, el célebre Mosén Pieres de Peralta y el Almirante D. Fadrique,
suegro de D. Juan II de Aragón. Se empezó por hacer constar cómo estaban
ultimadas las capitulaciones matrimoniales (acuerdo de funcionamiento del
matrimonio) que en Cervera habían sido ajustadas entre los futuros contrayentes
y que en 12 de marzo de 1969 confirmó el Rey D. Juan II de Aragón en Zaragoza.
Se celebró la entrevista de aquel triunvirato con doña Isabel. Opinaban los
tres magnates que el matrimonio se celebrara al momento, haciendo venir
secretamente a Valladolid al Príncipe don Fernando, aprovechando la estancia
del Rey en Andalucía, para precaver cualquier fracaso o nuevo entorpecimiento.
A esto objetó la religiosa Princesa, que de ninguna manera podía celebrarse el
matrimonio sin la dispensa del Papa y en tan breve plazo imposible era pedirla
a Roma y alcanzarla. Dio entonces el Arzobispo una gran voz y dijo que si no
era más que ese inconveniente, podía celebrarse el matrimonio aquella misma
tarde, porque la dispensa de Roma estaba ya pedida y concedida, hacía más de
cuatro años, gracias a la previsión del Rey D. Juan II, padre del novio.
Explicó entonces cómo el viejo Rey de Aragón, cuyo sueño dorado fue siempre el
enlace de D. Fernando con la Princesa D.ª Isabel, y había pedido cinco años
antes la dispensa necesaria al Papa Pío II que a la sazón ocupaba la Cátedra de
San Pedro, ocultando por prudentes razones políticas el nombre de la princesa
consanguínea en tercer grado, que contaba doce años y medio y Fernando tres
años menos.
Sucedió que el papa Pio II murió ese mismo año de 1464 y la
bula quedó sin firmar, por lo que el siguiente papa, Pablo II firmó la dicha
dispensa, pero sin que fuese valedera hasta transcurridos cuatro años (1468) y
fuesen los contrayentes hábiles para el estado del matrimonio; y como habían
transcurrido ya casi cinco años, resultaba la dispensa perfectamente valedera y
corriente sin que le faltase más requisito que el de refrendar su autenticidad
el prelado competente.
Expuesta la cuestión al nuncio papal, Veneris, éste autorizó
la boda y faltaba la confirmación. Todo aquello era verosímil por otra parte en
los usos y modo de ser de aquellos tiempos. Tranquila ya su conciencia Isabel
sobre la sagrada palabra y firma del Arzobispo Primado de España, y la del
nuncio del Vaticano que otorgó gozosa su consentimiento para avisar al
Príncipe, Isabel aceptó. Lo que queda claro es que si la bula de Carrillo era
falsa, no lo podemos saber a ciencia cierta y que en todo caso fue aceptada por
los más altos dignatarios eclesiásticos de Castilla. Por lo tanto Isabel se
casó con la conciencia tranquila.
A Veneris, el nuncio papal ante la corte de Enrique IV, y
además embajador en Roma, se le pagó generosamente, según era costumbre en la
Cámara de Sicilia, la promesa de la sede episcopal de Orihuela y la villa de
Tortosa, cuando fuera posible.
Quedó entendido que la ceremonia de la boda sería en
Castilla, donde luego se radicarían. Se necesitaba organizar el viaje de
Fernando y sacar a Isabel de Ocaña, donde era prácticamente una prisionera.
Enrique IV tenía que ir a Andalucía e hizo jurar a Isabel que no innovará nada
en su matrimonio entes de que él volviera. Con lo cual queda claro que conocía
las negociaciones con Aragón.
Dado que pronto se cumpliría el primer aniversario de la
muerte de su hermano Alfonso, con la excusa de organizar las honras fúnebres
anunció a las damas que le cuidaban que viajaría a Ávila o a Arévalo. Le
llegaron noticias que los caminos estaban siendo vigilados. Cambió la ruta y se
fue a Madrigal. Estando allí llegaron otra vez los embajadores franceses para
volver a ofrecer a su candidato, el de Guyena. Rechazado nuevamente por Isabel.
Carrillo llegó oportunamente y con sus fuerzas la condujo a Valladolid, donde
se sintió protegida y libre. Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos
cada territorio, cada señorío era una especie de isla con medios para
defenderse. Desde allí Isabel escribió al rey explicándole que de los tres
pretendientes había escogido a Fernando, y que éste le reconocía también como
su legítimo rey. Isabel se movía dentro de la legalidad con astucia. Este
escrito dejaba limpia la conciencia de Isabel, pero puso en guardia al
arzobispo Carillo, que en realidad era el artífice de toda la estrategia para
casar a Isabel y Fernando, con lo que no vio con buenos ojos avisar al rey de
su próxima boda con un príncipe al que él no había propuesto, y esto además
deshacía los planes de Juan Pacheco, que siempre quiso manejar la corte dado sus
intereses enormes en Castilla y también en Portugal.





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