Los musulmanes llegaron en el 711 y en pocos años se hicieron con el control de casi toda la península, salvo el norte. Allí es donde fueron formándose los primeros reinos cristianos, herederos de los hispano-romanos y los visigodos, ambos herederos de la Hispania romana.
El Emirato de Córdoba se convirtió en Califato pero duró poco tiempo y ya en el 1031 se disolvió creándose los Reinos de Taifas, pequeños reinos, con su gobierno independiente. Muchos fueron siendo vasallos de los reinos cristianos, de forma que dejaron, en principio, de ser enemigos, incluso a veces aliados contra el enemigo común.
Pero esos reinos de Taifas se fueron “ablandando” y siendo controlados, por lo que llegaron los Almorávides, monjes guerreros bereberes que defendían la fe del islam de una forma muy rigurosa. Venían procedentes del Magreb. Fueron desplazados luego por los Almohades, también bereberes pero mucho más duros en las luchas. Llegaron a la península en el año 1146 penetrando por Tarifa y Algeciras.
En la segunda mitad del siglo XIII, la península ibérica asistió a un cambio drástico en la forma de hacer la guerra que allanó el camino a la (casi) profesionalización de los ejércitos.
La batalla de las Navas en 1212 entre los Almohades y los reinos de Castilla, Aragón y Navarra unidos, esta vez si, marcó un momento clave en la lucha conjunta dando el valor de la legitimidad. Durante buena parte del Pleno Medievo, la práctica común había sido la de que, ante la necesidad o voluntad de acudir a la guerra, el rey convocaba a la nobleza y esta, conforme a sus compromisos de carácter feudal de vasallaje (su juramento de fidelidad al rey), estaba obligada, al menos teóricamente, a prestar servicio. El noble armaba y movilizaba, a su propia costa, a sus ejércitos personales (sus huestes) y las ponía al servicio del rey. A veces el propio noble se ponía al frente de sus propias tropas y por tanto participaba asimismo en estas campañas.
También se acudían a lo que conocemos como “Señores de la guerra”. Caballeros que formaban un grupo de combatientes con su tropa (mesnadas) que acudían al llamado de reyes o nobles. Recordemos al Cid Campeador. Como contrapartida por estos servicios, recibían una serie de recompensas, que podían adoptar la forma de privilegios, botín de guerra y, por encima de todo, nuevos señoríos o territorios, de entre aquellos arrebatados al enemigo, que les eran entregados o confiados para su administración y explotación.
Tras las conquistas de Mallorca en 1229 y Valencia en 1238 por Jaime I, Córdoba en 1236 y Sevilla en 1248 por Fernando III el santo, y Murcia por Alfonso X el sabio en 1265 la llamada Reconquista echó el freno, y Al-Ándalus quedó reducido algunas plazas de menor importancia que también fueron tomadas y quedaba el reino Nazarí de Granada, creado en 1248 y vasallo de la corona de Castilla-León, cuyas fronteras apenas sufrirían modificaciones a lo largo de más de dos siglos.
Reino nazarí de Granada (1238-1492)De resultas, de la noche a la mañana desapareció la principal contraprestación de los nobles, y mesnadas, esto es, la entrega de territorios. El rey ya no podía recompensar a sus nobles como lo había hecho antes. Y, sin embargo, las guerras no cesaron. De hecho, en el periodo subsiguiente se multiplicaron los conflictos intestinos (dentro de cada reino) que a menudo se expresaban en disputas sucesorias, así como las guerras entre los reinos cristianos generalmente por problemas fronterizos. Sin embargo, ni las unas ni las otras resultaban en la conquista de nuevos territorios.
Por ejemplo la batalla de Antequera, la de Toro, donde Fernando luchó contra el rey portugués. Las luchas de Juan II de Aragón con Cataluña por causa de su hijo el Príncipe de Viana. También mucho después la toma de Navarra de manos francesas. Sin olvidar mucho después las guerra de las Comunidades Castellanas y las revueltas de las Germanías en el reino de Valencia y el de Mallorca, contra el rey Carlos I, esto ya en el siglo XVI.
Pero la guerra de Granada fue la más larga, casi diez años, y con su victoria se terminó el asunto de la Reconquista en la península quedando todo el territorio bajo la religión cristiana.
La Reconquista no solamente fueron luchas por la religión como una guerra santa. También sirvieron para resolver conflictos internos entre los reinos o nobles en aspectos económico o sociales.
Las luchas a veces se suspendían porque no se disponía del suficiente dinero o falta de gente para repoblar los territorios conquistados, lo que hacía inútil sus ocupaciones. Ese fue el parón reconquistador del siglo XI. Otra veces, vencidos los musulmanes, el reino cristiano prefería pactar una paz con condiciones; cobrar unas "parias", (impuestos), la Taifa musulmana se convertía así en vasallo del reino cristiano y sabía que podría ser protegido de una ofensiva de otro reino, ya sea cristiano o musulmán, y seguirían viviendo y trabajando normalmente en el territorio. Esto beneficiaba a los cristianos, porque se aseguraba una ayuda que le servía para pagar las deudas contraídas, o adquirir nuevos territorios y financiar la construcción de templos y donaciones a las órdenes religiosas, tan necesarias en aquellos tiempos para legitimar dinastías y decidir cuestiones sucesorias. La cobranza de estas parias explica muchas alianzas entre reinos cristianos y musulmanes, incluso contra otro cristianos.
Al finalizar la Reconquista nobles y caballeros se ofrecieron como mercenarios fuera de la península. Donde más actuaron fue en el norte de Africa.
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